Sensualidad & Pareja

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La oscuridad y el abrazo de mi vieja | Por: Iván Zambrano

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Foto: Cortesía La oscuridad levantó la costra. La ansiedad le tumbó los puntos a la herida. El miedo volvió cortarnos del mismo lado. El dejavú de hace semanas titiló y se instaló. Todo se vino a negro. La noche se volvió a derrumbar sobre Caracas. En la calle las sombras se comieron a quienes seguían su odisea hasta casa, sin metro ni camionetica. Un apagón se tragó a quienes incumplieron el toque de queda de la Luna. Un nuevo apagón dejó a Venezuela fuera del mapa. País intermitente. Se fue la luz. No se veía nada. Una señora en plena Avenida Francisco de Miranda gritó: “Madurooooooo”…y ya saben el resto. Otro apagón no, por favor. El miedo desató los tics nerviosos. Se te seca la boca. Se te tranca el pecho. Surpiras de cansancio aunque hayas dormido 12 horas. La pila no agarra carga, ni la del celular ni la tuya. Me acosté. Sentí tanta fatiga por tantas cosas al mismo tiempo, que se me tensaron los músculos, como si me pesara hasta el viento que entraba por la ventana, el que congelaba la sábana que me tuvo secuestrado algunas horas. Me acosté a las 9 de la noche para olvidarme de todo. El dolor paraliza. Amaneció y la oscuridad seguía. Es una pesadilla que se vende al mayor. La dictadura se excusa en sus enemigos imaginarios. No hay nada más frustrante que tener las ganas (y la necesidad) de trabajar para sobrevivir en un país que no te da garantías de nada, más allá de lo que tú mismo puedas producir. Hasta el derecho a crear quieren robarnos. El chavismo es una maldición dura. Hace falta un buen palo de agua bendita. Venezolano que no produce, no come. Conozco quienes tienen hasta 4 trabajos (de entre 10 y 30 dólares mensuales) a cambio de las ojeras y mantener el peso del cuerpo. Y estos son parte de los “afortunados”. No sé con qué ánimo cobras en bolívares. Es mejor negocio que te paguen con comida o ron. ¿Con qué luz, con qué internet y con qué cabeza se sienta uno a trabajar? Es una asfixia que solo se traduce en impotencia y caspa. Basta. A Venezuela la recuperaremos rápido, pero cuando nos den chance de trabajar. Pasamos de ser un “país en vías de desarrollo” a un “país en prórroga”. El tercer mundo es un paraíso al lado de esto. A estas alturas, lo único que le pediría al chavismo es el número de la bruja que le hace los amarres. Esta es la más literal de las luchas entre el bien y el mal. Ya no se trata de política, sino de humanidad. Como si no fuera suficiente la incertidumbre, WhatsApp dice: “Puede que tengas mensajes nuevos”. Todo es un acto de fe. Unos se refugian en la religión, otros en la astrología. Cuando no estamos en Mercurio Retrógrado, estamos en Venezuela. Así que es básicamente lo mismo. Esto es una lucha que desgasta cuerpo y espíritu. Ha sido una larga caminata por un desierto en el que hay que tener cuidado con los espejismos inducidos, con las alucinaciones que responden a la rabia y la impotencia. Foco. Los enemigos son los mismos de siempre. El odio es una fuerza que se puede limpiar. Sublimar, le dicen. Escribir ha sido mi oasis, el charquito de agua que me mantiene humano. La música también mantiene al corazón bombeando sangre, al ritmo que quieras. La música derroca al himno del silencio que nos han querido imponer. Yo soy feliz así sea escuchando Olga Tañon en YouTube con los megas y 5% de pila. La Mujer de Fuego es mi religión. En ella todo lo puedo. Gracias por tanto, Olga. Pero hay días en los que el cuerpo no reacciona. Sin agua, sin luz, sin internet, sin respuestas a mis dudas, las de todos. El chavismo nos han robado dinero, afectos y tiempo. Esto no es vida. Esta juventud no es juventud. Por momentos quisiera entrar a Mercado Libre y anunciar: “Se alquila vida casi nueva. 29 años. Un solo dueño. Poco uso por exceso de comunismo”. No puedo reiniciarla y devolverla. A eso de las tres de la tarde me derrumbé en la cama. Me rendí. No pude más. Sentí que el cuerpo se me apagó como mecanismo de defensa para no sentir ni alegrías intermitentes ni decepciones frecuentes. Algo hizo implosión por primera vez dentro de mí. Las lágrimas ya se sabían los atajos hasta mi quijada. Lo único bueno del llanto es esa sensación de paz instantánea que te atrapa, aunque creo que en realidad es cansacio. Me quedé dormido de tanto llorar por impotencia. 25 minutos después Me despertó el abrazo de mi mamá. Entró al cuarto para ofrecerme un guayoyo. El olor a café me hizo cosquillas en la nariz, pero no tenía fuerza para levantar los párpados. Ella, que sabe descifrar mis silencios desde que me parió, se acostó a mi lado y me rodeó con sus brazos. Viajé hasta la época en la que ese abrazo me curaba de un mal día en el colegio. Recordé ese calor que me cobijó cuando era un niño y mi mundo era ella, la inmortal. Me sentí seguro en el abrazo de mi madre, esa fuente inagotable de calor, vida y nostalgia. Descubrí que poco me importa dónde queda Venezuela a estas alturas. Poco me importa si son 8 o 7 estrellas, o los colores del Turpial, la orquídea o el Araguaney. La mamá de uno es la verdadera patria, el lugar del que de verdad venimos, al que soñamos volver. Su abrazo sigue siendo el mejor refugio de todos. Por: @IvanZambrano + Información

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