La Nacion / Que es mejor que vaya a un lugar donde esté estimulado por profesionales antes que ser cuidado por una niñera. Que el pediatra dice que se va a enfermar y a estresar producto de estar en grupo y separado de sus padres. Que lo ideal es que socialice desde chico y se acostumbre a no ser el único. Que la casa es el lugar indicado porque necesita afirmarse antes de salir al mundo. Que si aprende a ser independiente mejora su seguridad y su autoestima. Que en realidad esto se produce fortaleciendo por más tiempo el vínculo con la madre. Y la lista de argumentos que se contraponen continúa.

De hecho, hay tantas posturas como familias y tantas perspectivas como profesionales se consulten. Lo indudable es que, más allá de los de por sí complicados malabares que se hacen para balancear la vida laboral y familiar, todos los padres con hijos chicos se enfrentan a este dilema en algún momento: ¿cuál es el momento ideal para mandarlos al jardín?

Si se echa un vistazo a las políticas públicas, puede entenderse que desde los tres años, ya que no solamente entró en vigor el año pasado la ley 27.045, por la que la sala de cuatro pasó a ser obligatoria, sino que además el presidente Mauricio Macri anunció semanas atrás que harán lo propio con la sala de tres.

Más notas para entender este tema El desarrollo temprano, un derecho y una buena inversión La madurez afectiva, clave durante los procesos de escolarización Sin embargo, en un área en la que en realidad priman las propuestas provenientes del ámbito privado, cada familia se acomoda según sus posibilidades y sus necesidades. “Yo no me animo a dejar a mis hijos con alguien que no conozco, son lo más importante que tengo. Prefiero saber que se quedan en un lugar con gente capacitada, que estudió y que está alerta al cien por cien, antes que dejar a alguien en tu casa que por ahí esta con el celular, mandando mensajitos, o va al baño y lo deja en el sillón, los accidentes domésticos son muchos”, argumenta Carola Fernández Villa, contadora de 37 años y madre de tres hijas. Su jornada laboral es extendida y a la hora de pensar dónde dejarlas no dudó en el jardín maternal, a donde su hija más grande asistió desde los tres meses y en donde su hija más chica, de 14 meses, pasa ocho horas diarias.

En la vereda opuesta, Victoria Rodrigo Vilarino, de 27 años, intuye que el jardín quedará para otro momento, ya que prefiere extender la mayor cantidad de tiempo posible el cuidado en casa de su hija Indiana, de dos años. Mientras tanto, concurre a grupos de juego en espacios pensados para compartir con padres, la anotó en un taller en donde realizará la primera experiencia lejos de ella y se las arregla entre el parque y la casa de familiares. Como suele suceder en temas de crianza, no hay recetas y las decisiones se toman en función de la intuición, las necesidades laborales de la familia y las del propio chico. No obstante, muchas veces se teme por las potenciales consecuencias de lo decidido (¿será menos sociable si arranca más tarde? ¿Se estresará si lo mando y aún no estaba preparado?) y es usual encontrarse con perspectivas que no sólo entran en cortocircuito, sino que se oponen las unas a las otras.

“Yo no creo que exista una condición objetiva que determine a qué edad debe ir un chico al jardín, pienso que depende mucho de cada caso y que tiene mucho más que ver con el contexto familiar que con el desarrollo evolutivo del niño -advierte Daniel Brailovsky, doctor en Educación y especialista en primera infancia-. He sido maestro de chicos de sala de uno y dos durante siete años seguidos, y mi sensación es que lo que les aporta la vida en común con otros chicos de su edad es mucho más valioso y enriquecedor para ellos, representa desafíos que los enfrentan a cuestiones de la vida de relación, que los pone en situaciones interesantes, como tener que comenzar a socializar su juego, desarrollar su lenguaje, tener otros modelos de persona”, reflexiona.

Luis Bianchi deja a Justina, de 15 meses, en el Kinder Belgrano.Foto:paula salischiker No obstante, no son pocos los que consideran que un chico de un año no está preparado para ser uno entre quince o más chicos, sin contar con alguien que atienda exclusivamente sus necesidades. Además, desde esta perspectiva, hasta los 3 años la interacción entre los chicos se limita a sacarse juguetes, morderse, tirarse del pelo y poco es lo que se socializa, ya que es una etapa en la que lo lúdico se desarrolla en forma individual, lo que los expertos denominan “juego paralelo”. Es el caso del conocido pediatra español Carlos González -defensor a ultranza del colecho y de la lactancia materna, y autor del best seller Bésame mucho-, quien en numerosas entrevistas tomó partido en este dilema de un modo contundente y no menos polémico, afirmando que llevar un chico a la guardería es “antinatural”.

Por su parte, Fernando Burgos, jefe del área ambulatoria de Pediatría del Hospital Austral, sugiere: “Yo desde mi lugar, como pediatra y como persona, defiendo el vínculo de los papás; el tiempo pasa tan rápido que el momento de crecimiento con los hijos, en la medida que uno pueda, es mejor que sea compartido en familia antes que en un jardín, en sala de dos o sala de tres. Ya después sala de cuatro y preescolar por supuesto que sí le viene bien al niño, porque lo sociabiliza, lo estimula, aprende canciones, mejora su habla y aprende el trabajo en equipo”.

Si bien puede pensarse que el tener hermanos más grandes puede generar estímulos en casa y determinar que la escolarización se postergue, en algunos casos ocurre lo contrario. Aunque Carola Fernández Villa tuvo la opción de dejar a su última hija con una niñera en la casa, ya que tiene otras dos nenas, Justina, de 15 meses, se aburría en ausencia de sus hermanas. Fue así que la anotó en un jardín maternal: “Al tercer día me dijeron que ya estaba adaptada para ir todo el año, ella está muy acostumbrada a que venga un nene y le saque un juguete, a compartir, no se ponía a llorar”, grafica. Y agrega: “Los contra de mandarlos de chiquitos son que se enferman muy seguido, el primer año les agarra todo. Pero la verdad es que así yo estoy mucho más tranquila, mi mamá es docente y me recomendó que es mejor que las nenas estén cuidadas por personas idóneas que estudiaron para estimularlos según su edad”. Luis Bianchi, el papá, suma su opinión: “A Justi la mandamos al jardín de chiquita porque nos basamos en la buena experiencia que tuvimos con sus hermanas. Nuestras hijas se desarrollaron antes y mejor que otros chicos de edades similares por el estímulo que recibieron y reciben de las maestras”.

Felisa Lambersky de Widder, médica pediatra y psicoanalista especialista en niños y adolescentes de APA e IPA, coincide: “Muchos jardines cuentan con salitas desde el año o los 18 meses, y si ambos padres trabajan y la adaptación del niño se lleva a cabo gradualmente, es mejor que concurran a la institución educativa en lugar de pasar horas con personal que no sepa ocuparse”.

Claroque para eso, además de sentir que es una necesidad del chico, los que tienen que estar preparados para poder dejarlos son los padres… “No me cierra -confiesa Victoria Rodrigo Vilarino-. Me gustaría estar tranquila de que va a estar segura, de que la van a cuidar y respetar. Por ahora me hace ruido, no tengo la seguridad de dejarla en un lugar donde yo no voy a estar viendo lo que hace ni lo que le hacen. No hablan, entonces si bien uno puede percibir si a su hijo no le gusta, hay que estar pendiente de cada movimiento, de los llantos, las alertas.”

Victoria Rodrigo prefiere llevar a su hija Indiana, de dos años, al espacio de juegos Ludilau.Foto:Ignacio Sánchez Otras opciones Según Marisa Russomando, licenciada en Psicología especializada en maternidad, crianza y familia, y profesora de preescolar, la idea de que antes de los 3 años los nenes no interactúan -y que por ende no necesitarían de la socialización que brinda un jardín- es antigua. “La realidad es que se generaron nuevas necesidades, tanto intelectuales como sociales. Lo que antes uno tal vez resolvía con los primos, con los amigos del barrio, cuando se juntaban naturalmente chicos de todas las edades, hoy cambió: cada uno está bastante solito en su casa, ni siquiera con los primos se ven tanto. Por eso creo que los chicos hoy necesitan socializar antes. Y desde lo intelectual lo mismo, agarran el celular y lo saben manejar mejor que uno, están expuestos mucho más a contenidos en la tele, en el cine, en el teatro; están compartiendo más con los adultos y también escuchan otro tipo de conversaciones. Sería empobrecer su vida si uno no le brinda también otro tipo de estimulación.”

Su recomendación es que a partir del año asistan a propuestas en donde se pueda socializar, pero en un espacio más reducido, de ser posible una casa. De hecho, en el último tiempo proliferaron las ofertas de este tipo, que buscan ocupar ese espacio de interacción familiar o vecinal que quedó vacante, y que muchos padres que aún no se sienten preparados para mandar a sus hijos al jardín de infantes aprovechan. Lugares como Play, Planeta Juego, Ludilau, Risas de la Tierra, brindan entre sus propuestas talleres para que compartan padres e hijos, y a su vez los nenes interactúen con pares. “Después de muchos años de trabajar en espacios educativos, lo que más me llamó la atención fue la soledad de las familias durante los primeros años de vida de sus hijos y la poca oferta de espacios donde poder concurrir semanalmente a compartir una actividad con ellos, y formar un vínculo sostenido en el tiempo con otras familias. Este era el desafío de nuestro espacio”, cuenta Laura Uchitel, que hace seis años creó Ludilau, un lugar en Palermo al que asisten madres, padres y abuelos, con el propósito de compartir activamente un tiempo de juego, música y conexión.

Probablemente, este tipo de opciones ayuden a transitar un momento en el que el chico, aun siendo muy pequeño, tiene más independencia y empieza a mostrar que disfruta de compartir tiempo con otros. Los jardines rodantes son otra alternativa cada vez más solicitada. Como explica Natalia Lassizuk, coordinadora pedagógica de los Grupos de Juegos Rodantes Jugados, “se trabaja en grupos reducidos, individualmente, con chicos de edades homogéneas. El tiempo de propuesta lúdica es más reducido al del jardín, no así las propuestas llevadas a cabo, dado que somos profesionales de la educación en la primera infancia”. La edad más común para iniciar estas propuestas, que suelen prescindir de la presencia de los padres y pueden ser entre una y tres veces por semana, se da alrededor del año (entre los 12 y 15 meses, lo que llama “la antesala del jardín”).

Claro que estas opciones no se adaptan a las realidades de todos. Romina Atencio tiene 31 y es mamá de Francisco, de dos años y cuatro meses. No lo manda al jardín, tampoco a jardines rodantes, ni está segura de hacerlo el año que viene. Al haber logrado cohesionar trabajo en casa con el cuidado de su hijo, y con un fuerte sostén familiar que la ayuda cuidando cuando cursa por la noche, prioriza la educación que pueden brindarle ellos en su casa a las propuestas pedagógicas del jardín. “Lo que sí es crucial es buscar ámbitos para que socialice, la plaza se me hizo un ambiente casi como el jardín; la clave es que pasen varias horas ahí, uno tiene que estar dispuesto a hacerlo, si no el chico queda bastante aislado de todo”, sostiene.

Aunque los expertos consultados lejos están de coincidir en los riesgos que puede acarrear tanto una adelantada institucionalización (principalmente se habla de estrés infantil, visibilizado por cambios de conducta, aferramiento a un objeto transicional que había sido dejado de lado, o cambios repentinos de humor o en los hábitos) como una escolarización tardía (si se posterga excesivamente puede haber dificultades en la posterior integración a nivel social), Burgos sostiene que siempre y cuando el chico empiece en sala de cuatro o preescolar, las decisiones que tomen los padres, con responsabilidad, cuidado e idoneidad serán las correctas.

Producción Florencia Nijensohn

LA NACION Sábado Educación