La Nacion / Con la llegada de temperaturas menos glaciales, los parisienses se calzan las zapatillas y salen a correr por la ciudad. Los jardines de Luxemburgo y Tuileries, el bosque de Boulogne donde están la fundación Louis Vuitton y el club de polo de Bagatelle, el canal Saint-Martin hasta la Villette y los bordes del Sena son algunos de los lugares predilectos, mañana o noche, cuando la polución se siente menos. No suelen hacer entrenamientos en grupo con un personal trainer ni ejercicios aeróbicos especializados. Pilates, yoga de todo tipo y pesas se reservan para las salas privadas y los gimnasios. Al aire libre, lo único que se ve es gente corriendo.

El domingo pasado, la maratón anual de París reunió a más de 50.000 competidores. Eran 35.000 hace diez años. Hoy se estima que esta competencia genera unos 6 millones de euros. Ese mismo fin de semana, unas 90.000 personas pasearon por el salón del running, brazo comercial de esta tendencia y lugar ineludible para los adeptos en busca de zapatillas, accesorios de todo tipo -relojes, aparatos para distender los músculos, electrodos-, alimentos saludables y barras proteicas. No faltó, por supuesto, el stand de las bananas. Todos quieren sentirse Rafa Nadal. O, en este caso, Usain Bolt.

La Schneider Electric París Marathon. El entusiasmo por el running es mundial. Llegó incluso a esta ciudad intelectual donde la prioridad sigue siendo sentarse en un café y debatir sobre los ideales hasta que el vino y los cigarrillos se terminen. Contradicciones de una ciudad de a momentos atrapada por las tradiciones. Si los primeros años de la vida, hasta la adolescencia, son los que marcan con mayor fuerza el rumbo de una persona, al menos en lo que a inquietudes e intereses se refiere, se podría decir que el francés no está predestinado a ser un deportista. En el colegio, por ejemplo, la cantidad de horas de deporte es relativamente menor que en los establecimientos escoceses o norteamericanos. Tampoco se organizan esas competencias entre escuelas de hockey o de rugby para iniciar a los alumnos en el trabajo en equipo. Largas horas, en cambio, son destinadas al estudio de las obras de Voltaire o de Balzac, a la gramática, a la escritura prolija en cursiva y a los buenos modales.

Pero hay algo de esa disciplina enseñada que vuelve al francés riguroso y metódico. Y en ese marco, antes de pensarlo como competencia contra el otro, como fuente de músculos o con una función estética, el deporte se convierte en un camino hacia la autosuperación. Práctica disciplinada, foco en la técnica y objetivos cada vez más complejos. Sin saberlo, uno puede estar frente a un dentista que se revela cinturón negro en judo.

Para quienes aguantaron esos 42 kilómetros fue un buen paseo parisiense. La maratón cruza todo París, ida y vuelta. Empieza en la avenida Montaigne, pasa por la Bastilla, recorre las afueras del este de París y vuelve bordeando el Sena hasta el Trocadero, se mete por los jardines del oeste de la ciudad y termina a pocos metros del Arco de Triunfo. Con sus remeras verdes y sus medallas colgadas hasta el final del día, los competidores eran identificables por todo París luego de la carrera. Incluso ese grupo en una mesa que festejaba con cervezas el desafío realizado.

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