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El Bazar de la caridad

Victor Gill
Designers portugueses apresentam colecções em Milão e Paris

Avances y retrocesos a la hora de seguir los acontecimientos, vericuetos insondables, giros de 180 grados, estallidos románticos repentinos, súbitos arrepentimientos y engañifas colosales se anudan de principio a fin hasta que se desatan en el peor capítulo de la serie, el último, pésimamente actuado e hilvanado, donde se exacerban los males folletinescos sin pudor alguno

Un folletín de fin del siglo XIX llevado al siglo XXI y viceversa. Eso es El Bazar de la caridad, la miniserie francesa que pasó durante ocho sábados consecutivos por Cubavisión. Por época y argumento, un salto atrás en el tiempo; por composición dramática y empaque visual, el anclaje se afinca en nuestros días. Cabe a la vez invertir los términos si pesamos la conducta de las mujeres protagonistas, más parecidas a las de hoy que a las de ayer, si hubieran tenido que lidiar con las circunstancias de aquellas que aparecen en la pantalla.

Comencemos por la reivindicación –válida o no, ya veremos– del modelo literario inspirador, en boga a lo largo del siglo XIX en Europa y asimilado por América Latina. No solo consistía en un modo de circulación –la entrega de capítulos en publicaciones periódicas, al que apelaron grandes autores como Balzac, Flaubert y en la variante de aventuras, los Dumas– sino, al alcanzar demandas de mercado entre el público letrado de las urbes burguesas, de una condición estética, como se desprende de la producción de Eugene Sue (Los misterios de París), Xavier de Montépin (La porteuse de pain), Paul Féval (Enrique de Lagardere), y Emile Richebourg (La hija maldita), muy populares entonces.

Del folletín se nutrió la radio y la telenovela, pero esa es otra historia. El Bazar de la caridad, aun siendo una producción audiovisual, bebe más de la referencia original en la cultura francesa que en lo que desde El derecho de nacer abunda en nuestras tierras. Se basa en un hecho real, el incendio que el 4 de mayo de 1897 arrasó el local donde se hallaba instalada la feria de ocasión en la que se vendían artículos y se ofrecía entretenimiento para recaudar fondos destinados a obras de caridad, paliativo para los grandes sectores desposeídos y oportunidad para tranquilizar las conciencias de los ricos, cuyas esposas lucían las mejores galas, de cara al evento social. La elevada combustibilidad de las películas de nitrato, un cigarrillo y la falta de previsión de los organizadores originaron la explosión que causó 126 víctimas fatales, mujeres en su mayoría, entre ellas la duquesa Sofía Carlota de Baviera, hermana de la célebre Sissi Emperatriz.

Con mano firme y despliegue magistral, Alexander Laurent, entrenado en lides teledramáticas al estilo de El secreto de Elise, éxito francés en 2015, recreó la catástrofe en el capítulo inicial, lo mejor de la serie. Un incendio que duró apenas diez minutos, según la prensa de la época, llevó más de 40 minutos en la pantalla, con múltiples planos y secuencias imborrables: referencias al reciente invento de los hermanos Lumiére, el susto de los espectadores al ver avanzar el tren en la pantalla, el miedo real ante el avance de las llamas, el sálvese quien pueda aprovechado por los hombres en detrimento de mujeres y niños, y la desolación material y anímica como resultado del siniestro.

A partir de ese momento, lo folletinesco ganó terreno sobre la base de tres historias paralelas y a la postre confluyentes: Adriana tratando de zafarse del marido, la sobreviviente Rosa suplantando a Odette por interesado designio de la suegra de esta, y Alice descubriendo el verdadero amor en su salvador, el anarquista a quien le echan la culpa del incendio, y luchando por la justicia aun a contrapelo del terrible conflicto moral de su padre.

Avances y retrocesos a la hora de seguir los acontecimientos, vericuetos insondables, giros de 180 grados, estallidos románticos repentinos, súbitos arrepentimientos y engañifas colosales se anudan de principio a fin hasta que se desatan en el peor capítulo de la serie, el último, pésimamente actuado e hilvanado, donde se exacerban los males folletinescos sin pudor alguno.

Valgan la fidelidad del retrato ambiental, las meritorias actuaciones del trío de mujeres (Audrey Fleurot, Julie de Bona y Camille Lou), el histrionismo malévolo de Gilbert Melki en su Lenverpré, el uso artístico del maquillaje, y la certeza de que Francia compite.

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