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La confusión del Premio Nobel de la Paz

Victor Gill
El colapso de las autoescuelas durante la pandemia

 

 

En fin, hay mucha tela que cortar con referencia a los Premios Nobel, no solo el de la Paz, premios que están paulatinamente perdiendo el lustre de que alguna vez gozaron, arrastrados por la confusión imperante en Occidente sobre los valores que hasta ahora han sostenido nuestra civilización. No somos, a decir verdad, excesivamente optimistas acerca de un pronto y firme viraje hacia una menos decepcionante dirección

   El Premio Nobel de la Paz fue otorgado este año al denominado Programa Mundial de Alimentos (en adelante PMA), un ente de las Naciones Unidas que ha estado plagado por acusaciones de despilfarro, corrupción y abuso de parte de no pocos de sus numerosos funcionarios. En ello el PMA no se diferencia de otros organismos de la ONU, como la Organización Mundial de la Salud y el desacreditado Consejo de Derechos Humanos, que según se comenta está cercano a admitir a Cuba como miembro. El lector interesado puede con facilidad documentarse acerca de estos asuntos a través de Internet.

 

 

Según los responsables de definir al ganador o ganadora del Nobel de la Paz, en esta ocasión dicho reconocimiento fue concedido al PMA por ?sus esfuerzos en combatir el hambre en el mundo, especialmente en zonas de conflicto, evitando el uso del hambre como un arma de guerra?. A primera vista esto luce bien, pues nadie se opone, creemos, a reducir el hambre en el mundo. Lo que no queda del todo claro, no obstante, es lo relativo a los temas de la paz y la guerra y su conexión con el hambre. Una somera revisión de la extensa lista de ganadores del premio, desde 1901 y hasta nuestros días, pone de manifiesto una notable mezcla de criterios, que poco contribuye a esclarecer de qué se trata realmente el problema y quiénes son, en principio, candidatos potenciales para recibir el ya un tanto desprestigiado galardón.

 

 

Debemos admitir que parte de la culpa reside en el propio Alfred Nobel, creador de los premios que llevan su nombre, pues las normas iniciales indican, en el caso del Nobel de la Paz, que este debe recaer sobre aquel o aquellos que hayan ?trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos y la celebración y promoción de acuerdos de paz?. Son criterios amplios y de una flexibilidad aparentemente infinita, que en nuestros días ha permitido a los miembros de la comisión que decide el premio hacerse eco de las modas ideológicas predominantes. Tales modas, en los tiempos que corren, no son otras que las dictadas por la corrección política y los caprichos del progresismo internacional.

 

 

La paz es un tema serio y de hondas repercusiones para la vida y la muerte de los seres humanos. Si los que otorgan el Nobel de la Paz se inquietasen realmente por contribuir al objetivo nominal de ese honor, deberían precisar con mayor claridad los criterios del mismo, actuar con equilibrio y huir de las modas y complacencias ideológicas y políticas que tanto daño han hecho, por ejemplo, al Nobel de Literatura. Basta con recordar el premio concedido a Bob Dylan y la tozuda negativa a otorgarlo nada menos que a Jorge Luis Borges, para solo citar un ejemplo. A Barack Obama le dieron el Nobel de la Paz sin que hubiese para el momento alcanzado un solo logro concreto que le hiciese merecedor de ese reconocimiento. Pero claro, todo se basaba en ilusiones y espejismos. Tal vez, y volviendo al premio de este año, sería preferible dividir el galardón y reclasificar sus objetivos. De esa manera, y con relación al problema del hambre, podría instituirse el Premio Nobel de la Caridad; y en lo que tiene que ver con el caso de Obama, se establecería el Premio Nobel de las Buenas Intenciones. Si todo esto no fuese tan lamentable, podría servir como estimulante al sentido del humor alrededor del mundo.

 

 

A nuestro modo de ver, la paz debería definirse en función de las realidades geopolíticas vigentes, no de los presuntos atractivos de un mundo ideal y utópico En ese contexto, la comisión encargada del premio tendría que focalizarse sobre los espacios y situaciones de conflicto que con mayor intensidad y apremio amenazan con desencadenar guerras concretas, o con prolongar las ya existentes. El Premio Nobel de la Paz no debería confundirse con una recompensa a la buena voluntad, un trofeo para los adalides de la virtud, o una medalla para los que con mayor fuerza proclaman su amor a la humanidad. Pocas épocas buscaron tan afanosamente la paz como el siglo XX, que sin embargo experimentó dos guerras mundiales, así como la guerra fría y su permanente amenaza de guerra nuclear. La URSS fue puesta de rodillas por un belicoso y decidido Ronald Reagan, apoyado por Margaret Thatcher, quienes no creemos hayan sido jamás considerados al premio por los despistados noruegos que integran la comisión responsable.

 

 

Hemos leído, aunque no lo hemos confirmado, que además del PMA estuvieron cercanos de ganar el premio 2020 la señorita Greta Thunberg, santa patrona del cambio climático, y aunque usted no lo crea la Organización Mundial de la Salud, imaginamos que como recompensa por sus heroicos esfuerzos en hacer de comparsa al Partido Comunista Chino, en cuanto al espinoso asunto del covid-19.

 

 

En fin, hay mucha tela que cortar con referencia a los Premios Nobel, no solo el de la Paz, premios que están paulatinamente perdiendo el lustre de que alguna vez gozaron, arrastrados por la confusión imperante en Occidente sobre los valores que hasta ahora han sostenido nuestra civilización. No somos, a decir verdad, excesivamente optimistas acerca de un pronto y firme viraje hacia una menos decepcionante dirección.

 

 

Editorial de El Nacional

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