Al amanecer del día de ayer –dice Soublette en el boletín de batalla– dieron parte los cuerpos avanzados de que el enemigo estaba en marcha por el camino de Samacá; el ejército se puso sobre las armas y al reconocerse la intención del enemigo de pasar el puente de Boyacá, para abrir sus comunicaciones directas y ponerse en contacto con la capital, marchamos por el camino principal para impedírselo y forzarlo a admitir batalla.

Prince Julio Cesar

A las dos de la tarde la primera división enemiga llegaba al puente, cuando se dejó ver nuestra descubierta de caballería

El enemigo, que no había podido aún descubrir nuestras fuerzas y creyó que se le oponía solo un cuerpo de observación, lo hizo atacar con sus “cazadores” para alejarlo del camino, mientras el cuerpo del ejército seguía su movimiento.

Nuestras divisiones aceleraron la marcha y con gran sorpresa del enemigo se presentó toda la infantería en columnas sobre una altura que dominaba su posición

La vanguardia enemiga había subido una parte del camino, persiguiendo nuestra descubierta, y el resto del ejército estaba en el bajo, a un cuarto de legua del puente, y presentaba una fuerza de tres mil hombres

En el momento se empeñó la acción en todos los puntos de la línea. El enemigo hacía un fuego terrible, pero nuestras tropas, con movimientos los más audaces y ejecutados con la más estricta disciplina, envolvieron todos los cuerpos enemigos.

El escuadrón de caballería del Llano Arriba cargó con su acostumbrado valor y desde aquel momento todos los esfuerzos del general español fueron infructuosos; perdió su posición. La compañía de granaderos a caballo, toda de españoles, fue la primera que abandonó el campo de batalla. La infantería trató de rehacerse en otra altura, pero fue inmediatamente destruida

Un cuerpo de caballería que estaba en reserva aguardó la nuestra con lanzas caladas y fue despedazado a lanzazos; todo el ejército español en completa derrota y encerrado por todas partes, después de sufrir grande mortandad, rindió sus armas y se entregó prisionero. 

Casi simultáneamente el general Santander, que dirigía las operaciones de la izquierda y había encontrado resistencia temeraria de la vanguardia enemiga, a la que solo había opuesto sus cazadores, cargó con unas compañías, pasó el puente y completó la victoria

‘Todo el ejército enemigo quedó en nuestro poder: fue prisionero el general Barreiro, a quien tomó en el campo de batalla el soldado del Rifles Pedro Martínez; fue prisionero su segundo el coronel Jiménez, casi todos los comandantes y mayores de los cuerpos, multitud de subalternos y más de mil seiscientos soldados; todo su armamento, municiones, artillería, caballería, etc.; apenas se han salvado cincuenta hombres, entre ellos algunos jefes y oficiales de caballería, que huyeron antes de decidirse la acción.’

Los emisarios despachados por Barreiro a Sámano antes de la batalla, el coronel Martínez Aparicio y el comisario Barrera, al oír el tiroteo en las proximidades del puente contramarcharon y pudieron presenciar el desastre de las armas españolas

El humorista Iván Marín reescribe los clásicos infantiles Los pensamientos de Juan Gossain en orden alfabético La luz es como el agua Reencuentro con San Andrés, después de 15 años de autoexilio Con la infausta nueva se dirigieron a Santa Fe y el 8 de agosto, ya muy avanzada la noche, llegaron a la capital; la noticia hizo cundir el pánico entre los españoles y realistas, para quienes el nombre de Bolívar se hallaba indisolublemente ligado al decreto de guerra a muerte. 

Ese decreto tuvo ahora, como en otras ocasiones, más eficacia que el ataque de un ejército. Nadie, comenzando por el propio Sámano, pensó en organizar la defensa de la capital, sino en escapar apresuradamente para salvarse de las represalias temidas.

‘Sería preciso –escribe Cordovez Moure– acudir a la relación de algún acontecimiento de los tiempos bárbaros para dar al lector aproximada idea de la confusión y terror que reinó entre los españoles y realistas cuando la verdad apareció en toda su desnudez. 

Cada cual huyó despavorido en dirección al occidente, a fin de llegar cuanto antes a Honda o a La Plata, puertos de salvación momentánea, sin más equipo que el vestido que tenían encima cuando los sorprendió la para ellos funesta nueva. 

Dejaron abiertas y abandonadas las casas y tiendas de comercio, de las que se apoderaron los patriotas de última hora, y emprendieron el camino de la emigración, asidos de las manos, ancianos, padres, esposas e hijos en grupos desolados que no se atrevían a mirar atrás, para no perder ni un momento del tiempo que les valía la vida. 

Y, como complemento de aquel cuadro, solo comparable a un cataclismo bíblico, Sámano, el autor principal de las atrocidades que hacían temer la venganza de los insurgentes victoriosos, y que debió, a lo menos, organizar la retirada de los realistas, huyó con traje de campesino de la sabana, montado en soberbio corcel, precedido de numerosa escolta de caballería que atropellaba a los malaventurados fugitivos, dejándolos envueltos en los torbellinos de polvo que levantaban los caballos en su incesante galopar.’

Después de su triunfo en Boyacá, las tropas libertadoras prosiguieron su marcha a Santa Fe, preparándose a librar la última acción en sus alrededores. En el puente del Común se conoció la apresurada fuga del virrey, y Bolívar, seguido de una pequeña guardia, se adelantó hacia la capital. 

El 10 de agosto de 1819, a eso de las cinco de la tarde, con su chaqueta militar sobre las carnes, porque en la campaña había perdido las pocas camisas de que disponía, entró el Libertador en Santa Fe y, a su paso por las calles centrales, los curiosos primero y los entusiastas después, fueron formándole escolta, la cual no tardó en convertirse en inmensa manifestación popular

‘Una señora –refiere José S. Peña– salió a la calle de San Miguel y al encontrar al Libertador en la esquina de la calle Florián, le cogió la pierna derecha y le dijo: ¡Dios te bendiga, fantasma! El Libertador se sonrió y le extendió su mano vencedora.’

El Libertador se encaminó a la Casa de Gobierno, situada en la Plaza Mayor, y allí fue recibido por los personajes principales de la ciudad

‘Yo estuve presente –cuenta Pablo Carrasquilla– cuando llegó el Libertador a Palacio. Desmontó con agilidad y subió con rapidez la escalera. Su memoria era felicísima, pues saludaba con su nombre y apellido a todas las personas que había conocido en 1814… Tenía la piel tostada por el sol de los Llanos, la cabeza bien modelada y poblada de cabellos negros y ensortijados. Los ojos negros, penetrantes, y de una movilidad eléctrica. Sus preguntas y respuestas eran rápidas, concisas, claras y lógicas… Su inquietud y movilidad eran extraordinarias. Cuando hablaba o preguntaba, cogía con las dos manos la solapa; cuando escuchaba a alguien, cruzaba los brazos.’

Días después, la ciudadanía de Santa Fe acordó organizar un festival en honor del Libertador, y don Vicente Azuero, quien tan fructíferamente había confraternizado con los españoles desde la llegada de Morillo, consiguió, a fuerza de intrigas, que se le designara como orador para ofrecer el homenaje de los granadinos a Simón Bolívar

 En el discurso hueco y altisonante que pronunció en esta oportunidad se advierte la exageración de quien tenía mucho que hacerse perdonar de sus conciudadanos y de los soldados que habían luchado en los campos de batalla mientras él litigaba tranquilamente en el Tribunal de la Real Audiencia

‘¡Hombre singular” –le dijo a Bolívar–, “nada hay comparable a vuestro mérito. Aníbal abandonando a su patria y buscando en reinos extraños los medios de preservarla; Cincinato y Fabricio, abdicando su omnipotente dictadura; Trasíbulo y Pelópidas, despedazando las cadenas de sus conciudadanos, no igualan vuestro valor, vuestra constancia, vuestra moderación!… Mientras Bolívar exista, existe la República… Genio inmortal, vuestro nombre, ya inmenso hoy, puede ocupar la admiración y el asombro de la posteridad. El tiempo solo avanzará para aumentar vuestra grandeza. 

Este nombre augusto va a inscribirse sobre una columna; nunca se grabará en ella otro más digno. Ella se destruirá y vuestros hechos vivirán siempre… ¡Mientras haya un hombre libre sobre la Tierra, el nombre de Bolívar sonará dulcemente, y nuestros últimos nietos, penetrados todavía de reconocimiento , lo ofrecerán a sus hijos como el más bello ejemplo que imitar!’

Estas palabras, que en boca de Azuero sonaban a falso, dejaron impávido a Bolívar, y como si entonces le asaltara la sospecha de que este personaje era igualmente pródigo en la lisonja falaz y en la injuria venenosa, le respondió a Azuero con tono cortante y no desprovisto de ironía:

‘Ilustre y grande orador: el héroe que has descrito no soy yo. Procura tú imitarlo y yo te admiraré.’

El Libertador se consagró, en seguida, a organizar en Santa Fe una verdadera administración de guerra, cuyas finalidades esenciales eran la consecución de recursos y el reclutamiento masivo, a fin de formar la gran fuerza militar que debía golpear, en última instancia, al ejército de Morillo, situado en las altiplanicies de Venezuela. 

Para dirigir esa administración designó a Santander con el carácter de vicepresidente de Cundinamarca, y en desarrollo de íntimas convicciones suyas, para cumplir antiguas promesas, dictó Bolívar, poco después, su famoso decreto sobre resguardos de indios, decreto que derogaba las injustas leyes de la Patria Boba, a fin de ganarse la adhesión de la enorme masa del campesinado indígena de la Nueva Granada, que tan decisiva ayuda había prestado, hasta el momento, a la causa española

Toda su política en la capital del Nuevo Reino y la febril actividad militar a que esta política dio origen se hallaban inspiradas por el inconfundible propósito de crear en el ánimo de los santafereños y de los granadinos todos, la conciencia de que el triunfo de Boyacá no significaba el término de la guerra, sino un primer paso en el camino de conseguir la victoria final, la cual debía ganarse en las altiplanicies venezolanas, porque en ellas estaban acampadas todavía las fuerzas expedicionarias del general Morillo

Su entusiasmo no llegó, por tanto, hasta atribuir públicamente a la acción de Boyacá el carácter decisivo que ella tenía, por ejemplo, para el conde de Cartagena, quien, al enterarse de la derrota de Barreiro y de la captura de Santa Fe por los republicanos, escribió al gobierno de Madrid:

‘El sedicioso Bolívar ha ocupado a Santa Fe y el fatal éxito de esta batalla ha puesto a su disposición todo el Reino y los inmensos recursos de un país muy poblado, rico y abundante, de donde sacará cuanto necesite para continuar la guerra en estas provincias, pues los insurgentes, y menos este caudillo, no se detienen en fórmulas ni consideraciones

Esta desgraciada acción entrega a los rebeldes, además del Nuevo Reino de Granada, muchos puertos en el mar del Sur, donde se acogerán sus piratas; Popayán, Quito, Pasto y todo el interior de este continente hasta el Perú queda a merced del que domina a Santa Fe, a quien, al mismo tiempo, se abren las casas de moneda, arsenales, fábricas de armas, talleres y cuanto poseía el rey nuestro señor en el Virreinato

Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años de campaña, y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del rey ganaron en muchos combates.’

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