Pagina 12 / Desde una perspectiva epidemiológica, el estilo de vida alude a las conductas y actitudes que adoptan los individuos, y que pueden ser saludables, o dañinas para su salud. Algunos de los hábitos benéficos son: no fumar, ni beber alcohol, hacer ejercicio físico, evitar el estrés y la obesidad, dormir bien, consumir alimentos sanos, mantener una adecuada higiene personal y desarrollar una sexualidad satisfactoria. En los países desarrollados, muchas enfermedades se deben a estilos de vida perjudiciales.

Podemos construir una analogía entre el estilo de vida y el concepto psicoanalítico de goce, pero antes voy a hacer una introducción al mismo. En nuestras historias singulares, casi todos poseemos una cuestión edípica, traumática o de otra índole que nos marcó a fuego. Es como un guión que se escribió en ese entonces, en nuestros inconscientes, y que cada uno de nosotros se ve impulsado a actuar, con más o menos fuerza, en determinadas situaciones. La satisfacción de ese impulso -o pulsión- ocurre fuera de nuestro registro consciente, y la denominamos “goce”. Pero, a su vez, la actuación de ese gozoso guión figurado muchas veces nos trae consecuencias nefastas en nuestras vidas, dado que es incompatible con nuestros requerimientos o aspiraciones más adultas y conscientes. Es algo así como ir por la vida con un niño que en ocasiones nos tironea, y logra imponerse para llevarnos a los lugares que a él le gustan. Y es eso lo que ocurre, pero con la salvedad de que todo el proceso sucede únicamente en nuestro interior. Es decir: las aspiraciones del niño que vimos antes son las del niño que fuimos, y que todavía convive inconscientemente con las del adulto que somos. Continuando con la metáfora, si no logramos un maduro equilibrio entre las pretensiones del niño y las nuestras, terminaremos a merced de ese pequeño déspota interno, y probablemente tengamos que postergar muchas de nuestras aspiraciones actuales para satisfacer las infantiles. El goce es, entonces, paradójicamente, una satisfacción sufriente, vinculada a la posición que el sujeto neurótico, sin saberlo, adopta en su vida, y que por lo general proviene de su infancia. Tomemos el ejemplo de una mujer golpeada que se queja y sufre por los golpes que le propina su pareja, pero que hace poco para cambiar su situación. Es factible que con su síntoma esté recreando inconscientemente el clima de humillación y de desvalorización que sufrió en su infancia, a manos de un padre déspota. Mientras persista el destructivo goce que dicha actuación le produce, es más difícil un cambio genuino, dado que aunque se aleje de su hombre, es altamente probable que se enamore de otro igual de violento. Es que esta indeseable particularidad masculina suele ser una condición de amor en ese tipo de mujeres, y aunque no se manifieste claramente al principio de la relación, de todos modos es percibido subliminalmente por ellas.

En psicología, la detección de esos gozosos impulsos inconscientes es análoga a, en medicina, detectar malos hábitos -estrés, tabaco, comida chatarra, vida sedentaria, etcétera-, aunque, al igual que lo que ocurre con estos, el goce puede ser poco o bastante perjudicial, dependiendo de sus características, de su intensidad y del grado de conflictividad que le genere a su portador. En ambos enfoques existe la resistencia al cambio por parte del afectado, incluso aunque posea plena conciencia del riesgo al que se expone. La diferencia radica en que la resistencia es básicamente consciente en lo que respecta a los malos hábitos de la medicina, e inconsciente en lo que atañe a la dimensión dramática humana. La resistencia al cambio está siempre sostenida por algún tipo de satisfacción. Puede ser transparente y lineal la vinculada a los malos hábitos, o profunda y oscura la inherente a los asuntos inconscientes humanos. Naturalmente, esta última resistencia es la más difícil de remover.

Como se habrá podido apreciar, la diferencia entre estilo de vida y goce es tal que aunque el paciente, aconsejado por su médico, logre eliminar sus hábitos negativos, su goce puede permanecer inalterable, o aun empeorar. También se puede pensar en un vínculo entre ambos conceptos, como el estrés o la angustia. Cuando el médico detecte en su paciente esos malestares, puede aconsejar algún tratamiento psicológico para disminuirlos, o al menos, persuadirá al afectado de que trate de evitarlos. En tal caso, por esa vía indirecta procurará que el paciente le encuentre una solución a su malestar.

No obstante, creo que “la madre del borrego” se halla en la necesidad de la certeza.

Esta se ha instalado en la cultura. Mucha gente ha sido seducida por las hazañas tecnológicas y por la prédica cientificista. A partir de esto cada vez son más los que enferman y hasta mueren por cuestiones mentales profundas que podrían haber sido revertidas, algunas de ellas a través de una terapia psicoanalítica. Sin embargo, en la práctica, cada vez más personas ya han abandonado esa opción, debido a que se han hecho devotas de las certezas que emanan de la ciencia. De alguna manera han inmolado sus cuestiones singulares y subjetivas en el altar de la objetividad. Esto es muy peligroso, dado que está en juego la vida: sabemos del peso que posee la dimensión mítica interna en cada sujeto humano. No hay dudas acerca de la importancia de la ciencia, pero… ¡atentti! Esto de generar una feligresía detrás de la ciencia es peligroso.

*Psicólogo.

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