Crónicas Venezuela / Foto archivo

¿Es posible involucrarte sexual o emocionalmente con tu jefe y que esto no repercuta en tu trabajo?

Todo empieza con un pequeño acercamiento después de una larga jornada de trabajo. Los dos se quedan hasta muy tarde y una cosa lleva a la otra. De pronto sientes unas ganas locas de volver a la oficina al día siguiente. ¡Nunca te había gustado tanto ir a trabajar! La tensión sexual no resuelta se alimenta de miradas fuera de lugar, roces en el ascensor o pequeñas excursiones en privado inventando cualquier excusa. Y delante de todo el mundo, pero sin que nadie se de cuenta, le metes mano por debajo de la mesa en medio de una reunión. Conversaciones candentes por el chat de Gmail, insinuaciones, propuestas indecentes que se ocultan en bromas… Lo que va a pasar es muy obvio.

Dice el refrán argentino que donde se come, no se ensucia. A mí me da mucha rabia oír eso, ¿acaso sirve de algo que nos adviertan cuando todos sabemos que la carne es débil? Tener cuento con tu jefe es realmente excitante y no todas las relaciones jefe-empleado acaban mal.

Según nos explica Noelia Sancho, experta en psicología cognitivo-conductual, “cuando no se dan los mismos intereses por parte de los dos miembros empiezan las complicaciones. Entonces ya no hay sexo que valga, sólo malos entendidos, conflictos por temas más personales que laborales, conversaciones fuera de lugar y llenas de reproches. Los primeros síntomas ante esta situación son la habilidad emocional, la falta de concentración, tristeza, enojo… Pero enseguida pasan al área laboral. Evitar las reuniones comunes, ausentarse del puesto, tareas peor realizadas, chismes entre compañeros…”

Según Sancho, “cuando una pareja que trabaja junta termina, la gravedad de las consecuencias depende también del tiempo e intensidad de la relación. En general, a pesar de que cada relación es distinta, lo mejor ante esta situación sería poner distancia o cambiar de puesto. Si esto no es posible ayudaría cambiar las rutinas para no coincidir durante un tiempo y restringir las relaciones con esa persona a lo estrictamente laboral. Después es muy importante encontrar motivaciones positivas fuera del trabajo que sirvan de distracción y de satisfacción”.

Luego de escuchar las palabras de la psicóloga, empecé a buscar casos de gente, hombres y mujeres, que hayan experimentado esta situación para que me expliquen su propia versión de los hechos*.

¿Es posible tener sexo con tu jefe y que esto no repercuta en tu trabajo? ¿Pueden llegar a buen puerto las relaciones sentimentales con tus superiores? ¿Qué pasa cuando uno de los dos termina las cosas?

Alberto, 29, fisioterapeuta

Tuve una relación con mi jefa hace bastante tiempo. Yo aún no había acabado la carrera y trabajaba en una cafetería para poderla pagar. Ella era la encargada del establecimiento, tenía unos cinco años más que yo, estaba separada y tenía una niña de dos años. Yo por ese entonces estaba saliendo con una chica a la que quería mucho y con la que realmente la pasaba bien. Ni me había pasado por la cabeza tener una relación esporádica con alguien, y mucho menos con ella.

Solíamos quedarnos un poco más al terminar de trabajar. Recuerdo que siempre quería que la acompañara a botar la basura de todo el día al basurero que teníamos al lado del almacén. A mí me daba pereza al principio, pero ella hizo que se convirtiera en un juego.

Nos empezamos a conocer y establecimos una conexión bastante especial. Había muy buen feeling entre nosotros. Un día, después de tirar la basura, me dijo que si quería ir a su casa, que estaba sola. Como no tenía nada mejor que hacer, le dije que sí. Fui ahí en plan de amigos y salí creyéndome un triunfador sexual.

Sirvió un par de copas de vino y me empezó a hablar sobre sus relaciones personales. Se había separado del padre de su hija hacía tiempo y ahora, decía, le costaba encontrar a alguien que la entendiera. También me dijo que le dolía bastante la espalda. Bromeó diciendo que tendría que ir a botar la basura solo si no le daba un buen masaje. Como soy fisioterapeuta, y aunque en ese momento sólo era estudiante, estoy muy acostumbrado a que la gente me diga qué le duele cuando me ve, así que acepté la invitación y decidí untar mis manos en la primera crema hidratante que encontré en el baño. Cuando volví ella estaba completamente desnuda sobre el sofá. Fui incapaz de frenar mis instintos.

Después de aquello nuestra relación se volvió un tanto incómoda. Yo seguí con mi novia y mi jefa me apretaba cada vez más. Fue insoportable. Por un lado no quería que se lo tomara mal, pero por el otro tenía ganas de mandarla a la mierda. Faltaban pocos meses para que acabara los estudios y decidí dejar el trabajo. Pronto empezaría las prácticas y aquella fue la excusa perfecta para acabar con la mala vibra.

Elena, 28, periodista

Hice mi práctica en un programa de radio que escuchaba hacía muchos años. Conocía aquella voz a la perfección y me parecía muy sensual. Cuando lo vi en persona por primera vez, me gustó todavía más. Mi trabajo consistía básicamente en buscar noticias para el día siguiente, hacer un repaso diario de las redes sociales, publicar en Facebook, Twitter… lo típico.

Un día, en uno de los programas que hacíamos fuera del estudio, nos empezamos a conocer a nivel personal. Me encantaba la atracción que había entre nosotros. Fuimos a almorzar a una pizzería y los dos estábamos dudosos sobre qué pizza elegir. Mientras los otros del equipo se comieron cada uno su pizza, nosotros decidimos compartirlas. Aquel día me acompañó a casa con su coche, pero no pasó nada. La semana siguiente empezamos a tontear con el desayuno que traíamos. Él siempre cogía de mis galletas de chocolate y yo probaba la comida que le hacía su madre. Era riquísima. Le confesé a la productora del programa que creía que sentía algo por él. Me enamoré muy fuerte. A él parecía gustarle, pero tenía novia y estaba tremendamente guapa.

Un día le dije que me gustaría aprender a locutar y él, muy amable, me ofreció ir a su casa, donde tenía un pequeño estudio. Nos tiramos en el sofá y de ahí no nos movimos. Surgió la pasión y acabé sin calzones. Después de aquello todo fue maravilloso.

Yo llegaba antes que nadie para vernos a solas delante de la máquina de café, aprovechábamos las pausas de publicidad para ir al baño y solíamos quedarnos hasta tarde pensando nuevos temas para la sección que a partir de ahora llevaría. La historia no duró mucho. Estoy segura de que su novia se dio cuenta y empezó a venir más a la oficina. Le traía ella el desayuno, lo venía a esperar a la puerta de la radio… Todo se fue enfriando.

Con el tiempo yo me fui a trabajar a una agencia de comunicación y desde hace tiempo que no sé nada de él.

Gerardo, 32, contador

Trabajo en una empresa familiar que mueve una cantidad de dinero bastante considerable. El director general se jubiló hace dos años y desde entonces su hija mayor está al mando de la empresa.

Estuve con ella casi un año, primero en secreto y luego inevitablemente nuestra relación fue de dominio público. Al principio fuimos bastante cuidadosos. Aunque hubiéramos pasado la noche juntos, ella llegaba más tarde en su propio carro. Nunca quieres que estas cosas se sepan, pero cuando decidimos sacar a la luz nuestra relación los otros empleados se alegraron. Muchos de ellos ya lo sospechaban.

La cosa no fue bien. Decidí instalarme en su apartamento y tuvimos bastantes problemas de convivencia. Notaba que algo no iba como tenía que ir, y vernos todo el día hacía que ya luego tampoco tuviéramos tantas ganas de hacer nada. Además ella quería apresurar las cosas. Me decía que quería un hijo, y yo no lo veía nada claro. Un día decidimos cortar nuestra relación personal. Los dos sabíamos que no iba a funcionar. Éramos demasiado distintos y teníamos intenciones y aficiones completamente contrarias.

Al poco tiempo de terminar, ella empezó a salir con otro chico y pocos meses después nos dijo que estaba embarazada. Ahora mantenemos una buena relación. Le tengo mucho aprecio aunque no siempre esté de acuerdo con sus decisiones como jefa. Como he vivido sus problemas laborales de cerca sé que tomar decisiones a veces resulta muy complicado. Tengo la suerte de poder decirle a mi jefa lo que verdaderamente pienso.

María, 30 años, administradora

Conocí a mi pareja en un call center. Él era mi encargado desde hacía tres años y la verdad es que siempre había habido mucha química entre nosotros. Había intentado acercarme a él otras veces pero no había tenido mucho éxito (supongo que él tenía claro que esas cosas pueden salir muy mal). Fue en un concierto donde nos pudimos conocer más a fondo.

Al principio fue muy divertido. Suponía bastante riesgo ya que los dos habíamos firmado unas normas de la empresa donde ponía que una relación de este tipo podría suponer una causa de despido. Lo recuerdo como una etapa muy emocionante.

De repente me di cuenta de que estábamos viviendo juntos, trabajando juntos, saliendo con los mismos amigos… Eramos una pareja “real”. En vez de agobiarme decidí ser feliz: por fin había encontrado la persona con la que quería compartir mi vida.

Llegó el momento de hacerlo público: la noticia fue muy bien recibida por parte de todo el mundo. Nuestra relación no afectaba la calidad de nuestro trabajo. Hoy hace siete años de todo esto. Hace dos que nos casamos y acaba de nacer nuestro primer hijo. No puedo estar más contenta de haberme arriesgado a haber empezado una relación con mi jefe.

*Los nombres de las personas participantes se han cambiado para proteger su privacidad.

Nota tomada de VICE.com