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Opinión de Amárilis Pagán Jiménez: Ya ganamos y vamos por más

Ganamos gente que por primera vez vio las complejidades de ser parte de grupos que viven las desigualdades y que ya reconocen cómo ser mujer, ser LGBTTIQ+, ser negra o de edad avanzada, pertenecer a una comunidad pobre o vivir con diversidad funcional marca sus posibilidades de desarrollo humano

Ya ganamos. Llevamos semanas, meses, años y décadas ganando. Lo sabemos quienes tenemos la capacidad de observar, de leer las señales, de mirar la historia y cada uno de los hilos con los que hemos ido tejiendo un tapiz de justicia, equidad y libertad. Tejemos con nuestras palabras, nuestros sacrificios personales y también los colectivos. Tejemos cada vez que ponemos el corazón al frente y lo acompañamos con estrategia, inteligencia y lógica. Ganamos cuando nos sentamos frente a las otras y los otros, esos que aún navegan en la retórica terrorífica de las inquisiciones y somos capaces de mirarlos sin necesidad de reaccionar porque nuestra energía está depositada en una agenda transparente, luminosa y universal que nos supera a todas, todos y todes. Abrazamos la humanidad, y ganamos.

No tenemos que esperar a las elecciones para darnos cuenta de lo ganado. ¿Qué ganamos? Lean hasta el final. Ya verán.

Ganamos ser el eje de las discusiones públicas de camino a las elecciones. La equidad de género, los derechos LGBTTIQ+, el ambiente y la pobreza son solo algunos de los temas que tuvieron que ser tratados por candidatas y candidatos al hablar al país. Ya no es aceptable despachar a las mujeres y relegar sus asuntos a lo familiar. Somos más que madres o hijas. Somos humanas por cuenta propia. Ya no es aceptable meter en el clóset del prejuicio a las personas LGBTTIQ+. Somos más que nuestra orientación sexual o identidad de género. Somos humanas plenas y multifacéticas y estamos en todos los espacios del país.

Ganamos la presencia de mujeres feministas y de personas LGBTTIQ+ en candidaturas de cuatro partidos políticos. ¿Quién lo hubiera dicho? El discurso de equidad en medio de los debates, en las campañas, en los programas de gobierno. Ya estamos cada vez más cerca de una representación justa en los espacios de poder donde deciden sobre nuestras vidas. Y los vamos a ocupar. Oh, sí. Eso ya no se puede parar.

Ganamos gente que por primera vez vio las complejidades de ser parte de grupos que viven las desigualdades y que ya reconocen cómo ser mujer, ser LGBTTIQ+, ser negra o de edad avanzada, pertenecer a una comunidad pobre o vivir con diversidad funcional marca sus posibilidades de desarrollo humano.

Ganamos espacios para seguir organizando las luchas sociales del país. Desde causas diversas, pero conectadas con amor y con solidaridad.

Me pregunto cómo se verá este periodo histórico en los libros del futuro. Huracanes, terremotos, COVID 19, hambre, corrupción y resistencia y acción frente a todo. A la vez, me doy cuenta de que la paciencia y la consistencia han sido la clave para sobrevivir el acecho constante de las fuerzas que tratan de mantenernos aisladas y aislados del prójimo. Celebro las fronteras que hemos derrumbado y las que aún derrumbaremos en los años por venir.

Y ahora podemos tener más.

Se ha hablado muchísimo del bipartidismo y de la necesidad de vencerlo. Pero, ¿es el bipartidismo el problema? Me da pena decirlo, porque a mucha gente esa consigna le dio mucha ilusión, pero no, no lo es. Es el estatus colonial, es la Junta de Control Fiscal, es la desigualdad de clases, de género, de raza y de condiciones. Y antes también el problema era nuestra mente colectiva apegada a ideas que no nos dejaban vernos como somos: Un país que vive en pobreza y desigualdad pero que nunca se rindió y que está habitado por guerreras y guerreros que lo han sostenido desde la montaña más remota del centro de la Isla hasta la playa más hermosa de Vieques o las planicies combativas de Peñuelas.

Si miramos las luchas de la última década hay varios aprendizajes que debemos tener presentes para seguir ganando.

Lo primero que hay que entender es que la Legislatura es más importante que la Gobernación. Que es en la Legislatura donde tenemos que cambiar el balance de fuerzas y cerrarle el paso a gente que usan el anonimato que le dan los votos íntegros por partido para sentarse allí, sin nombre ni cara reconocida, a decidir sobre nuestro futuro. Una Legislatura con una mayoría decente y comprometida con nuestros derechos humanos no hubiera permitido el endeudamiento del país, ni el Código Civil, ni los cierres de escuelas, ni el IVU ni el traqueteo con los planes de retiro. Tampoco sería el nido de religiosos conservadores que susurran miedo al oído de los legisladores y se sientan en sus oficinas a conspirar para atentar contra nuestra dignidad, la de verdad, no la que ahora nos venden para encubrir discrimen y corrupción.

Lo segundo es que esa Legislatura toma decisiones de presupuesto que impactan las decisiones de la persona que Gobierna y con esos los servicios al país.

Lo tercero es que la integridad puede cruzar líneas de partido para beneficio del país, pero para que eso pase hay que votar por las mejores personas de manera intencional e informada. También tenemos que comprometernos todas y todos con vigilar y dar seguimiento a lo que allí se hace.

Lo cuarto que debemos tener presente es que a la hora de elegir a qué seremos fieles, debemos dar prioridad a la justicia y a los derechos humanos. No a partidos. No a líderes que amenazan o persiguen y jamás a gente que trata de comprar nuestros votos prometiendo cosas que saben que son mentiras.

¿Les había dicho que ya ganamos? Estamos despiertas. Sin miedo. Y si adecentamos la Legislatura, la ganancia será mayor. No le regalemos nuestras ganancias a quienes creen que somos las mismas personas de cuatro años atrás.

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