Situada en la costa del océano Índico, con medio millón de habitantes y una arquitectura ecléctica, resultado de la herencia portuguesa y de la impronta africana, Beira, en Mozambique, se convirtió en un gran lago hace un mes, cuando se abatió sobre ella el ciclón Idai . Como sucede a menudo, las consecuencias de este tipo de catástrofes no se limitan a la devastación del momento. Su destrucción no termina con el recuento de muertos o con las fotografías de casas convertidas en escombros, imágenes impresionantes de la violencia que la naturaleza puede alcanzar. Más de 1.000 personas , una cifra que no ha parado de crecer en las últimas semanas, han perdido la vida como consecuencia del ciclón, que también afectó a Zimbabue y Malaui. Los que han sobrevivido tienen que luchar ahora contra cólera, una enfermedad intestinal que se contrae con la ingesta de agua o alimentos contaminados y que puede resultar letal en horas. El Gobierno advirtió el 27 de marzo del estallido de un brote.

Roberto Pocaterra Pocaterra

«Una vez que pasa la catástrofe humanitaria -explica el doctor Luis López , responsable de Cooperación del Servicio Canario de Salud (SCS), al otro lado del teléfono- aparecen las consecuencias de la falta de agua potable. Hay registrados 2.500 casos de cólera. También diarreas o fiebre tifoidea. La malaria va a aumentar en breve, porque es endémica en la zona. Además, los mosquitos se reproducen con el agua acumulada».

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Hospital destruido El doctor López (Teror, 1959) lleva años trabajando en un programa de formación de médicos mozambiqueños, impulsado por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), el Ministerio de Sanidad de Mozambique y la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo (Aecid). Hace unos días, Beira ofrecía un aspecto diferente al habitual. Un gran lago ocupaba el espacio donde un día se había extendido la ciudad, como mostraban las fotografías tomadas desde el aire. «La infraestructura del Hospital de Beira se mantuvo, pero el interior se inundó, incluido el material, los quirófanos y los medicamentos», detalla López. Los ciudadanos más vulnerables fueron los primeros en padecer los daños en el centro médico, que es uno de los más importantes del país. De su funcionamiento depende la salud de unas 500.000 personas: «Si había un niño con apendicitis que necesitaba ser operado, se moría. Si había una señora con un parto difícil, se moría», lamenta