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Página quince: Disuadir vigorosamente la mala conducta

Pero los hechos de los últimos meses exigen sin duda una respuesta coordinada del resto del mundo, y sobre todo de las democracias liberales

LONDRES– Hay que saber algo de historia para extraer de ella las enseñanzas correctas. Ocurre muy a menudo que presuntos paralelos y semejanzas resulten exagerados a la luz de un examen minucioso.

Así que cuando hace poco se sugirió que la conducta reciente de China (hostigamiento, mentiras y violación de tratados) era similar a la de Alemania antes de la Primera Guerra Mundial, tuve mis dudas.

Así como debemos estar dispuestos a ofrecer a China incentivos para la buena conducta, también debemos estar preparados para disuadir vigorosamente la mala conducta. En 1911, por ejemplo, Guillermo II de Alemania provocó una crisis internacional al enviar un buque cañonero a Agadir, Marruecos, en un intento de extraerle concesiones a Francia y enemistarla con el Reino Unido.

Pero en vez de eso, el incidente convenció a ambos países de las intenciones agresivas de Alemania, conclusión que tres años más tarde resultó corroborada por el estallido de la guerra.

Tal vez sea demasiado pesimista extraer hoy conclusiones similares con respecto a la conducta del Partido Comunista de China (PCCh).

Pero los hechos de los últimos meses exigen sin duda una respuesta coordinada del resto del mundo, y sobre todo de las democracias liberales.

Para desalentar la conducta agresiva del presidente chino, Xi Jinping, tenemos que unirnos y permanecer unidos.

El presidente chino, Xi Jinping, asiste a la sesión de apertura de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPC) en el Gran Salón del Pueblo en Beijing, jueves 21 de mayo de 2020. (Foto AP / Andy Wong, Pool). La lista de transgresiones de China es larga. Mientras el resto del mundo está distraído con una pandemia, cuya propagación se debió en parte al secretismo y a las mentiras del PCCh, China intensifica sus amenazas militares contra Taiwán y repudia promesas consagradas en tratados de respetar las libertades tradicionales de Hong Kong conforme con el Estado de derecho.

Además de eso, el régimen de Xi hostiga buques extranjeros en el mar de China meridional, que China reclama como propio a pesar de fallos en su contra de un tribunal internacional en La Haya.

Hace pocos días, fuerzas chinas emboscaron y mataron a soldados indios en la disputada frontera entre ambos países en los Himalayas.

Mientras tanto, China ha mantenido su política de extorsión económica, que incluye amenazas mafiosas a empresas internacionales para que acepten la descripción china de hechos actuales y pasados, como condición para hacer negocios.

A aquellos países que tienen la osadía de plantarse ante el gobierno de China (por ejemplo, promover una investigación independiente sobre los orígenes de la covid‑19) les impone sanciones económicas y comerciales.

¿Qué debería hacer el resto del mundo? En primer lugar, tenemos que rechazar la idea de que intentar disuadir o prevenir esta clase de conducta es una forma de chinofobia. No es la hostilidad hacia China lo que debe motivarnos, sino más bien el deseo de oponer resistencia en forma mesurada y coherente a las agresiones de Xi y del PCCh.

En segundo lugar, tenemos que ser más perspicaces en relación con lo que está sucediendo y lo que hay que hacer.

Hace poco, le oí decir a una de las principales figuras que hacen la defensa de China en el Reino Unido y ensalzan una anterior “edad dorada” en las relaciones chino-británicas que sería un error para el Reino Unido “buscar pelea” con China justo cuando hay que organizar la recuperación pospandemia.

Pero es el PCCh el que se está buscando pelea con nosotros, y especialmente con quienes creemos en el valor de la “democracia liberal” que Xi denunció en sus instrucciones al Partido y a los funcionarios del gobierno en el 2013.

Por supuesto, tenemos que tratar de colaborar con China en áreas donde la cooperación internacional es vital, por ejemplo, la respuesta al cambio climático y a la resistencia a los antibióticos.

Pero al hacerlo no debemos olvidar que China suele incumplir o distorsionar los acuerdos que firma, en comercio internacional, las inversiones, la propiedad intelectual y las regulaciones sanitarias internacionales que se negociaron después del brote de SARS en el 2002.

¿Qué más debería hacer un país como el Reino Unido? Para empezar, como ha sostenido la comisión de asuntos externos del Parlamento, tiene que existir un órgano centralizado dependiente del primer ministro que provea una orientación informada a la política en relación con China.

Como parte de esta iniciativa, necesitamos una investigación sobre quién saca más provecho de la inversión china en el Reino Unido y del comercio bilateral, en el que China mantiene un enorme superávit.

Hay que prevenir la compra predatoria de empresas tecnológicas británicas y de otros países occidentales por parte de empresas chinas, y procurar la máxima independencia posible de China en lo que a nuevas tecnologías digitales se refiere.

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También tenemos que reexaminar nuestro modelo de financiación de la educación superior, que se ha vuelto demasiado dependiente de la matrícula de estudiantes chinos y tratar de atraer más alumnos de otros países en Asia y África.

Así, provistos de respuestas contundentes a los “idiotas útiles” del PCCh que definen los intereses nacionales del Reino Unido según los términos de China, tenemos que tratar de coordinar nuestra estrategia contra Xi con otras democracias liberales, incluidas la India, Japón, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, nuestros aliados de la Unión Europea y Estados Unidos.

La creación de una amplia coalición de esta clase será más fácil cuando en Estados Unidos vuelva a haber un presidente que crea en las alianzas. Y, en su debido momento, ojalá Estados Unidos regrese al acuerdo transpacífico sobre comercio y lo amplíe para incluir a países como el Reino Unido.

El objetivo no es iniciar otra guerra fría, sino practicar con China lo que el difunto Gerald Segal denominó constrainment (cooperación y contención colectiva).

Las democracias liberales deben defender la creencia en un orden global basado en acuerdos internacionales creíbles y en el Estado de derecho.

Así como debemos estar dispuestos a ofrecer a China incentivos para la buena conducta, también debemos estar preparados para disuadir vigorosamente la mala conducta.

Sobre todo, no hay que darle a China ocasión de dividir y reinar. Las democracias del mundo deben unirse y dar al régimen de Xi una clara demostración de los valores que defendemos.

Chris Patten: último gobernador británico de Hong Kong y excomisario de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, es el rector de la Universidad de Oxford.

© Project Syndicate 1995–2020

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