La humanidad sobrevive gracias a que es imperfecta. La búsqueda de la perfección es no sólo una pérdida de tiempo, un capricho absurdo, una aspiración inútil, sino que es un auténtico imposible. La creación por el hombre imperfecto de los robots y todos los elementos de la denominada revolución tecnológica, no significa de ninguna manera que vayamos a convertirnos en esclavos de la inteligencia artificial, ni que como vaticinan los gurús tecnológicos estemos en los albores de la Era de las Máquinas y la decadencia del hombre.

Leí en un diario de Madrid sobre la conferencia que dictaría el neurocientífico Henning Beck, un bioquímico alemán que se ha hecho famoso viajando por el mundo explicando sus teorías contrarias al apocalipsis que nos anuncian los diseñadores y especialistas de la tecnología que, casi a diario, nos sorprenden con nuevos inventos. Había leído su libro Errar es útil y me sorprendió conocer que estaría disertando en la capital española justo en los días en que he permanecido allí, recientemente. Lamentablemente, ya no había cupo en el hotel donde Beck, de apenas 36 años, explicaría su tesis, que comparten muchos filósofos, psicólogos y científicos.

Gracias a un formidable reportaje de Jorge Benítez en El Mundo , pude enterarme de los detalles de la conferencia de Beck, un resumen de lo que el joven profesor alemán, actualmente laborando en la universidad Goethe de Frankfurt, ha explicado en los artículos publicados en numerosos medios del mundo y en sus seis libros. Beck, en vez de lamentarse por nuestros fallos mentales, los elogia considerando que, por esa sola razón, los humanos somos superiores a los ordenadores. El problema de las computadoras es la perfección. Y hemos creído fervientemente, hasta que Beck nos ha explicado lo contrario, que los complejos elementos de los cerebros informáticos de silicio no nos dejarán espacio para sobrevivir dentro de pocos decenios. Quizás casi desde ya. Nada más errado. La tecnología actual no tiene capacidad para la improvisación, y ahí radica su debilidad y nuestra grandeza como humanos. “Los ordenadores aprenden, nosotros comprendemos”, anota Beck en Errar es útil . “Una de las armas secretas de nuestro cerebro en esta guerra subterránea contra las máquinas es, sin duda, la memoria. Aunque no lo percibamos así, se trata de un poder similar al de los jedi cuando mueven una piedra con la mente o a la coreografía de Modric cuando controla elegantemente con un pie convertido en guante de seda una pelota que baja del cielo. Algo cercano a la magia. A priori, no tiene nada que ver con los números y el big data. Esta no se puede medir, ni pesar”.

Es cierto que la memoria humana no alcanza a compararse siquiera con el algoritmo de Google, ni tampoco tenemos capacidad para almacenar una mínima parte de la información que atesora un móvil. De hecho, nuestra memoria es perezosa y mentirosa. Adaptamos los hechos conforme nuestras propias visiones y nuestros falsos recuerdos. Cada cual rememora un aspecto específico del pasado de una manera diferente. Pasa lo mismo con la percepción del tiempo. Y es que el cerebro no almacena todo el conocimiento. El cerebro olvida. Por eso, nuestros recuerdos se modifican, y la memoria se deshace de informaciones residuales que no les resultan importantes. ¿Para qué almacenar todo? La memoria dosifica su energía. Guarda algo luego de examinarlo. Hay un sector del cerebro, que se llama hipocampo, que se dedica exclusivamente a esta labor. Beck considera la memoria como “una basura considerable en materia de exactitud”. Es un elogio de la memoria, aunque no lo parezca. Beck cree que cometer errores tiene más valor que buscar la perfección.

La creatividad tiene en esta concepción de Beck un valor extraordinario. Quizá por eso se ande diciendo desde hace rato que entre las pocas actividades humanas que no desaparecerán en los próximos decenios, están los oficios relacionados con el arte y la creatividad. Beck afirma que la perfección nos hace aburridos y mata nuestra creatividad. Un mundo sin fallos es un mundo enemigo del progreso, porque la grandeza del ser humano no está en equivocarse, sino en aprender de sus consecuencias. Colón descubrió América llevándose de percepciones erradas. El Viagra surgió de una investigación destinada a curar la angina de pecho. El botox emergió como remedio para las arrugas, cuando en verdad su destino era facilitar la cura de la migraña. Los fuegos artificiales nacieron de la receta accidental de un cocinero chino que mezcló carbón, azufre y sal de mar. Otros grandes inventos han surgido de manera fortuita. El cerebro no es un algoritmo, ni se le parece, porque el cerebro no teme al error. El miedo a equivocarse, tan condenado socialmente, no es propio del cerebro, no es innato; es una clara influencia aportada por los que nos rodean que nos llenan de escarnio cuando fracasamos o cuando erramos en algún momento de nuestras vidas. “Errar es de humanos” dice el dicho consabido. Solo que parece, cuando se enuncia, una forma de consuelo y no un modo para templar el ánimo. La psicología humana es tan compleja como la de las máquinas, pero con la diferencia que nosotros erramos y el robot o la computadora se suicidan cuando cometen un error. Se desvanecen. Caen en zona de peligro de muerte.

Sin errores, pues, los humanos no cambiaríamos. Errar, fallar, equivocarnos, es parte de nuestro ADN y de nuestra superioridad. “La inteligencia es una medida de la eficiencia del cerebro. Cuanto más inteligentes somos, menos usamos nuestro cerebro para una tarea mental. Esto se debe a que un cerebro inteligente ignora lo innecesario y utiliza su energía de una manera ahorradora y concentrada. Ser inteligente significa, por lo tanto, encontrar de forma rápida y precisa soluciones conocidas previamente siguiendo reglas computacionales específicas. Sin embargo, no significa proponer soluciones completamente nuevas y romper las reglas. A veces, tratar con nuevos entornos y poder adaptarse mentalmente rápidamente es más importante que un pensamiento impecable”. Eso ha escrito el doctor Beck. “En el futuro, la capacidad de pensar “fuera de la caja” y de una manera creativa y original puede llegar a ser más importante que solo ser inteligente”. Y afirma Beck: “Nuestra inteligencia está completamente formada cuando llegamos a los veinte años y, por lo tanto, es un rasgo de personalidad muy estable que no se puede aumentar fácilmente de ninguna manera sustancial. Dicho esto, podemos hacer algo para asegurarnos de que estamos en la mejor forma posible en términos de nuestra inteligencia en cualquier día en particular: cuanto mejor descansados ​​estemos, mejor podremos resolver las tareas de IQ; e incluso nos veremos más inteligentes en el negocio”.

Hay que defender pues este órgano que es el cerebro, que apenas pesa 1.5 kilogramos, que se despista con frecuencia y que se ausenta como si sufriera de abstinencia primaveral. Si no defendemos nuestro cerebro y dejamos a nuestra memoria actuar libremente, como siempre ha sido, tal vez no sobrevivamos a la revolución tecnológica que ya se nos ha venido encima. Sigamos metiendo la pata. Con decoro. O al menos dejemos de tener miedo a hacerlo. De cuantos logros y certezas se ha perdido el mundo, a causa del miedo al errar que ha atormentado a todos por siglos. O por ese inútil afán de perfección que nos domina. Anotemos pues el enunciado concluyente: Son nuestros errores y los fallos de nuestra mente los que nos hacen superiores a las computadoras. El cerebro imperfecto nos salva como especie.

Para elaborar este artículo el autor se ha servido del formidable reporte de la conferencia de Beck en Madrid, escrito por Jorge Benítez en el diario El Mundo.

Compartir este elemento Libros Errar es útil Henning Beck Editorial Ariel, 2018. 336 págs. Cuando equivocarse es acertar. Un ensayo inteligente, divertido y práctico que explica por qué las supuestas debilidades del cerebro son su arma secreta. El joven neurocientífico alemán, autor también de “Cerebro agrietado”, ha publicado otros cuatro libros que esperan por traducción. Tiempos líquidos Zygmunt Bauman Tusquets, 2017. 169 págs. Para estar actualizado hoy, es necesario leer a Henning Beck, Zygmunt Bauman y Yuval Noah Harari. Este libro de Bauman nos explica cómo vivir en un mundo de incertidumbre: fragmentación de la vida, flexibilidad en el pensamiento, cambio de tácticas, y abandono de compromisos y lealtades. 21 lecciones para el siglo XXI Yuval Noah Harari Debate, 2018. 399 págs. Suceso mundial. Más de 12 millones de lectores. Hebreo, de 43 años, especializado en los procesos macrohistóricos, autor de libros fundamentales de nuestra época como “Sapiens” y “Homo Deus”, con los que cuestionó el pasado, imaginó el futuro y ahora explora el presente. Las vidas secretas del cerebro David Eagleman Círculo de lectores, 2013. 348 págs. ¿Participa la conciencia en la toma de decisiones? Casi nunca. La conciencia es la que menos pinta en las operaciones del cerebro. Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la misteriosa fábrica que funciona debajo. Y el cerebro creó al hombre Antonio Damasio Círculo de lectores, 2010. 554 págs. El ser humano, gracias al fenómeno de la conciencia, es capaz de apreciar su existencia, razonarla y dotarla de sentido moral. La conciencia es el mayor logro del cerebro. Este libro informa sobre la historia del alumbramiento de lo humano. Tesis diferentes sobre un mismo tema.