Estampas / Querido hijo: Te acabo de acostar en tu cuna para tu primera siesta. Me tomó media hora y dos intentos porque por estos días has decidido que dormir no es una prioridad para ti. En la cocina quedó un frasco de medicina roto en el suelo, pues te apoyé en el mostrador y aunque te tenía agarrado, lograste zafarte y verter todo el contenido en el piso. En mi mente te he bautizado como “el terror del llano” y aunque no quiero “etiquetarte” y te amo profundamente, con frecuencia me pregunto “¿Por qué eres así?” “¿A quién saliste?” “¿Por qué no te ‘quedas quieto ni un segundo’?” Soy injusta contigo, querido hijo. De algún modo asumí que todo iba a ser más sencillo esta segunda vez. No era primeriza y ya había pasado por todo aquello (o al menos similar), pero olvidé que cada hijo es diferente y que de cierta manera siempre somos primerizas. Creí o tenía las esperanzas de que tú serías el “hijo fácil”. De esos que uno escucha que duermen corrido desde el mes, que comen cada cuatro horas, que pasan el día en su cunita o cochecito tranquilitos viendo a su alrededor. Como tu hermana también fue una bebé de “alta demanda”, de esas que necesitan estar en brazos todo el día, pensé inocentemente “el segundo sabrá cómo hacer todo él solo” y a los dos meses cuando no parabas de llorar me sentí “estafada”. Que injusta al pensar que nacerías “aprendido”. Que para qué soy tu madre si no es para enseñarte. Que injusta por querer que crezcas rápido. Ya me veré lamentándome cuando tengas tres años y prefieras jugar que darme un beso. He debido sospecharlo. No tuve un embarazo fácil. Aunque fue saludable tuve todos los malestares “del libro”: ciática, migraña, anemia, nueve meses de vómitos (hasta el día antes de tu cesárea), hemorroides y hasta un tratamiento de conducto en una muela. Además tu espera fue difícil porque antes de tu llegada tuve una pérdida a las ocho semanas de gestación y, aunque tú estuviste bien desde el principio, la angustia nunca me abandonó. Creo que eres “fuerte” para “hacerte sentir”. No te tocó una madre primeriza que pasa cada segundo de su nueva vida admirándote mientras duermes, te tocó una madre cansada, con poca paciencia, que tiene una hija de cuatro años y aspiraciones profesionales, que si bien ha aplazado, nunca ha abandonado. He sido injusta hijo mío porque me he olvidado de darte tu lugar. He pretendido que “te acoples” instantáneamente a una familia ya constituida, que “te amoldes” a nosotros y he olvidado que todo toma tiempo y que tú necesitas que te de tu espacio para crecer y para explorar (aunque eso implique el frasco de medicina roto en el piso). Eres diferente a tu hermana pero por qué serías igual. Cada uno tiene su misión en la vida, y es mi trabajo darles las herramientas a ambos para poder cumplirla. Como me dijo en una oportunidad la camarera de un hotel en el que pasábamos vacaciones cuando me quejaba de tu intranquilidad: “Señora eso es salud. ¿Usted sabe qué es preocupante? Un niño que no se mueve”. He sido injusta contigo y conmigo porque he tenido expectativas irreales. Me pinté un panorama construido en base a prejuicios y falsos deseos y he estado tan ocupada añorando “eso que tenía en mi mente” que me he olvidado de disfrutar y agradecer lo que sí tengo: un niño sano, feliz, activo y curioso que me reta e invita a ser mejor, más comprensiva, más paciente, más amorosa, más fuerte. Espero algún día puedas, querido hijo, comprenderme y perdonarme. Espero algún día yo pueda perdonarme. Pues puede que seas “el terror del llano”, pero eres “mi terror del llano” y eso lo vale todo. Twitter @agobiosdemadre Instagram @agobiosdemadre Facebook Fan Page Agobios de madre

seguir leyendo… Mommytip Nada más nocivo que las comparaciones. Como madres de dos niños es natural “comparar” para tener una referencia, sin embargo es dañino cuando lo hacemos para establecer un patrón. Cada quién es como es y nuestro deber como mamás es ayudarlo a “explotar su potencial” no a ser alguien más.

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