El Colombiano / Cuando dan a luz, las focas encapuchadas empiezan una maratón. Sus crías deben ganar 28 kilos en apenas cuatro días, así que las alimentan sin parar con la leche más grasosa de todo el reino animal (contiene un 60 % de lípidos). Luego, los recién nacidos deben nadar solos en las aguas gélidas del Océano Ártico. Sin su mamá. Es su naturaleza.

Otra historia es la de los rinocerontes negros. Las hembras de esta especie, en vía de extinción, se toman en serio aquella expresión de “hotel mamá”. Después de un embarazo de doce meses, se dan el lujo de alimentar a su única cría durante dos años. Como no tienen prisa para engordar a sus pequeños, su leche es acuosa y tiene apenas 0.2 % de grasa, la más light de las que se conocen.

Igual pasa con los bebés humanos, como no requieren ganar tanto peso rápidamente su leche es baja en grasa, baja en proteínas y alta en azúcar. Es la receta ideal para un periodo de lactancia tan prolongado, seis meses mínimo, según la Organización Mundial de la Salud.

Tiene la dosis exacta de nutrientes que requiere para sobrevivir, “es el alimento perfecto de la naturaleza, el estándar de oro a investigar”, dice Pedro Alarcón , gastroenterólogo y asesor de investigación del Instituto Nacional de Salud Infantil de Perú.

No solo hace crecer a los niños, una de sus funciones principales –desconocida por muchos– es ser el combustible para que ciertas bacterias se multipliquen y se conviertan en una especie de supersoldados que defienden al infante de virus e infecciones.

Es un proceso rápido. Los bebés nacen estériles, pero pasados unos pocos días ya tienen millones de bacterias en su estómago y unas semanas después, miles de millones.

¿Cómo es esto posible? El especialista explica que además de nutrientes, hormonas y enzimas en el intestino que hacen que sea digerida más fácilmente, la leche materna tiene HMO, por sus siglas en inglés Human Milk Oligosaccharides . La tarea de estos oligosacáridos es precisamente alimentar a las bacterias “buenas” del intestino, llamadas bifidobacterias, esas que le ayudan al niño a fortalecer su inmunidad.

Este es uno de los más recientes hallazgos de la medicina pediátrica. Y no es despreciable, teniendo en cuenta que los HMO representan el tercer componente sólido con mayor presencia en esta, después de la lactosa y los lípidos.

Se ha comprobado que la flora intestinal de los niños alimentados con pecho contiene un 90 % de estas bacterias amigas, mientras que a quienes les dan leche de fórmula, un 50 %. Por eso, los investigadores insisten en replicar la leche materna.

Alarcón señala que “entender cómo la leche materna transmite sus beneficios ayudaría en el desarrollo de fórmulas infantiles que imiten mejor a la naturaleza, lo que podría beneficiar la salud de los niños que, por alguna razón médica, no pueden recibirla”.

El profesor sigue en su explicación: para que un virus produzca una enfermedad debe pegarse a la pared del intestino (específicamente a unas sustancias químicas llamadas lipopolisacáridos), ahí entran en juego los HMO. Estos engañan a los virus para que se les adhieran y luego son expulsados en la digestión. Así, el pequeño no se enferma.

Hasta ahora se han identificado más de 150 tipos de HMO, pero el más abundante es el 2FL (fucosil lactosa). Los avances en este campo de la medicina se han hecho en Europa y Estados Unidos, donde se analizaron las defensas naturales de más de 400 bebés con cinco días de nacidos, de 28 hospitales y centros médicos. Uno de los estudios al respecto se hizo en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Zurich (Suiza). Aun así, se está lejos de descifrar los secretos que alberga una gota de leche materna.

Incluso, según dice Thierry Hennet , investigador sueco miembro de esa institución, en la revista Trends in Biochemical Sciences, la leche materna es tan compleja y tan rica en factores bioactivos (proteínas que estimulan el sistema inmune, proteínas antimicrobianas, anticuerpos…) que no se puede sustituir con ninguna versión artificial.

Es bien conocido que es la primera comida natural para los recién nacidos y el alimento que mejor tolera su sistema digestivo, pero ahora se entiende el porqué dar pecho reduce la mortalidad infantil y las infecciones.

Alarcón coincide con Hennet y enfatiza: “La producción de una fórmula infantil que incluya todos los constituyentes de la leche materna sería tan cara que nadie podría permitírsela. Ni el más avanzado laboratorio. Es oro biológico que acompaña a los bebés.”

Por ejemplo, los niños que fueron amamantados tienen menos probabilidades de padecer obesidad. Además, asegura la OMS, obtienen mejores resultados en las pruebas de inteligencia y mayores ingresos en la vida adulta. Por si fuera poco, los menores costos sanitarios se traducen en beneficios económicos para las familias y los países. No hay mejor negocio para una mamá y su hijo.

Desde cualquier perspectiva, la leche materna es un súper alimento diseñado por la naturaleza para suplir las necesidades de desarrollo de cada especie. Los humanos no son la excepción.