La Nacion / Vaya paradoja: descansar a veces cansa. Así parece demostrarlo el esforzado fervor vacacional de los habitantes de las grandes urbes, que se arrojan a las repletas rutas con la idea de descansar en lugares que prometen, durante la ansiada quincena estival, todo aquello que el resto del año mezquina.

El ansia por llegar rápido a destino; los imperativos del “protocolo vacacional”, que ordena placer inmediato; la adaptación a un nuevo lugar y a nuevas rutinas.

El esfuerzo para lograr el descanso no es menor, y así como autos, valijas y mochilas se llenan de objetos, la mente y el alma se cargan de ansiedades y anhelos. Estamos ante el estrés de las vacaciones.

La cercanía de ese tan ansiado período de descanso permite vislumbrar un horizonte de disfrute y de alivio, una tierra prometida con forma de playa, sierra, lago, puesta de sol, caipiriña o boliche ininterrumpido, según los gustos.

Foto: LA NACION No es novedad que las vacaciones cargan, pobres, con el peso de todo un año de trabajo que pide a gritos compensación al esfuerzo realizado. Trabajar, para muchos, es lo opuesto a disfrutar, y es así como esa quincena se llena de aquellos sueños de vida liviana, grata, natural y libre que habitan en el alma de quienes durante el año trajinan las calles atestadas, las oficinas estresadas, el tiempo tirano de la agenda sin resquicios y la familia como trámite, con una intimidad emocional acotada por el funcionamiento cotidiano o el cansancio del final del día, que da para saludar a los seres queridos al volver del trabajo, luego comer, ver algo de tele y, después… dormir.

Así las cosas, digamos que las vacaciones requieren arte y mucha sabiduría si uno no quiere sufrir frustraciones superlativas. Las expectativas pueden jugar en contra, sobre todo, cuando son exageradas. En esa quincena muchos se imponen la obligación de amortizar con placer, diversión e intensidad todo aquello invertido en dineros y sueños para que esas vacaciones cumplan con su cometido.

La paradoja antes señalada se manifiesta en varios aspectos del cotizado receso. Es que, por ejemplo, se torna un imperativo el “sentirse libres” y se hace exigencia el no sentirse exigidos. También existe la idea de aprovechar las vacaciones para una mayor cercanía emocional con la familia, si bien, a la vez, no siempre se ofrece el ritmo sereno que esa cercanía requiere para irse desplegando.

La industria de la vacación sigue las leyes de mercado, pero se nutre (y seguimos con lo paradojal) del afán humano de, justamente, volver a lo humano, saliendo de la idea de que la vida es solamente algo destinado a la supervivencia material.

Ahora bien: aceptemos que en nuestra cultura el territorio del descanso llamado “vacaciones” tiene forma de quincena o, como mucho, de mes entero, y que ese tiempo anhelado es motivo de ansiedades y tensiones. Sin dudas deberemos generar estrategias para no sucumbir a la parte difícil del asunto y poder optimizar de esa manera aquello grato que habita en el tiempo “no laborable”.

Sirve mucho tener una “actitud filosófica”, que permita reflexionar, discernir e identificar qué es lo que se desea de verdad para las vacaciones. Un deseo que no tenga tanto que ver con un “hacer” concreto, sino que esté vinculado a un sentir con el cual se quiere de verdad sintonizar. En esa sintonía, justamente, es más difícil perderse en espejismos y exigencias, evitando las frustraciones que surgen cuando las cosas no son como se las esperaba.

Vale como ejemplo del caso un video que se hizo viral en las últimas semanas. En él se ve un hombre que maneja un auto junto a su mujer. Mientras lo hace le cuenta a ella acerca de la honda necesidad que tiene de sentir un poco de naturaleza y de paz en la playa, junto al mar. Ante eso, ella, con sorprendente generosidad, le ofrece hacer una imitación del sonido de la playa y de ese mar anhelado, quizá como anticipo de esa paz que su marido quiere sentir. Él asiente ante la propuesta, esperando alguna imitación de la plácida musicalidad del mar o del soplo del viento marino, pero no: “¡Helado! ¡Helado!”, grita ella, “¡A los churros!”, clama con cruel realismo, imitando lo que pasa en las playas de nuestro país, llenas de gente apiñada e invadidas por la gritona multitud de vendedores que caminan sobre la arena caliente.

La cruda realidad que grafica el video es entendida por todos: descansar cansa, tanto como cansa el tránsito de los vendedores que acallan ese mar silenciado, pero tan necesario. Y, a su vez, el sentimiento de paz no se encontrará en “esas” playas, sino en otras, en las cuales sí puedan escucharse el oleaje y el viento como música que permita el reencuentro con la serenidad deseada.

Digamos que el ejemplo abre también a preguntarnos por qué en las vacaciones a veces se apiña tanto la gente en lugares en los cuales se recrea el ruidoso hacinamiento urbano tan vilipendiado. Es interesante, en este sentido, reflexionar qué problema existe con el silencio, al que se extraña pero a la vez se teme. ¿Será que el silencio permite escuchar otras cosas (quizá temidas) que el “ruido” del hacinamiento, la música a todo volumen y los gritos de los vendedores impiden escuchar?

Por otro lado, el modo vacacional influye en la familia, por razones obvias. Tal el caso de lo que ocurre con las parejas. Tras un año en el que quizá se acumularon temas pendientes, desencuentros y lejanías propias de la vida ajetreada que propone la modernidad, los miembros de la pareja deberán convivir las 24 horas, con o sin hijos, sin lugar para el escape. A veces eso es muy grato y esperado. Otras es algo temido o molesto, por lo que se llena el ambiente de “ruidos” y actividades excesivas con tal de no asomarse a ese silencio que permite abrir la puerta a una dimensión más honda, y también un poco temida, de la relación.

La experiencia indica que, pasado ese inicial miedo a la intimidad reencontrada, muchas parejas afinan su relación en el correr de los días, aprovechando las vacaciones no ya para descansar solamente, sino para revitalizar el vínculo.

Obviamente en las vacaciones los hijos son también un capítulo fundamental. Sabido es que los más chicos se llenan de ansiedad los primeros días de adaptación, mientras que los adolescentes parecen muchas veces huéspedes con horarios a contramano, por aquello de que para ellos la vida “real” está pasando más por la salida a lo social que por lo familiar. Reencontrarse con los hijos también tiene lo suyo, e implica un desafío importante, que suele ser oportunidad para la mejoría de los vínculos, si bien esa oportunidad a veces tiene que pasar, primero, por lugares tormentosos.

Para finalizar vale una reflexión acerca del “día después” de las vacaciones. La idea es llevarse a la casa algo de lo que se abrió en ese período de descanso y reencuentro con paisajes naturales, pero también paisajes anímicos que oxigenan el alma.

Así vistas, las vacaciones pueden ser algo más que un refugio desesperado ante la estresada vida “real”, ya que pueden ser un recordatorio de lo que somos cuando el silencio nos deja escuchar sus sonidos y nos evoca otras dimensiones de nosotros mismos.