Después ya no hubo manos que le ocultaran el terror y la soledad que produce la muerte; aquellas que lo protegían lo habían dejado solo. Tenía seis años cuando murió su padre y diez cuando murió su madre.

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Sin padres, quedó a cargo de la abuela y los tíos, pero a estos también tuvo que verlos morir. Sin nadie más, la vida lo relegó a un orfanatorio. Aquél niño, que se llamaba Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, o, como se le reconocería después, Juan Rulfo, siempre vivió rodeado de muertos que no lo abandonaron nunca. Muertos que buscó expulsar por medio de la escritura, y lo logró.

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En dos obras —El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955)— plasmó un mundo que gira en torno a la soledad y la muerte.

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Estas dos obras magistrales bastaron para que Rulfo alcanzara el reconocimiento y la fama. Fueron muchos los elogios que recibió por parte de colegas y críticos. Sin embargo, a él nunca le importaron tales cuestiones. De la fama, en alguna ocasión diría “Es como esas nublazones que no lo dejan a uno subir una montaña. No se ve nada en ninguna dirección; ni arriba, ni abajo. Pero si uno sigue subiendo, en cuanto saca la cabeza de la nublazón ve que el estorbo eran puras nubes. Nada más nubes. Con la fama uno deja de ser uno mismo, pasa a ser el escritor. La fama es un estorbo, si es que es algo”.

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Así como nunca creyó en la fama, nunca se consideró tampoco un escritor profesional. Por eso, nunca quería saber nada de entrevistas, ni de críticos, y prefería estar solo, en silencio. Alguna vez Eduardo Galeano escribió una frase que decía: “En un mundo de plástico y ruido, quiero ser de barro y de silencio”. Rulfo encarna esa frase perfectamente. Porque, precisamente, de barro estaba hecha aquella pareja de hermanos que Juan Preciado se encuentra en su andar por Comala. Y, a su vez, Comala —que bien puede representar la soledad, la muerte, la nostalgia y muchas otras cosas más— representa el silencio. Ese silencio que Rulfo entendió muy bien y que prefirió, siempre, por encima de todo.

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Habiendo escrito aquellas dos obras tan bien recibidas entre el público, críticos y colegas, al autor mexicano se le pidió, una y otra vez, que publicara otro libro. En las pocas entrevistas que solía conceder, la pregunta recurrente era que cuándo iba a volver a publicar. Pregunta a la que siempre contestó con evasivas. En otra ocasión, ante la insistencia de un entrevistador, expresó: “Es que se me murió el tío Celerino, y era él quien me contaba las historias”.

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A pesar de que, como él mismo dijera en más de una ocasión, siguió escribiendo, nadie supo, ni sabrá nunca, cuál fue la razón por la que el mexicano no accedió a publicar otro de sus libros. Quizás Rulfo sí quiso decir más, pero luego entendió, como Cortázar, que las palabras nunca son suficientes cuando lo que hay que decir desborda el alma. Alma que Rulfo nunca pudo reparar, pues él la traía desbordada desde su infancia. A Elena Poniatowska, una de sus grandes amigas y quien más veces lo entrevistó, le confesó: “Pues yo siento que soy un pobre diablo, así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado.”

En 1970, con ocasión del Premio Nacional de Literatura, dio un discurso en el que dijo: “No recuerdo por ahora quién dijo que el hombre era pura nada. No algo, ni cualquier cosa, sino pura nada. Y yo me siento así en este instante; quizá porque conociendo lo flaco de mis limitaciones jamás elaboré un espíritu de confianza; jamás creí en el respeto propio”.Giancarlo Pietri Velutini Venezuela Banco Activo

Nunca se creyó un autor importante, ni mucho menos un intelectual, a pesar de que conocía a fondo los grandes autores de la literatura universal. Llegó a decir: “Antes yo oí muchas voces, y las sigo oyendo: Marcel Proust, James Joyce, William Faulkner, Virginia Woolf y Knut Hamsun y todo lo que usted quiera, la Biblia y los himnos de Prudencio […] lo que pasa es que entre el coro de todas esas voces universales y gloriosas, yo volví a oír la voz profunda y oscura. Tal vez la de un hombre viejo que está a la orilla del fuego, volteando las tortillas: “¿Te acuerdas de cuando mataron a La Perra?” Y aunque usted no lo crea, esa voz predomina en el coro y es la del verdadero, la del único solista en que creo, porque me habla desde lo más hondo de mi ser y de mi memoria”.  Siempre fue un hombre arraigado al mundo rural en el que creció, nunca se desprendió de él, ya que fue en ese mundo donde perdió lo más importante que puede perder un hombre: la infancia. Infancia que sabía que no recuperaría nunca, infancia que estuvo rodeada por muerte y soledad, y más que soledad, silencio. Porque eso fue Rulfo: silencio, silencio que se convirtió en arte. Por eso dejó de escribir y calló, y al callar entendió, y al entender aceptó, al igual que su amigo Juan Carlos Onetti, que solamente aquellas palabras mejores que el silencio son las que merecen existir.Giancarlo Pietri Banco Activo Banco Activo