El Nacional / El portal Traveler.es seleccionó una lista de pinturas que todo aquel que se precie de ser ciudadano del mundo debe ver en persona. A continuación los cuadros más icónicos seleccionados por la página web.

La Noche Estrellada, Van Gogh. Cada obra de Van Gogh es un icono, un reclamo, una celebrity dentro del mundo del arte. Pero La noche estrellada tiene un magnetismo inexplicable, culpa de la fascinación que su autor genera en cualquier ser humano y de lo inteligible que es. Se llega a su sala en el MoMA, se observa, se parpadea, se vuelve a observar y se comprende. No hay nada más que una fascinación por la noche y un trazo atormentado.

Baile en el Moulin de la Galette, Renoir. Acostumbrados a ver un impresionismo centrado en la naturaleza, Renoir convenció a todos con sus escenas cotidianas como este baile cualquiera en el París más vulgar. Es cierto que el museo D’Orsay puede llegar a empalagar con tanto cuadro delicado, pero aquí la candidez, la alegría y la rutina merecen una parada para abrazar su armonía de colores, formas y luces y sentirse un poco mejor, más feliz.

Las Meninas, Velázquez. El hecho de que esta obra haya influenciado tanto en pintores posteriores es solo una muestra de su importancia y atractivo. Porque, por encima de todo, Las Meninas es un cuadro que tiene que ser descubierto poco a poco para acabar reverenciándolo son una sonrisa en la boca en su gran sala del Museo del Prado. Lleno de anécdotas, de juegos visuales, de planos y reflejos.

 

Las meninas / Foto juanadeaizpuru.es/

El Grito, Munch. Esta serie de cuatro cuadros, más o menos dispersados por diferentes museos y colecciones noruegas, democratizaron el Expresionismo y aportaron horas de reflexión y charla en los psicólogos. El más conocido es el que se encuentra en la Galería Nacional de Oslo.

La Libertad guiando al pueblo, Delacroix. Es la representación del valor, de la valentía y hasta del erotismo del liderazgo. Esa mujer, esa alegoría de la libertad con pechos descubiertos haciendo que renazcan las fuerzas, que se venza a la fatiga y se superen los miedos a la que no hay manera de decirle que no. En el Louvre.

 

La libertad guiando al pueblo / Foto www.letelegramme.fr/

El Nacimiento de Venus, Boticcelli. Una de las joyas de la Galería de los Uffizi es esta aproximación casta al desnudo femenino que hizo en su día Boticcelli. Gustó, gusta y gustará por la cantidad de información que alberga, por ser un paso más en la evolución de la pintura a finales del Quattrocento y por las veces que se ha imitado su composición y sus gestitos.

La Gioconda, Leonardo da Vinci. Hay que verla para increparla, para pensar que está sobrevalorada, para odiar la maraña de fotógrafos de pacotilla que buscan su instantánea de gloria, para caer en que es un hombre, para imitar su sonrisa y para concluir que Leonardo da Vinci tiene obras muchísimo mejores, pero a ésta le sentó mejor el marketing.

Las tres gracias, Rubens. Es una de las obras más sensuales de todos los tiempos aunque rompa con los modelos actuales de belleza. Son 221 centímetros de alto colgando en el Prado.

Guernica, Picasso. Pasar por Madrid y obviar esta obra de arte es un delito. Sobre todo porque pocos cuadros están mejor expuestos, más contextualizados y explicados que éste en el Reina Sofía. Y quizás, solo quizás, porque a veces conviene recordar esa flor escondida entre tanto llanto.

El jardín de las delicias, El Bosco. En el Prado. Un infierno surrealista lleno de escenas tan insólitas como desagradables.

Las dos Fridas, Frida Kahlo. En el lienzo, una misma mujer, pero desdoblada. Una excusa para pasarse horas en el museo de arte moderno de México mientras se descifra todo el simbolismo de su obra.

El Beso, Klimt. Hay que pasear hasta la galería Belvedere de Viena para contemplar in situ ese cuadro, icono moderno-pasteloso que muchas/os aspirantes a Amélie tienen en su cuarto o estampado en cualquier complemento.

Nympheas, Monet. Hay contabilizadas más de una veintena de cuadros sobre nenúfares pintados por Monet. Pero quizás la mejor experiencia sea en la fundación Beyeler, donde el agua no se detiene en el cuadro, prosigue hasta el lago exterior mientras suenan de fondo unos compases de La Mer de Debussy.

Latas de sopa Campbell, Warhol. Colgado en el MoMA. No es más que una lata, pero es puro arte, demostrando que no manda lo que se pinta, sino lo que esto provoca al público.

La joven de la perla, Vermeer. Por esa inquietante mirada merece la pena perderse una tarde en el Maurithuis de La Haya.