Son las 7 de la mañana de un día cualquiera del pasado mes de junio en las afueras de la ciudad argentina de Castelli . Hace frío, porque es invierno allí, y en el interior del país la temperatura es gélida, pero Luis Scola (Buenos Aires, 1980) sale a correr como cada mañana. Inicio de un entrenamiento metódico y diario. Apenas sin descansos. «Como si fuera Rocky Balboa », reconocía su padre estos días en China.

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Allí, su hijo «Luifa» está siendo una de las sensaciones del Mundial. Líder de la Argentina que hoy buscará coronarse ante España en la final . Sabía Scola que para llegar hasta ahí no le valdría con la experiencia ni con su calidad innata. Debía dar un paso más y por eso diseñó un ambicioso plan. El jugador argentino tiene una cancha en su casa de Castelli y allí se aisló durante cuatro meses para preparar el campeonato. Tras unas breves vacaciones para desconectar de la temporada, el pívot se recluyó junto a tres personas de su total confianza. Trabajo sin descanso. Sin distracciones. Con visitas esporádicos de su mujer y sus cuatro hijos. Sacrificio brutal para un jugador que lo ha ganado todo.

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Marcelo López , su preparador físico, ha sido el encargado de cincelar su cuerpo, que luce más definido ahora, con 39 años, que cuando jugaba en el Baskonia a finales de los 90; Mariano Sánchez ha sido el responsable de su mejora técnica; y Agustín Caffaro , compañero de vestuario en este Mundial, le ayudó como «sparring».

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