El Mundo / Les voy a contar un cuento. Los niños no necesitan hacer nada académico en verano porque pueden pasear por la playa y meditar sobre la erosión de las piedras, el cambio climático, pensar en la función que cumplen las algas y preguntarse si se le podría dar una utilidad a las medusas. Ese cuento sigue con los niños mirando las estrellas desde un jardín lleno de árboles con una suave brisa que mece sus hojas y ellos lamentando que este año haya muerto Stephen Hawking, elucubrando sobre los agujeros negros, pensando sobre si alguna vez viviremos en Marte y, además, haciendo un poco de Historia, charlarán de Galileo y de qué comían los griegos, hace tanto, para ser tan listos.

Será entonces cuando una niña de voz angelical pregunte por Casiopea y una prima mayor le hable de paso de la mitología. Poco antes, la pandilla infantil, cenando un gazpacho, la abuela les contará que hubo un tiempo en el que los europeos pensaron que los tomates, que vinieron de América, eran venenosos.

Olviden el cuento. No va a pasar. Además, hay un fenómeno muy estudiado, sobre todo en EEUU, sobre el desaprendizaje que ocurre en vacaciones hasta el punto de que, allí, se ha convertido en un asunto de justicia social: como son los niños más pobres los que no pueden ir a campamentos, ni tecnológicos ni de scouts , ni hacer sesiones de repaso de lo aprendido durante el año, cuando llega la vuelta al cole, cada vez se agranda más la brecha con los que sí que se han dedicado a no perder hábitos, a repasar o a leer.

La pesadilla, más que el cuento, va de que, en realidad, habrá que limitarles las horas de televisión y de batallas de Fortnite , además de controlar el móvil. La historia continúa con unos niños que entran en una extraña languidez que les lleva a estar a veces con modorra y mal humor. El mismo que se nos pone a los padres con ciertos remordimientos de conciencia por no ser capaces de que hagan algo más productivo, aunque sabemos que aburrirse está muy bien y que a las criaturas se les pueden ocurrir grandes ideas cuando cultivan ese estado de ánimo.

La buena noticia es que hay tiempo para todo y que la tecnología puede ser enemiga y aliada . Ahora ya no tenemos que ir a buscar los libros de repaso y ponernos nosotros con ellos, reloj en mano, a que estén una hora al día. Ya hay metodologías on line como para confiar en que corrijan los ejercicios de matemáticas, más atractivos que en un cuadernillo. Serán sus ratos de peaje para hacer otra cosa en el ordenador.

Para los demás ratos, queda aburrirse, como mandan esos manuales. Más que series, el verano puede ser la ocasión de montar un cineclub familiar en el que poner las películas más clásicas a los niños . Conviene cerrar la lista lo antes posible porque la elección puede ser más difícil que una cumbre del G-7 desde que está Trump. Las sesiones de arte y ensayo cinematográfico deben ser a la hora de la siesta, porque están muy bien esos profes buen rollo que aconsejan salir y entrar pero, seamos realistas, a esa hora, no hay quien pise la calle en gran parte de España.

Y, sí, están muy bien esos deberes de profesores que prohíben hacer nada relacionado con el colegio. Realismo un poco mágico. Seamos prácticos, que luego, además, los días son muy largos. Y que empiecen por hacerse la cama , que es el mejor deber que conocemos las madres teniente.