Aporrea / Por:  Cabra Montaraz

Cuando decides ser soltera

Síguenos: Facebook Las Comadres Púrpuras

https://www.lascomadrespurpura s.com/

Después de pasar por diferentes noviazgos, en lo que llevo experimentado de vida, el recorrido que me dejó en su momento, en el alma, fue un terrible colapso existencial, corporal, emocional y hasta intelectual. Me vi cansada, harta, obstinada y sin las energías necesarias para mirar a los hombres desde esa necesidad de convivir en pareja a través de un diálogo afectivo saludable, horizontal y sobre todo amoroso.

Mi última relación, que duro varios años, me dejó decepcionada como mujer, porque él, también tan víctima como yo de las relaciones insanas, caímos en los bordes del conformismo de estar en pareja, para llevarnos socialmente a no estar solos y aguantarnos porque ya teníamos tiempo juntos.

¿En qué punto es vital soltarnos en una relación, pues cada quién debe decidir por mucho amor que se tenga, su propia visión de vida?

Debo reconocer que él nunca tuvo la culpa de haberse enamorado de mí, y, yo por el contrario no haberle dado ese amor que él esperaba cada día- y que se conformó con una mujer a medias, que le dio algo de su compañía a punta de cuenta gotas. Y es que esa mujer que intento acompañarlo tenía a cuestas su propio desamor a la vida. Y así era imposible caminar juntos. Porque lo único que me ataba a esa relación, era por un lado una dependencia realmente a no querer “estar sola” y que él me veía como un ser extraordinario (una mujer como ninguna otra), hermosa e inteligente. Para aquel entonces seguía en cierta medida subestimándome, y es que ese noviazgo cuando comenzó en principio fue desafortunado, porque al final lo use como excusa, para olvidarme de otra persona, con quien había culminado.

Abusé de mi cuerpo, violando los procesos que él debía vivir, no dándole la oportunidad de respirar de la decepción causada por la relación anterior. Mi cuerpo necesitaba pasar por la muerte de la relación anterior, llorarlo y hacer su respectivo luto, pero por el contrario, actué como lo había venido haciendo durante años desde el desconsuelo inconsciente y la rabia no aparente, dejando entrar a otro en mi cuerpo, sin si quiera escuchar a mi propio cuerpo.

Estar con él, me hizo (re)pensar en todas esas debilidades que tengo sobre cómo me comunico en una relación, las dependencias que generamos en ellas, cómo asumimos la presencia femenina y masculina, qué responsabilidades inconscientemente establecemos en esa relación binaria y claro heteronormativa, por qué las mujeres venezolanas creemos que la mujer hace al hombre, y en una acción por querer cambiar a tú pareja, a tu imagen y semejanza, asumimos representar el papel de la mujer maravilla en la relaciones de pareja, para que el hombre nos vea útil en todos los sentimos, como una máquina de café exprés. Echándonos a cuestas la construcción del hombre que queremos, porque nunca aceptamos al otro tal cual es, lo queremos a nuestra medida, y en constante lucha de poder, cuestionamos al hombre de sólo ver a la mujer por su belleza, pero también queremos construir a un hombre perfecto que no existe, ni existirá. Pues la mujer no hace al hombre, ni el hombre hace a la mujer. Comprendí que no debía exigirle a mi pareja tener las mismas metas que yo me proyectaba. Porque, al fin y al cabo, mis proyectos era mi manera de ver el mundo, y no la de él, ni la de mis otras relaciones.

Le exigí a él y a todos los que ame o quería, a insistirles realizarse profesionalmente, algo que para ellos nunca fue prioritario, en ese punto escogí a personas opuestas a mí, que querían otras experiencias de vida distintas a la mía, la mía una meta académica, la de ellos una mujer que no les exigiera eso. Yo necesitaba el mundo intelectual, y los arrastre a mis ansiedades, mesclada con las de ellos y así fui tensando las sábanas de cada una de las relaciones que tuve, marchitando mi pasión y deseo hacia ellos.

¿Hasta qué punto debemos ayudar? ¿en qué punto es vital soltarnos en una relación, pues cada quién debe decidir por mucho amor que se tenga, su propia visión de vida? Dejar sin duda que el otro haga las cosas por sí mismo, sin caer en la imagen de la mujer que lo entrega todo costa de un gran desgaste emocional, psicológico y por ende corporal.

Cuando decidí finalizar con la última relación dependiente, fue para acabar también con la huella de todas las demás, es decir acabar con la practica continua que también había tenido en el pasado, quería deconstruir patrones y hábitos, pues esos mismos son los que me venían debilitando y conformándome a vivir con lo que había y tenía.

El doble espejo del encuentro con otras mujeres

Recuerdo que dar ese paso, no fue fácil duré un año para llevarlo a cabo, para afrontar que no quería una relación de pareja, que ya no sentía absolutamente amor por él (sólo las huellas de mi lastima a no sentirme sola), y que permanecer a su lado sólo implicaría hacerle más daño, me llenaría de rabia, de cólera. Sólo quería estar sola, sin compromiso alguno, sin sentirme culpable por cada acto de infidelidad que realizaba desde que me alejaba cada vez más de esa relación. Pero, sobre todo, necesitaba conversar con las otras mujeres que habitan en mí, conversar con ellas, para llegar a un acuerdo, amarnos sin dañarnos la una a la otra y en ese proceso no continuar dañando al otro.

Terminé aquella relación con las pocas fuerzas psíquicas que me quedaban, y de la manera menos sofisticada, envié por inbox un mensaje, que en líneas generales le explicaba las razones por las cuales no quería seguir en su vida; para él fue indignante, que después de tantos años, yo acabará con todo aquello, sin siquiera verle la cara y afrontarlo. Le expliqué que, para mí, era muy difícil mirarlo y decírselo. Si lo hubiese hecho en persona, no hubiese podido; porque mil veces intenté armarme de valor y decírselo de frente y en todas esas ocasiones mientras caminábamos juntos a mi casa, iba desistiendo de ese final. En ese año todos los días me levantaba queriendo acabar con todo y hasta conmigo misma.

Después de ese día del mensaje de texto, fui a la peluquería (cosa que comúnmente no hago) en una acción desenfrenada por hacer cambios, me corté el cabello, a un estilo súper corto. Corroboré que esa teoría de que las mujeres cuando queremos andar por otros caminos, modificamos nuestro aspecto rotundamente, ya que en nosotras hay un nuevo nacimiento espiritual y por eso, precisamos de otras formas de comunicación corporal.

Ese paso resignificó mi vida, me dio la posibilidad de amarme nuevamente, de decidir un nuevo camino y andarlo sin peso, de nadar en la soltería, como quien nada abrigado por un mar profundo y en sintonía con el ritmo orgánico de las olas.

A partir de ese día me di cuenta, que estar soltera, fue estar armónicamente sola y me ayudó a reconectarme con los otros y las otras, comencé a sentir un amor diferente, que escucha los otros sonidos del alma. Me acercó a la conversación necesaria en mujeres, a reencontrarme con ellas, en un doble espejo, porque en esa doble mirada también me miré, se reencontraba aquella mujer de espíritu fuerte y salvaje como dije Clarissa Pinkola, sólo que está no era una loba, sino una leona hambrienta de nuevas experiencias vitales.

Escuchar a todas las mujeres que me fui encontrando en este camino como soltera, a través de sus relatos y vivencias y claro desde sus emocionalidades, desamores, sentires, anhelos, rabias, etc, me permitió preguntarme sobre mis experiencias de vida, para desatar nudos; crear nuevos puentes con mis sentimientos, deseos, pasiones; generar conexiones con mis expectativas de vida; aceptarme y confesarme llena de ensayos y errores. Acariciar el alma de todas las mujeres que habito y me habitan. Sonreírle a la vida, que en definitiva es la única que tengo y vivo.