El Tiempo / La formación, el entretenimiento, los servicios, las compras, los pagos y hasta las relaciones sociales se nutren de la Internet, pero un uso indebido de la misma puede convertirla en arma de doble filo.

Acoso cibernético, hackeo (entrar de manera forzada a un sistema o red), stalkeo (acosar o espiar a personas a través de sus cuentas en las redes sociales), estafas y otras acciones ilícitas se escudan en la web. Entre esos los uso controversiales de la súper autopista de la información está el sexting. 

Sólo el cuerpo e Internet se necesitan para propiciar esta práctica que consiste en el intercambio de contenido erótico, producido por la propia persona, mediante dispositivos electrónicos.

En Venezuela no hay datos al respecto, pero en Colombia, la organización Stop Bullying realizó recientemente una encuesta entre 5 mil 100 colegiales y 4 mil 200 universitarios que arrojó una intervención de 69% y 78%, de los consultados.

En Brasil han sido mayores los alcances, incluso se ha asociado con casos de extorsión (59%), ciberbullying (45%), daños al honor, intimidad e imagen (42%) y pornografía infantil (36%), según cifras difundidas en 2012 por la página www.sexting.es.

En Estados Unidos, 88% de los adultos sigue esta tendencia. Un estudio liderado por la Universidad de Drexler asegura que el envío de imágenes eróticas a la pareja promueve las relaciones duraderas.

Sin embargo, cuando niños y adolescentes entran en juego, las consecuencias de que esa información trascienda la esfera de la intimidad pueden ser devastadoras. 

Una investigación coordinada por la Universidad del Sur de California y publicada en la revista Pediatrics, a finales de 2012, determinó que quienes han participado en el sexting son más activos sexualmente y tienen más probabilidades de tener relaciones sin protección, que aquellos que no han incurrido en ello.

En sus conclusiones sugieren incluir el tema del “sexting adolescente” en los programas de salud escolar y emplearlo como estrategia médica para involucrar a los pacientes en una conversación acerca de la actividad sexual, así como la prevención de infecciones y embarazos no deseados.

Atentado a la intimidad 

Cristina Faneite, terapeuta emocional que ofrece atención en Lechería, explica que la curiosidad, el deseo de estar a la moda, la necesidad de integración y la reafirmación de la sexualidad son algunos de los factores que alientan a chicos, entre 12 y 18 años, a compartir su intimidad, sin considerar a veces que ese material puede ser difundido masivamente sin su consentimiento.

“Si esto sucede, la persona puede ser humillada y acosada hasta desarrollar trastornos emocionales como ansiedad, depresión, traumas, pérdida de autoestima y aislamiento social que, en el peor de los casos, podrían terminar en suicidio. También pueden registrarse daños a nivel neurológico y sus repercusiones psicológicas pueden agravarse cuando hay sextorsión”.

Agregó que la mayoría de los jóvenes se inician en esta práctica conversando con amigos, escuchando las experiencias del entorno o buscando en Internet parejas o personas que publican este tipo de imágenes.

Algunos empiezan a imitar las poses frente al espejo, incluso sin presionar el obturador de la cámara, y otros comienzan tomándose las fotos para luego mirarlas y borrarlas, hasta lograr sentirse en confianza para compartirlas.

– ¿Qué diferencia hay cuando el sexting se inicia en la adolescencia o se asume en la adultez? ¿Las motivaciones, sensaciones y riesgos son los mismos? 

– En la adolescencia existe mayor vulnerabilidad que en la adultez, por ello las consecuencias impactan con más fuerza cuando se inicia a temprana edad. Las razones son distintas, los jóvenes generalmente buscan integración y reafirmación social, mientras que un adulto quizá busque satisfacción o seducción. Las emociones de los jóvenes siempre son más intensas por la novedad y la inexperiencia a nivel de reconocimiento físico y personal, mientras que los adultos suelen manejar un poco mejor el torbellino de emociones que desencadenan este tipo de prácticas. Los riesgos sí son coincidentes en ambas etapas y, evidentemente, se deben tomar previsiones.

– ¿Se incurre en pornografía con el sexting? 

– Sí, cuando el contenido llega a manos de personas inescrupulosas que las publican en sitios web de contenido sexual o cuando se reenvían a terceras personas, fuera del círculo del emisor inicial y el receptor destinatario.

– ¿Existe desinformación en Venezuela acerca de este fenómeno? 

-Considero que sí. Se le ha dado más relevancia al ciberbullying (acoso psicológico a través de Internet, telefonía móvil y videojuegos) y al grooming (acoso y abuso hacia niños y jóvenes en chat y redes sociales), aunque no con este nombre. Los padres están más pendientes de alertar a sus hijos sobre el peligro de brindar información privada a desconocidos, pero pocos indagan sobre la existencia o no de imágenes o grabaciones que voluntariamente se comparten sin medir los daños. A la mayoría de las universidades y colegios no les interesa saber si el sexting se practica entre sus alumnos. Es como evitar la realidad para no tener que hacer algo al respecto. La clave está en poner atención y en esclarecer las consecuencias.

Más orientación, información y control

La falta de orientación sexual en los hogares venezolanos es un factor que, a juicio de Faneite, ha influido en el desarrollo de esta práctica.

La comunicación es fundamental, pero más importante aún es acortar las brechas tecnológicas producto de los avances entre una generación y otra.

Sólo conociendo y dominando la tecnología podrán los padres y adultos en general, advertir a los niños y jóvenes sobre los riesgos del sexting y otros fenómenos que se amparan en la red.

“La sexualidad es parte fundamental de nuestro vida y desarrollo. Los padres modernos a veces exageran la comunicación frontal y directa irrumpiendo violentamente en la privacidad de sus hijos. Es necesario fomentar la educación sexual, pero de la manera adecuada, con conocimiento de causa y sin acciones autoritarias”, sugirió Faneite, quien brinda algunas sugerencias a los adultos:

Preguntarle al hijo si sabe lo que es el sexting, si tiene amigos que lo practican e incluso si conoce las consecuencias de esta actividad.

Indagar con el adolescente si se ha hecho fotos desnudo, en poses provocativas o insinuantes. En caso de responder afirmativamente, averiguar por qué lo hace, qué medios utiliza, qué sensaciones o beneficios logra con esta práctica… y, de ser necesario, buscar ayuda de un especialista.

Sentarse periódicamente a conversar sobre los riesgos del sexting. Se pueden relatar historias reales de personas que se han visto afectadas por esta práctica.

Al observar actitudes sospechas, los padres deben acordar con el hijo (sólo si es menor de edad) una revisión esporádica de su teléfono y redes sociales, sin previa notificación.

Esta acción debe surgir de un acuerdo mutuo, nunca de una imposición.