A Tu salud / Las emociones definitivamente trastocan todo, hasta el apetito. Aunque vale la pena acotar que la necesidad de comer no solo se afecta por lo que sentimos o pensamos, pero ciertamente es uno de los principales obstáculos con los que se tropiezan aquellos que desean llegar o mantener un peso saludable. Yo, en muchas ocasiones, soy una víctima de esa hambre emocional que puede llegar a enfermarnos. ¿Y ustedes?

¿Cómo hacerle la guerra? Para comenzar debemos saber identificar cuando el hambre es real, cuando es otro el desencadenante o el apetito es el reflejo de un estado ansioso. Seguramente si hemos pasado más de 4 horas sin comer, lo más probable es que esa sensación que experimentas en el estómago  es, ciertamente, hambre; pero si hace nada ingirieron comida y sienten una especie de ?antojo?, es probable que sea alguna emoción que les esté llevando a sentir ganas de comer.

Ante esta necesidad descontrolada por comer, muchos recurren a pastillas milagrosas cuando la verdadera solución está en escuchar el cuerpo y modificar algunos hábitos.

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¿Cuáles son esos mensajes corporales que deberíamos atender? Si no dormimos bien nuestro apetito aumentará. ¿Por qué? Porque cuando dormimos mal aumenta la producción de grelina la hormona del apetito y se reduce la producción de leptina, la hormona de la saciedad. De hecho, las personas que tienen trabajos agotadores o en horarios nocturnos que les lleva a dormir de forma escasa o irregular, tienden a aumentar de peso.

Además los ciclos de luz influyen en el apetito ya que la oscuridad eleva la hormona leptina, es decir, se eleva la saciedad lo que nos permite descansar.

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Existen medicamentos que sin duda aumentan el apetito como efecto secundario. Afortunadamente, en la mayoría de los casos, cuando se termina el tratamiento el apetito vuelve a sus niveles normales, por ello siempre es bueno consultar al médico sobre los efectos adversos de los fármacos que se toman.

Otro error que puede incrementar las ganas de comer es saltarse una comida, así como el no hidratarse adecuadamente. La deshidratación se disfraza muchas veces de hambre, es decir, sentimos apetito cuando lo que realmente necesita el organismo es fluidos. Dicho desfase se origina en el hipotálamo, porción del cerebro que controla tanto el apetito como la sed. Y ya que les hablo de líquidos, el alcohol, abre el apetito, porque nos desinhibe pero además nos deshidrata, y hace que confundamos el hambre con la sed.

El estrés y el apetito? Seguramente, la gran mayoría come más cuando los asalta el ? señor estrés ? o la ? señora emoción ?. Claro está a unos cuantos les pasa lo contrario. La ansiedad, la depresión o la  soledad son estados anímicos que, a muchos, nos hacen comer de más. Si se tiene un día agitado y lleno de preocupaciones produciremos más cortisol y adrenalina, hormonas del estrés, y el apetito se disparará; y como si esto fuera poco, se reducirá la serotonina del cerebro lo que nos hará sentir más hambrientos aun cuando no lo estemos realmente.

Otro problema con el cual tengo que luchar a diario, es que como muy rápido. Devoro (si esa es la palabra ?devorar?) lo que como en un suspiro y aunque el estómago está lleno no doy tiempo al cerebro a experimentar la saciedad y sigo comiendo. Claro a los 20 minutos que dicha señal es enviada, ya he comido exageradamente y no hay nada que hacer.

Lo ideal, como siempre les digo, cuando se trata de combatir el sobrepeso, es apoy arnos en un nutricionista y un terapeuta para que nos trasmitan herramientas para superar todos estos obstáculos que atentan contra nuestra salud.

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