La Nacion / Al ingerir alimentos, el organismo utiliza los nutrientes necesarios para obtener energía y realizar las funciones vitales. Cuando el individuo come en exceso y es sedentario, el excedente de energía se atesora en forma de triglicéridos en el tejido adiposo . Los triglicéridos circulan en el torrente sanguíneo unidos a las lipoproteínas hacia los tejidos. Se depositan en el hígado y en el músculo para ser utilizados como fuente de energía y de esta manera, cubrir las necesidades energéticas. Al realizar ejercicio, el músculo utiliza primero las reservas de glucógeno (azúcares) que se agotan rápidamente y luego los triglicéridos. Si la persona es sedentaria, acumula el exceso de triglicéridos en el músculo y esta condición genera alteraciones metabólicas.

¿Cuál es el impacto en la salud? Se considera que los triglicéridos en sangre son normales cuando el valor es inferior a 150 mg/dl. El aumento de triglicéridos (hipertrigliceridemia) es considerado un factor de riesgo independiente de otras variables, es decir, aumenta las probabilidades de tener un infarto de miocardio o un Accidente cerebrovascular (ACV). Asimismo, el hallazgo de hipertrigliceridemia post prandial (después de comer), se ha postulado como un nuevo factor de riesgo cardiovascular. Esta condición se presenta luego de consumir comidas muy abundantes, ricas en azúcares y grasas que favorecen un aumento transitorio de los niveles de triglicéridos con un impacto negativo en el metabolismo de la glucosa: favorece la resistencia a la insulina especialmente en personas con síndrome metabólico.

Asimismo, los individuos con sobrepeso y distribución de grasa a nivel abdominal, definida por un perímetro de cintura superior a 88 cm en la mujer y mayor a 102 cm en el hombre, pueden presentar más riesgo de desarrollar diabetes y alteraciones en el perfil de lípidos, conocida como “dislipemia aterogénica”. Se caracteriza por la asociación de HDL bajo, triglicéridos elevados, LDL pequeñas y densas y niveles elevados de APO B (apolipoproteína B). Los niveles de LDL pueden ser normales, pero al ser partículas de menor tamaño y estar “cargadas” de lípidos, favorecen la formación de placas ateroescleróticas al invadir el endotelio (capa interna de la arteria) y aumentan de esta manera, el riesgo de infarto.

¿Qué alimentos aumentan los triglicéridos? Los triglicéridos aumentan como consecuencia de un consumo excesivo de calorías, especialmente con una dieta rica en carbohidratos y azúcares simples (miel, golosinas, azúcar de mesa, bebidas y jugos azucarados) harinas refinadas y alcohol. El exceso de calorías y una vida sedentaria predispone al sobrepeso con acumulación de la grasa a nivel abdominal con un aumento de los ácidos grasos libres circulantes que finalmente se acumulan como triglicéridos en los tejidos. Esta condición conocida “como obesidad abdominal”, favorece en el largo plazo, la aparición del síndrome metabólico con valores de glucemia superiores a 100 mg/dl, hipertensión arterial y alteraciones en el perfil lipídico, previamente descripto. En ocasiones, se asocia con un aumento de los niveles de ácido úrico.

¿Qué hacer para bajar los niveles de triglicéridos? Si existe obesidad abdominal, es necesario abordar un plan nutricional para lograr el descenso de peso, limitar los azúcares simples, bebidas y jugos azucaradas, harinas refinadas, dulces, galletitas, pan blanco, así como reducir el consumo de comidas hipercalóricas ricas en grasas. Además, modificar los hábitos alimentarios: evitar el picoteo de golosinas o galletitas, reducir el tamaño de la porción, no saltear comidas para evitar el descontrol. El plan debe ajustarse a las necesidades individuales para lograr el descenso de peso y promover el consumo de fibras, presentes en frutas, verduras y cereales integrales, pescado, carnes magras y lácteos descremados. Además, debe eliminar el alcohol (cerveza, vino, bebidas blancas, etc) dado que su consumo impacta significativamente en los valores de triglicéridos.

El ejercicio ayuda a reducir los niveles de triglicéridos y azúcar en sangre al mejorar la sensibilidad a la insulina, colabora con el control de la presión arterial y favorece el descenso de peso. La clave es planificar un programa de actividad física recreativo que la persona disfrute y pueda realizar cerca de su casa/trabajo para que no abandonarlo. Elegir entre las distintas opciones: salir a caminar, andar en rollers o bicicleta, correr, nadar, yoga, hacer una clase de gimnasia o baile o bien algún deporte.

La decisión de sumar un tratamiento farmacológico o el uso de suplementos con Omega 3 está en manos del profesional quien evaluará los datos del laboratorio, las características clínicas, la presencia de otros factores de riesgo (diabetes, obesidad, hipertensión) y la respuesta inicial a los cambios en el estilo de vida.