Estampas / Mamá luce cansada, con pantalones tipo “mono”, sudadera, moño en la cabeza. Mamá está en pijamas, no ha tenido chance de ducharse. Mamá está “impecable”, maquillada, con el cabello secado y vestida de pantalones blancos y tacones. Mamá no recuerda la última vez que fue a la peluquería. Mamá está en forma: todos los días corre una hora en el parque. Mamá no ha podido volver a su peso pre-embarazo y luce “unos kilitos de más”. ¿Que cómo es o debe ser la apariencia de una madre? Pues como ella quiera o pueda: peinada, despeinada, maquillada, “cara lavada”, en forma, con “cauchitos”, en tacones, en zapatos deportivos. No son oposiciones, simplemente son opciones y cada quien elige qué es lo que le conviene en cada momento sin la necesidad de tener que escuchar “y ella como que se descuidó” o “una mujer debe ser coqueta”, que algo de cierto tiene, pero para todo hay tiempo en la vida. La maternidad es uno de los cambios más fascinantes y dramáticos en la vida de una mujer. Es una metamorfosis casi total: cambian los sentimientos, cambian las maneras, cambian las “prioridades”. A medida que los niños crecen, comenzamos a sentirnos más cómoda con nuestra “nueva identidad” y recuperamos gustos o placeres olvidados, como una manicure un viernes en la mañana o ir de tiendas y comprarnos alguna prenda para estrenar. Cada mamá por supuesto es diferente y cada quien tiene sus prioridades pero con frecuencia escucho “ella no es fea pero tiene que arreglarse más” o “que lástima, tan bonita que era pero se lanzó al abandono” ¿Qué es eso? ¿Qué le hace pensar a otra mujer que está bien opinar sobre el aspecto físico de una desconocida o amiga? A menos que la susodicha haya preguntado, cualquier opinión sobra. Yo he sido “blanco” de comentarios de este tipo en mis redes sociales. Me han preguntado que por qué la maternidad “debe” estar asociada al “desaliño” o cansancio, e incluso me han recomendado “mejorar mi aspecto”, dejar de usar anteojos, “arreglarme más”, posar en las fotos de otra forma para que no se me vea “tanta papada”, etcétera, etcétera, etcétera. Está bien, digamos que de alguna manera, por mi trabajo, estoy “en el ojo público” y tengo herramientas para manejar estas situaciones, pero qué pasa con la mamá que está en una posición más vulnerable, que solo esta buscando compañía, apoyo, comprensión, ¿qué pasa con ella cuando escucha frases así? Se siente destrozada, eso pasa. No conocemos las realidades de cada quién, no sabemos por qué para la madre “encopetada” es una prioridad arreglarse. No sabemos si cuenta con “nanas” que le cuiden a los hijos o más ayuda. No sabemos si deja de jugar con sus niños para arreglarse (no estoy diciendo que lo haga y no estoy diciendo que es un pecado si es así). No sabemos si la madre que anda “desarreglada” pasó la noche en vela porque su hijo tenía fiebre, no sabemos si anda deprimida o apurada o simplemente exhausta. No sabemos a qué dedicó el tiempo que no ocupó en su apariencia y no sabemos por qué. Y al no saber no podemos juzgar. Vivimos en una sociedad cuyo culto a cierto tipo de belleza es absurdo y creemos, por ejemplo, que todas las mujeres que acaban de tener un hijo lucen como la princesa Catalina de Inglaterra con sus vestidos de lunares y sus sombreros “pomposos”. No estoy diciendo que “arreglarse” esté mal. Obviamente no lo está. Lo que estoy diciendo es que cada mujer, cada madre hace lo que quiere y lo que puede y como puede, y nadie está en el derecho de decir nada. Ni “ñé”. Hasta que no seamos más amable los unos con los otros no evolucionaremos como sociedad. Así de simple.