Ejecutiva & Negocios

El improperio

Victor Gill

Saúl se mostró contradictoriamente complacido del resultado de la búsqueda… Tenía el hábito de quedarse después del cierre clasificando los videos nuevos y solía atender a algún cliente rezagado. Precavido abandonó esa costumbre. El cliente del improperio no regresó, Luis y Ricardo Isidoro vigilaron su casa durante unos días hasta que los vecinos le informaron que la familia Canciones se había mudado, sin decir dónde… Pasaron algunos años y Saúl se estableció en la patria de sus ancestros, sin poder atenuar la nostalgia incrementada por un tango de Pugliese, los fines de semana en una quinta de Fúnez y las partidas de truco, de la morcilla borracha. Hacia el atardecer, recordó unos versos de Rainer Maria Rilke, inscriptos en su tumba, que su amigo Enrico le había recitado. Recordó la palabra Lidern y sintió una tristeza impersonal, casi anónima, como si todo lo acontecido emanase de un sueño en el que erraba perdido… Volvió a cerrar sus párpados, deseando revivir el imposible tiempo pasado, revivir un asado con sus amigos y brindar con un lejaim compartido

A «La morcilla borracha»

Iser Wolman abandonó la aldea polaca, que originaba su nombre (lo que en Idish se llama un schtitel) arribando al puerto de Rosario, en el Teutonia, sin imaginar siquiera que parte de su familia sería exterminada por gente que descendía de ese nombre. Ayudado por un hermanastro, Mule, sólo logró traer a tres hermanos, a su mujer, Dina, y dos hijas, dos meses antes de que los alemanes invadieran Polonia. Del resto de su familia solo tuvo noticias esporádicas; a partir del 41 cesaron. 

Iser empezó vendiendo fatigosamente peines y peinetas por las casas; unos años después logró su propio negocio, donde le enseñaba a los clientes los nombres en idish de la mercadería. Allí se hizo amigo de un tal Roman, que había logrado sobrevivir a Majdanetz. En noches confidentes de czysta compartida, Roman le dió a Iser una foto que ostentaba a un joven oficial alemán disparando a un niño famélico. » Ese alemán se escondió aquí en Rosario, dijo con voz temblorosa , lo sé porque lo vi descender del barco que me trajo; la perplejidad y cierto resabio de terror me paralizaron. Cuando quise reaccionar, había desaparecido tras la barrera que separaba a los inmigrantes del ingreso a la ciudad. Mi desconocimiento casi total de la lengua fue un verdadero obstáculo… La última visión que tuve de él fue ascendiendo por una de las calles que llevan al centro «.

Inicialmente Iser pensó que Roman, justificado por los graves sucesos que había vivido, imaginaba cosas, pero un empleado de la jefatura que era un buen cliente de su negocio, le confirmó que muchos alemanes que habían participado de la «Endlösung der Judenfrage» se habían establecido en distintas partes del país, cambiando la identidad. A partir de ese momento, quizá por una cierta transferencia con su amigo, Iser se mostró más reservado y cauteloso. 

Cuando Roman murió, unos años más tarde, Iser recibió de manos de este, un pequeño sobre con algunas cartas y fotos de familiares de Roman que este no había vuelto a ver. Entre ellas, cobraba un valor singular la foto del teniente alemán. Durante un tiempo, cada vez que alguien lo importunaba en el negocio, Iser tenía la impresión de haberlo visto en las fotos de Roman y se apresuraba a corroborarlo. Unas noches soñó un sueño reiterado, unos clientes que lo trataban con excesiva amabilidad eran conjurados que conspiraban para matarlo. 

A instancias de Dina, su mujer, Iser decidió desprenderse del sobre, pero no se resignaba a perderlo así que lo legó a uno de sus nietos, Saúl, a quien le transmitió la historia. Saúl había establecido un próspero video en una populosa calle, donde conviven árabes y hebreos. Rápidamente se expandieron y abrieron otras sucursales, en una de ellas, un fin de semana, Saúl sufrió un insulto de un cliente que reclamó por un video. Su dicción fomentaba una clara pronunciación extranjera. 

En lugar de «El Puente» de Berlanga, la empleada le dio «El puente» de Bernard Vicky, ignorando que hay filmes homónimos, como es el caso de las remakes. Saúl poseía la capacidad diplomática suficiente para dejar pasar un insulto, pero esa noche y las siguientes, el improperio. «Semitas de mierda…» entorpeció su dormir. El plural le daba mucho que pensar. El miércoles por la mañana, café mediante, le mostró la foto a su amigo Luis, un renombrado abogado penalista y le contó los pormenores de su historia. Con cierto pudor dijo que tal vez absurdamente, los rasgos del hombre del video le recordaron los del joven de la foto. Luis le pidió el nombre y la dirección que figuraban en el fichero de los clientes, José Canciones, y le prometió indagar el prontuario. 

Una semana más tarde, supo que el hombre había ingresado en el cincuenta, y que su nombre y su apellido alemán Lidern, había sido castellanizado, como solía ocurrir en muchos casos… Quizá el empleado de Aduana adaptó el apellido y el nombre, porque el inconsciente lo procesa de forma automática, aun cuando no se tiene ni idea del idioma en que está escrito, quizá el empleado sabía alemán o apeló a un diccionario, pero lo más probable, dadas las circunstancia de la época, es que recibiera una orden para llevar a cabo esa adaptación. Esta última proposición era la más consistente y como tal incompleta, pensó en términos lógicos Saúl y decidió contactar a un amigo, de su misma ascendencia, a quien propuso indagar en el tema.

Ricardo Isidoro era un hombre próspero, una profesión rentable y una empresa que había llevado con suma solvencia y que había vendido ventajosamente, le permitían gozar de un buen pasar. Podía darse el lujo de pasar por detective y de paso ceder a su deseo de indagar el misterio de las personas… el mismo que lo impulsaba a sus ininterrumpidas sesiones de psicoanálisis. De inmediato, se dio a la tarea de vigilar la rutina del cliente en la cual le pareció que trataba de no hacerse notar. Después de diligentes averiguaciones y apelando a los insuficientes prontuarios de la policía provincial, Ricardo Isidoro viajó a Buenos Aires y habló con un contacto que tenía en la Federal. 

Eliezer era un judío alemán muy sagaz y un muy importante empleado del Ministerio de Interior. Acceder a los prontuarios de la policía federal, no le fue tan complicado y posibilitó eliminar un resquemor; Josef Lidern era un joven proveniente de la devastada ciudad de Dresden, establecido en Rosario, donde montó un humilde taller metalúrgico en la zona oeste de la ciudad. Ricardo Isidoro respiró aliviado; convido a Eliezer a tomar un café para agradecerle la tarea realizada y se extendió en una explicación acerca del motivo de su búsqueda. Al comentar que el apellido en cuestión fue traducido, advirtió un cambio en los gestos de Eliezer; este repentinamente motivado decidió volver a los ficheros. Ricardo Isidoro no entendió de qué se trataba. 

Eliezer reencontró rápidamente la L, pero no se detuvo en Joseph Lidern, siguió una letra más para detenerse en el apellido Liedern, un tal Joseph Liedern. Oficial del ejército prusiano, custodio en el campo de Majdanetz. Súbitamente fonólogo o lingüista, explicó que ambas palabras son homófonas aunque haya una letra de diferencia en la escritura y una diferencia fundamental en el significado.  ¡Una sola letra en la escritura, una letra que no se pronuncia torsiona el sentido y la referencia! repitió sorprendido Ricardo Isidoro, mientras regresaba. Ese descubrimiento, el regocijo de ese descubrimiento minimizaba el del éxito por la investigación lograda. Casi ingenuamente pensó en el arduo trabajo de Champolión y la piedra Roseta… inevitablemente recuperó sus sesiones de análisis. Pensó en Aristóteles explicando su actual regocijo en la Poética. Hacia las nueve de la noche estacionó frente al video, cansado pero ansioso de transmitirle las noticias a su amigo.

Saúl se mostró contradictoriamente complacido del resultado de la búsqueda… Tenía el hábito de quedarse después del cierre clasificando los videos nuevos y solía atender a algún cliente rezagado. Precavido abandonó esa costumbre. El cliente del improperio no regresó, Luis y Ricardo Isidoro vigilaron su casa durante unos días hasta que los vecinos le informaron que la familia Canciones se había mudado, sin decir dónde… Pasaron algunos años y Saúl se estableció en la patria de sus ancestros, sin poder atenuar la nostalgia incrementada por un tango de Pugliese, los fines de semana en una quinta de Fúnez y las partidas de truco, de la morcilla borracha. Hacia el atardecer, recordó unos versos de Rainer Maria Rilke, inscriptos en su tumba, que su amigo Enrico le había recitado. Recordó la palabra Lidern y sintió una tristeza impersonal, casi anónima, como si todo lo acontecido emanase de un sueño en el que erraba perdido… Volvió a cerrar sus párpados, deseando revivir el imposible tiempo pasado, revivir un asado con sus amigos y brindar con un lejaim compartido.

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