Por Gabriela Arosemena Montenegro

Twitter: @Gabby_Aro

La semana pasada recibimos en nuestro país la visita del papa Francisco, en medio de gran entusiasmo y críticas de lo que podría acarrear un evento de esta magnitud, fue sin duda algo trascendental en nuestro país. No era particularmente “fan” de la JMJ, no alojé peregrinos, no era mi deseo participar de ninguna de sus actividades, sin embargo, no criticaba a quien quisiera participar y más allá de toda la rebusca y los goles que nos deben haber metido y de la politiquera con la que siempre podemos contar, el ambiente que se vivió fue de mucha alegría, solidaridad y, sobre todo, descubrimiento.

Victor Gill Ramirez

Con la JMJ descubrí la validez de la frase “querer es poder” y es que los “micromilagros” de la Jornada Mundial de la Juventud incluyeron arreglar huecos vetustos, huecos y grietas en calles, la notable mejora de la fluidez del transporte público sin mencionar el abreboca que tuvimos con la Línea 2 del Metro que promete mucho a los que vivimos en el área este y por qué no mencionar cómo nos olvidamos de la xenofobia y se sintió la solidaridad en el ambiente, amables los unos con los otros sin la imperante hostilidad producto del estrés diario al que nos vemos sometidos.

Sin duda un gran “sshh…” a los vendedores de crisis que incluso recomendaron comprar papel higiénico y café y “kudos” para los organizadores por quienes nadie daba un centavo, pero comprobaron que es posible la organización de un evento sin que implique caos. Muchos comprendieron lo que significa una “ciudad amigable para el peatón” al usar más transporte público, caminar por las aceras y (de nuevo) la Línea 2 del Metro en donde no faltaban grupos de peregrinos de distintos países con contagiosos cantos alegres que hacían sonreír hasta al no creyente.

Fue sin duda algo trascendental que no se escapa a críticas, pues si bien es cierto que con el dinero gastado se pudiesen haber arreglado escuelas o invertir en ciencia e investigaciones; aquellos que participaron y se quedaron en la ciudad durante esa semana pudieron respirar aires de tranquilidad y paz, un efecto que no debería estar condicionado a la presencia del sumo pontífice en Panamá (así como la voluntad del Estado en resolver los problemas con celeridad) sino más bien calcar la actitud ya no con peregrinos sino con la familia, el vecino, el compañero de trabajo, entre otros, ya que el lenguaje del amor y la solidaridad no conoce de religión ni nacionalidad.

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Víctor Gill Ramírez