Deportes

Muriel Barbery tras el leve encanto de las fórmulas

El esquema básico de Una rosa sola es el teleteatro: pelirroja de ojos verdes, hija de un touch and go, rozando los cuarenta, Rose viaja a Japón a conocer el testamento millonario de un padre que ha muerto y que nunca vio pero que la monitoreó a distancia. Es recibida por el asistente de su padre, convenientemente viudo y padre de una niña adorable, con el que primero tiene una relación tensa y luego un fogonazo emocional, y por un séquito de ayudantes que declaran que su progenitor era una maravilla. Rose, por supuesto, lucha contra su interioridad occidental consumida por la ira y la depresión (que en este caso, milagrosamente, se juntan) y acaba seducida por ese Japón mítico lleno de flores y leyendas. No hay más, ahí se acaba la historia

Contenido Exclusivo

La nota a la que intentas acceder es exclusiva para suscriptores Suscribirme Conocé nuestros planes

y disfrutá de El País sin límites.

Ingresar Si ya sos suscriptor podés

ingresar con tu usuario y contraseña.

En la solapa posterior de este libro se leen unas diez alabanzas al mismo provenientes de medios como Lire, Le Monde, Le Figaro Littéraire y otros. Cierto que todos son franceses, igual que la autora, Muriel Barbery , nacida en Marruecos en 1969 pero a los dos meses trasladada a Francia con sus padres. Profesora de filosofía, Barbery gozó de una beca de residencia en Kyoto por dos años, y quizá esa experiencia fermentó este título. Antes, había dado el gran salto a la popularidad con La elegancia del erizo (2006), su segunda novela, éxito de ventas y maternidad de clisés. Una rosa sola profundiza la línea. Inscripta en lo que podría llamarse “literatura de la levedad” —donde navega la narrativa de Alessandro Baricco, Amélie Nothomb, Banana Yoshimoto, etc.— esta novela se mueve bastante bien en el mar en calma de la corrección pero naufraga estrepitosamente si se aprietan las tuercas de la literatura creativa, la que tiene algo para decir.

El esquema básico de Una rosa sola es el teleteatro: pelirroja de ojos verdes, hija de un touch and go, rozando los cuarenta, Rose viaja a Japón a conocer el testamento millonario de un padre que ha muerto y que nunca vio pero que la monitoreó a distancia. Es recibida por el asistente de su padre, convenientemente viudo y padre de una niña adorable, con el que primero tiene una relación tensa y luego un fogonazo emocional, y por un séquito de ayudantes que declaran que su progenitor era una maravilla. Rose, por supuesto, lucha contra su interioridad occidental consumida por la ira y la depresión (que en este caso, milagrosamente, se juntan) y acaba seducida por ese Japón mítico lleno de flores y leyendas. No hay más, ahí se acaba la historia.

El libro seguro será un suceso de ventas y tal vez se lleve al cine, tiene los ingredientes básicos y fáciles para eso. De filmarse, sería una pegada que omitiera referenciar, en palabras o imágenes, frases merengadas como estas, que indican por qué conviene separar la paja del trigo: “las azaleas desplegaban sus pétalos rosa y malva cual estrellas de fuegos artificiales”, “las flores de magnolia se curvaban como mariposas”, “algo en ella vibraba como una libélula”, “detrás de la pantalla rasgada del recuerdo”, “una lágrima rodó por su mejilla”, etc. Si a un argumento previsible y sentimentaloide se le aplica un discurso previsible y sentimentaloide, el resultado está servido.

UNA ROSA SOLA, de Muriel Barbery. Seix Barral, 2021. Tr. de Isabel González-Gallarza. Montevideo, 189 págs.

Destacadas

Más Noticias