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Vivir cuesta arriba 3

Su madre, María González, nació en una de las comunas de Medellín y parió con todos los dolores bíblicos a diez críos que la obligaron a luchar hombro a hombro con su marido para hacer de ellos gente de bien, con todas las letras. Era inevitable que cada año apareciera en el hogar, como por arte de birlibirloque, un nuevo hermanito. Sola, María llegaba a la casa en taxi procedente del hospital,   mientras su padre seguía en las labores de la panadería y la carpintería. Pronto retomaba el mando de la casa; el único cambio, además de los chillidos reeditados, era la dieta de caldos de gallina a que se sometía durante 40 días con sus largas noches, aislada en una pieza para evitarle la exposición a posibles vientos malignos…

 

María era una mujer noble, abnegada y guerrera, sobreviviente de mil batallas libradas por su familia. De joven, acaparaba todas las miradas, seducidas por su perturbadora belleza. Soportó una niñez difícil; su madre trabajaba en la venta de productos de panadería, calle por calle, así que la niña María quedaba en casa con apenas la compañía de su primo Hernando, un año menor que ella y en quien siempre vio a un hermano, y del tío Carlos, dos años mayor.

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Su condición de hija de padre desconocido generaba, en aquellos años, una discriminación tenaz, a la que se agregaba que también la madre de María fue resultado de una relación extramatrimonial: doble pecado según la Iglesia, encargada de hacer más pesada esta carga moral. De allí se desprendía el sambenito de «hijos ilegítimos» que en aquellos tiempos pesaba como loza sepulcral en todos los ámbitos: escolar, familiar, del barrio y en el entorno social en general. Aún así, esta mujer que en su juventud parecía una gitana bailadora de flamenco, no se dejaba amilanar y el amor por su madre y sus dos «hermanos» (el primo y el tío) era muy superior a los agravios de la  godarria  altanera de la época.

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María era una mujer noble, abnegada y guerrera, sobreviviente de mil batallas libradas por su familia

 

En sus quince conoció a Joaquín, cuando ambos participaban en una pequeña representación teatral: pronto nació y creció el bichito del amor y a poco andar hubo matrimonio. Ella sabía de entrada que en adelante no habría nada de nuevo para el disfrute, pero al fin y al cabo esa era la impronta de su vida. Él era un hombre de contextura delgada, parco en palabras, de rostro adusto solo alterado por un pequeño bigote y por todas las huellas de una vida difícil y tallada a mano. Trabajaba en lo que resultara y viajaba de un lugar a otro en busca de la supervivencia cotidiana. Ya la experiencia le había enseñado demasiadas cosas a la pareja, así que estaba suficientemente madura como para emprender este nuevo reto.

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La primera hija llegó con los 17 años de edad de María. Luego, año tras año se quedaba embarazada porque todavía no eran fecundos los tiempos de la planificación familiar, en ese momento inaceptable por parte de los voceros del oscurantismo que regía los destinos de la familia, la Iglesia y la escuela

 

Manuel decide abandonar esta primera estación de su visita al barrio, pues el bochorno que también trepa por estas lomas le hace añorar una cerveza; además, lo empiezan a marear unas tufaradas de marihuana procedentes del pequeño parque. Mientras baja hacia el sector de  El Chulo  recuerda que una de las enseñanzas que parecía respirarse como parte consubstancial al aire, en esos andurriales, era que se dignificaba el papel de la mujer en tanto cumpliera cabalmente la tarea de facilitar su preñez y traer al mundo el mayor número posible de hijos. Esa era una de las  funciones  con que Dios la había bendecido, según rezaba la Santa Madre Iglesia. Por añadidura, la sociedad también le endilgó cualquier cantidad de responsabilidades.  

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