La Nacion / Fernando de Noronha La más protegida

Noronha, en profundidad. Es la isla más lejana y codiciada de Brasil, está a 360 kilómetros del continente y todo el halo en torno a ella es verdadero. Sus playas están rankeadas entre las mejores del mundo y dicen que después de la Gran Barrera de Corales y el Caribe Mexicano, el fondo marítimo de Noronha es el mejor lugar para bucear. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad y es celosamente cuidada por el gobierno pernambucano, que restringe el número de visitantes diarios a 120. Quien llega a la isla debe pagar una tasa de preservación ambiental que aumenta día tras día, desalentando las estadías prolongadas.

La playa más famosa es Bahia do Sancho, a la que se llega bajando por unas escaleras verticales enclavadas en la roca. No hay kioscos ni restaurantes ni gente, lo que la hace más linda. Delfines sí hay, por las mañanas. Y la punta izquierda de la playa, en la base del morro, esconde una cascada de agua dulce y ¡tibia! Una rareza que sólo se da en esta isla.

Para hacer snorkel está Bahia dos Porcos, una playa con piscinas naturales, cardúmenes multicolor, tortugas y rayas. Un clásico es ver el atardecer desde el Fortinho do Boldró: música chill out, gente bonita y buenos tragos en un mirador que apunta hacia la postal de Noronha: los morros Dois Irmãos. Las noches son más bien tranquilas, aunque siempre hay alguna opción de música ao vivo en los barcitos de la Vila dos Remedios. Pero Noronha es para quien gusta del día. Para los noctámbulos conviene la siguiente isla.

Morro de São Paulo La noctámbula

Morro, playa y mucha fiesta. Morro es fiesta todo el año, en la playa, en las discos, y ahora también en los barcos. La visitan italianos, israelíes, norteamericanos, ingleses y, sobre todo, argentinos, que son el ochenta por ciento de los turistas que llegan, de los cuales un diez por ciento se queda a vivir. La isla bahiana que está a media hora de avión de Salvador, o dos de barco, se hizo tan conocida internacionalmente que hay una serie de televisión llamada Malabi Express y muestra las aventuras de un israelí en la costa do dendê.

Lo primero que se ve al llegar a la isla de Tinharé -originalmente habitada por los indios Tupinambá- es el portal de la villa Morro de São Paulo, del siglo XVII, que se llama así porque el portugués Martin Afonso de Souza la fundó el 29 de junio de 1535, día de São Paulo, y por el morro donde está el faro y una tirolesa que baja hasta el mar. Cerca de allí queda la Toca do Morcego, de dueños argentinos, donde se escucha música chill out al atardecer y se baila después.

No hay autos en la isla, salvo algunos autorizados. Se camina, se pedalea y se navega. Un paseo imperdible es ir en barco hasta Gamboa, un pueblo de pescadores a tres kilómetros de la villa, famoso por sus baños de arcilla. Las playas de Morro son numeradas del uno al cuatro, más la playa Do Encanto, y toda la costa es mansa y cristalina.

La primera playa está en la villa, junto con la mayoría de las tiendas y restaurantes; en la segunda siempre hay música, clases de stand up paddle, sombrillas, reposeras, carritos de caipirinhas; es la más concurrida y todo lunes y jueves de noche hay luau , una fiesta a la luz de la luna. En la tercera y cuarta están los resorts, las posadas de lujo, las piscinas naturales que aparecen con la marea baja y un ambiente más familiar y romántico. La más tranquila de todas es la playa Do Encanto.

Boipeba La desconectada

Está al lado de Morro de São Paulo y es su antítesis. Aquí no hay fiestas, salvo la de Año Nuevo y las religiosas: la de São Sebastião, el 20 de enero, en Cova da Onça, el poblado de pescadores que está al sur de la isla; la de Yemanjá, el 2 de febrero, que se celebra en Moreré, la villa más pintoresca de todas; y la fiesta del Divino Espíritu Santo, en mayo, cuando las bahianas de Velha Boipeba, el poblado principal y más antiguo de la isla, se visten de blanco. Incluso en estas fechas, Boipeba es la mismísima paz. Lo que la mantiene preservada es el acceso, difícil, demorado: un ferry desde Salvador a Itaparica, tres horas de ruta hasta Valença y una hora de lancha para llegar a la isla. Lo ideal es llegar a Salvador temprano para poder hacer todas las conexiones en el mismo día. Desde 2015 hay un vuelo semanal desde Belo Horizonte y Campinas (São Paulo) a Valença, de la compañía Azul, y taxi aéreo desde Salvador durante el verano (R$ 610 ida).

Una vez en Boipeba la vida fluye al ritmo de las mareas, que cambian el paisaje constantemente y planifican las actividades: cuándo hacer snorkel, cuándo caminar por las playas, cuándo dar la vuelta a la isla en lancha.

Las posadas -de muy simples a lujosas- y restaurantes se concentran en Velha Boipeba y cada vez más en Moreré, donde las calles todavía son de arena. No hay bancos ni cajeros y sólo algunos lugares aceptan tarjeta. Conectarse tampoco es fácil, Boipeba se inclina a la desconexión total, sin señal de celular o Wi-Fi, aunque en los últimos años viene cambiando vertiginosamente. Es de esos lugares para conocer ya, antes de que pierda todo lo que la hacía una isla especial.

Ilha Grande La aventurera

Ilha Grande, la reina de Angra dos Reis. El nombre no podía ser más acertado. La isla es inmensa, la más grande del litoral de Angra dos Reis, al sur del Estado de Río de Janeiro. Tiene 193 km2 de morros, selva, playas, cascadas, ríos; cada vez más posadas y servicios.

La villa de Abraão, donde llegan los ferrys y las lanchas desde Angra, Conceição de Jacareí o Mangaratiba, es el centro de operaciones y de movida nocturna. Durante el día hay que caminar o tomar barcos -no hay autos- a otras playas más atractivas. Y hay muchas.

A Praia das Palmas se llega después de una hora de caminata por la selva. Fácil, se puede hacer hasta en ojotas, pero con bastantes pendientes. No hace falta guía, el sendero está bien definido y es bastante concurrido, no sólo por personas, también por macacos bugio, unos monos no tan grandes pero que rugen como si fueran King Kong. En la playa hay una villa de pescadores diminuta con campings, alguna que otra posada y restaurante. Hay poco turismo y mucha tranquilidad.

La estrella de la isla es Lopes Mendes, una extensa playa rodeada de almendros a la que se llega con barco y veinte minutos de caminata. Aquí tiene su escuela de surf Aquiles, que vive en la isla desde hace añares y dice que “si uno no se para sobre la tabla durante la primera hora, no paga.”

Otra playa bien rankeada es Aventureiros, al sudoeste de la isla (Abraão está al noreste) y llegar, como el nombre lo dice, es una aventura. Sólo se visita si las condiciones del mar lo permiten o después de un intenso trekking, con guía. No hay posadas, se puede acampar en campings o en los fondos de las casas de los lugareños, que también alquilan cuartos. La playa tiene 600 metros, la arena es fina y casi plateada, el agua cristalina y, cuando venta, las olas son gigantes, por eso la visitan muchos surfistas.

El espíritu de Ilha Grande es aventurero, quien quiera algo más sofisticado puede visitar la próxima isla.

Ilhabela La (casi) perfecta

Una bela isla… con borrachudos. Si no fuera por los borrachudos, unos mosquitos diminutos a los que les encantan la parte inferior de las piernas, Ilhabela sería perfecta. Lo tiene todo, unas playas con forma de calas espectaculares -son más de 73-, hoteles de primera, gastronomía premiada, cientos de cascadas frescas rodeadas de verde, festivales de música, helados italianos, regatas internacionales, buenas rutas, comunidades caiçaras -los pueblos originarios de la isla- como Castelhanos y Bonete, pero también tiene mosquitos ensañados, sobre todo en las áreas más verdes y donde el agua es más pura. Si uno va avisado y con mucho repelente, Ilhabela es lo máximo.

Está unos 200 kilómetros al norte de São Paulo y a 2,4 del continente, sin embargo, al meter la cabeza en el mar frente a Ilha das Cabras, una islita cercana a la costa donde no se puede pescar, pareciera que se está en la Gran Barrera de Corales. El buceo en Ilhabela es uno de los mejores de Brasil, no sólo por la variada fauna marina como por la cantidad de naufragios que hay en la zona, unos 45 catalogados, incluido el lujoso transatlántico Príncipe de Asturias, que viajaba a Buenos Aires y se hundió en 1916. La causa de tanto naufragio -suponen que hay más de cien- parece ser la magnetita, un mineral que enloquecía las brújulas. En la Praia do Sino -playa de la campana- se pueden golpear las rocas y comprobar que suenan a metal.

En temporada alta Ilhabela se satura de autos y gente, para disfrutar de esta isla inmensa -mide el doble que Ilha Grande- sin filas ni tránsito lo mejor es ir entre días de semana y después del carnaval.

Marajó La primitiva

Marajo, en la desembocadura del Amazonas. Bien al norte de Brasil, en el Amazonas, a dos horas de barco de Belém, la isla de Marajó mezcla las aguas de río con las de mar. Es la isla más grande de Brasil y tiene búfalos, muchos. Llegaron aparentemente en un barco que naufragó, se adaptaron perfecto al suelo inundable, se reprodujeron como locos, y hoy de los búfalos obtienen lácteos, carne, cuero; van al frente de las carretas y los monta la policía para hacer sus rondas.

La ciudad más turística es Soure, con hoteles y posadas simples, un calor desgraciado a la siesta, y playas de arena blanca que emergen durante la estación seca, entre julio y diciembre. La estación llena también tiene lo suyo: paseos en canoa por los brazos de río o por los puentes colgantes que hay en los manglares, con los guarás -unas aves anaranjadas fluorescentes- sobrevolando el cielo y cangrejos chapaleando en el barro.

De aquí viene la cerámica marajoara, milenaria. Hay varios atelieres que se pueden conocer. Lo mismo que las curtiembres y las fábricas de queso. O las comunidades como la Do Céu -del cielo- donde todas las casas son de madera y están hechas sobre palotes, para cuando sube el agua. En Marajó el tiempo vuelve un siglo atrás y así como el río encuentra el Atlántico, África y Amazonas se reúnen para formar una cultura tan única como el carimbó, la música que surgió en esta tierra.

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