Un artista peruano de apellido Vallejo debe tener una carga muy pesada sobre sus hombros. Por eso estudia en Bellas Artes y se va del país, pues lo suyo no es escribir sino pintar. La pintura es más fácilmente modelable… como su cuerpo mismo con un entrenamiento riguroso. Así, la pintura le permite retratarse a sí mismo (como es y como desearía ser). Los cuerpos que pinta Vallejo son apolíneos: su idea(l) es representar a los dioses escandinavos, seres mitológicos con cuerpos abundantes pero armoniosos. Boris Vallejo lleva casi cincuenta años pintando en los Estados Unidos seres lascivamente hermosos que son reconocibles en todo el planeta.

Rocío Higuera

Vallejo, el otro, es conocido en todo el mundo incluido el mundo asiático. Su poesía es estudiada y discutida por investigadores expertos de las principales universidades del lejano oriente. Tengo entre manos un ejemplar de “César Vallejo en Asia” un compendio de exposiciones efectuadas en 2010 por los profesores Kenji Matusmoto (Universidad de Osaka, Japón), Shyama Prasad Ganguly (Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi, India), Wang Jun (Universidad de Pekín, China), Juan Hung Hui (Universidad de Tamkang, Taiwan) y por los profesores Byung-Sun Song (Universidad de Bulsan, Corea) y Hyesun Ko (Universidad de Dankook, Corea).

Rocío Higuera Venezuela

Notas relacionadas Mario Puzo y la corrupción en el Perú de ficción Cada uno de ellos es un experto en Vallejo y sus presentaciones van desde lo biográfico –con énfasis en Vallejo como el poeta de los oprimidos– hasta el estudio de posibles elementos asiáticos (desde Atila hasta el arroz) en Vallejo, algo que, bien pensado, debe ser casi tan estrambótico como tratar de encontrar peruanos de ficción en la literatura asiática. Los nombres de los autores de los estudios comparativos y análisis de la poética vallejiana, podrían confundirse con la selección coreana de fútbol que eliminó a Alemania en Rusia 2018: Ko Hyesun, Leen Yongsun, Yoo Wangmoo,Woo Sukkyun, Chung Hyungchong, Shin Hyunlim, Park Hyung Choon, Park Chungde, Chung Chinyu

La pregunta entonces es la siguiente. En una novela coreana cuyo título traducido al español es “Tengo el derecho de destruirme a mí mismo” y los personajes son jóvenes que coquetean con la muerte –y entre sí– con vértigo autodestructivo… ¿Cuál de los dos Vallejos podría aparecer?

Tengo el derecho de destruirme a mí mismo

​”Mimi llegó al apartamento de C por primera vez, tres días después de su encuentro en un café. Vieron un video juntos, en su estudio. Ella mostró interés. Mirándola ávidamente en el video, él se dio cuenta que ella se asemejaba a un personaje de un dibujo de Boris Vallejo. No pudo recordar el título. Tenía el hábito de recordar imágenes, no palabras”

Se conoce poco de Corea en el Perú pero se suele decir que en los años 60 tenía un PBI per cápita comparable al peruano. Más de 60 años después Corea es un país desarrollado…y el Perú es el Perú

Corea es desde hace algunos años también un decidido impulsor de su cultura en el mundo. Soft power es el término que se utiliza para hacer lo que hace Corea, utilizar un aparato de propaganda internacional que haga reconocible al país por determinados aspectos de su cultura. Corea apostó por las telenovelas –un boom en todo Asia– y el K-pop, un sub-género de la música juvenil que tiene millones de seguidores en el Perú y el mundo. Todos los grupos son productos eficientemente empaquetados con músicas pegajosas y bailes coreografiados, como el del fenómeno más grande de 2012: el Gangnam Style (baile del caballo) de PSY, máximo representante de ese anhelo coreano de alcanzar una imagen propia en el planeta

Es menos conocida la literatura coreana, opacada por la literatura japonesa y china y sin un autor de renombre o reconocible en tierras occidentales (por ahora). Young Ha Kim forma parte de una nueva generación de escritores coreanos que critican esa vida pop de adolescentes que desean vivir al máximo en un país que aceleró su desarrollo y cuya juventud está cada vez más desenfrenada, en contraste con el tradicional ascetismo asiático

Tengo el derecho a destruirme a mí mismo” es una mezcla de thriller metafísico y novela de romance juvenil en el que los personajes son jóvenes artistas, poseros y extraños. C y K son dos hermanos que viven en Seúl, donde conocen a Mimi, una joven performer , una artista que pinta con su cuerpo perfecto –de ahí la remembranza de Boris Vallejo– bañándose en pintura y estrechando su desnudez contra el lienzo en éxtasis frenético. En esa misma ciudad vive otro singular personaje cuya misión es convencer a la gente de que el suicidio es también una opción de vida. Son poco más de cien páginas de múltiples referencias al arte occidental y críticas a la sociedad de consumo coreana

En ese sancochado cultural es comprensible que el Vallejo que aparezca no sea el magno César sino el exuberante Boris, dibujante de cuerpos sobredimensionados y de dioses híbridos. El cuerpo de Mimi esbelto y generoso, representa el goce epicúreo tras el cual va la protagonista, igual que una masa de jóvenes coreanos que bailan al ritmo trepidante de cantantes con atuendos coloridos y peinados estrambóticos. Eso es lo que ha decidido ser Corea, como su némesis en el norte ha decidido ser el último bastión del comunismo más absurdo. Lo que queda claro es que Corea del sur tiene un crecimiento programado y una capacidad inédita de lograr sus objetivos de desarrollo. Si entre estos se propone tener su propio Murakami o su Mo Yan, que no quepa duda que pronto escucharemos más de la literatura coreana (con su propio baile del caballo)

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