La Nacion / En la moda oficial, la de la liga de las marcas históricas, no basta perdurar para ganar; hay que saber, además, mantener el protagonismo, refrendado por la prensa y justificado por un volumen de negocios consecuente. Es el logro de la máquina de moda Chanel guiada a todo trapo por Karl Lagerfeld, desde hace ya casi 35 años.

Cuando se dio el acople, la firma, instalada en su propio mito, pero ya bastante fanée y demasiado cómoda en sus eternos trajecitos, necesitaba un drástico coup de jeune claramente visible, y un nuevo vestuario, llevable por una clientela joven de la que carecía. Todo debía cambiar -los looks, las proporciones, la actitud, las intenciones, el clink caja- para que todo siguiera igual -el prestigio, el tweed, las camelias, las carteras, las dos C entrelazadas. Karl resolvió la aparente paradoja con la maestría de un ilusionista, un conocimiento enciclopédico de la moda y una particular capacidad de adaptación. Los golpes de contemporaneidad con que Karl sacudió a la marca y que mademoiselle habría odiado -como minifaldas y minishorts y sneakers- denunciados como sucesivas blasfemias por lxs puristas y la guardia vieja, fueron lo que devolvió a Chanel la relevancia perdida- y lo hicieron con creces, ya que en el lapso de un par de temporadas la maison adquirió una aureola cool.

Contemporáneo de la irrupción en el planeta del nuevo orden económico dictado por el neoliberalismo, el triunfo de Chanel fue uno de los signos mayores de una década, los 80, en la que la moda se puso de moda, atrayendo la atención de grandes inversores. Fue entonces que comenzaron a armarse los dos conglomerados, LVMH, de la familia Arnault, y Kering, de los Pinault, que hoy poseen un número imponente (más de treinta entre ambos) de compañías de lujo. Chanel, por su lado, sigue hasta hoy autónoma.

Un clásico. El tailleur de Chanel, en la versión primavera verano 2018. A pesar de su despegue brillante, el ejemplo de Chanel tardó en ser imitado. La casa Dior esperó seis años, para actualizarse. En 1989, la elegancia predecible de Marc Bohan cedió el paso al barroquismo predecible de Gianfranco Ferré, suplantado en 1997 por el romanticismo predecible, aunque altamente elaborado, de John Galliano, que reinó indiscutido en la prensa y las redes sociales del nuevo milenio. En 2012, tras el desgraciado estallido antisemita de Galliano, fue el turno de la modernidad disciplinada de Raf Simons, quien abrumado por un calendario implacable, partió apenas tres años más tarde. Su sucesora, Maria Grazia Chiuri, parece estar buscando una impronta propia, pero, curiosamente, lo hace refiriéndose a los archivos, en un mix impredecible de las creaciones de todos sus predecesores.

Le falla el GPS: la maison Dior carece de lo que Karl heredó chez Chanel: una suma de signos de identidad inconfundibles y atemporales, es decir, un verdadero estilo. Porque de toda su larga historia, de Dior queda como única referencia perdurable la silueta fundadora, aquel remanido conjunto del New Look, de potente impacto gráfico, sin duda, pero difícilmente traducible al lenguaje que habla la moda de nuestro tiempo. Una diferencia radical distingue los proyectos originales respectivos de Coco Chanel y Christian Dior. Él, nacido en 1905, conservaba un recuerdo encantado de los atuendos Belle Époque de su madre, que le inspiraron su New Look. Era un romántico. Ella, que intervino en la moda durante la Primera Guerra Mundial, detestaba esa silueta 1900, ornamental y restrictiva. Ella venía a simplificar, a despejar, a liberar el cuerpo. Era una mujer moderna.

En la moda, el impulso romántico crea estallidos y marca tendencias, pero no permanece. El gesto moderno, en cambio, establece clásicos, para siempre reciclables. Una afirmación: lo que Dior necesita ya son artificios románticos. Y una pregunta: ¿pero los artificios de Karl son realmente modernos?

El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L’Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol’s Interview Magazine, entre otras revistas

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