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Juan Félix García

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El inicio de la pandemia estalló violentamente. No sabíamos inicialmente qué hacer ni qué tan grave era esta enfermedad.

Salimos apresurados a obtener información sobre el coronavirus, y nos encontramos con un viejo conocido desde el año 1930; capaz de producir cuadros de vías respiratorias superiores, que en nuestro medio acostumbramos a llamar resfriados, gripe, virosis, o alergia.

Entonces, ¿acaso el nuevo virus es distinto? Sí. Nos encontramos con el hecho de que cuando alguien se enfermaba, los primeros días eran de síntomas inespecíficos, es decir, que eran comunes a cualquier enfermedad respiratoria, como fiebre, tos, malestar y pérdida del apetito. En seguida, se observaba en algunas personas, sobre todo adultos, un empeoramiento con dificultad respiratoria, postración y neumonía. 

Las investigaciones no se hicieron esperar. En efecto, se trata de un coronavirus, pero no es el mismo de antes, que está en todas partes, y que produce cuadros en forma de brotes. Parece que este nuevo agente tuvo al murciélago como su origen reservorio, después mutó y se convirtió en un agente de transmisión respiratoria muy contagioso. En tiempo récord, los investigadores lograron aislar el agente viral y su estructura. A partir de allí, se hizo posible preparar de inmediato los reactivos para su detección en el enfermo.

Las estadísticas han sido demoledoras. Se trata de una enfermedad muy contagiosa, con afectación de amplios sectores de población. Los números han sido dramáticos. Es una enfermedad que ataca severamente al adulto mayor de 50 años, sobre todo si padece de alguna otra enfermedad (como hipertensión, diabetes, o cáncer ). A los niños y niñas también los ataca el virus, pero su manifestación clínica es poco sintomática o asintomática. No por ello es menos contagiosa. Ya es conocido que se incuba en aproximadamente 14 días, y su transmisión va desde 2 días antes de la aparición de los síntomas y la contagiosidad es máxima durante los primeros 5 días. Todavía no sabemos cuánto dura esa contagiosidad.

El niño, por lo tanto, debe ser objeto de cuidados especiales. Aunque no tenga síntomas, es un gran transmisor.

Ahora, bien, tenemos muchas interrogantes sobre la nueva cotidianidad de la niñez en la pandemia:

¿Cómo dejarlos en casa todo el tiempo? ¿Debo suspender todas las actividades sociales, cumpleaños, bautizos? ¿Qué plan o agenda diaria podemos crear para atender al niño? ¿Cómo controlar la contagiosidad dentro del hogar? ¿Cómo continuar la escolaridad? ¿Cómo enfrentar los problemas pediátricos comunes?  ¿Cómo enfrentar enfermedades subyacentes?  ¿Qué hacer si mi hijo sufre un traumatismo?  Si estoy contagiada, ¿qué hacer para no interrumpir la lactancia materna?  ¿Cómo cumplir el esquema de inmunizaciones del niño?    ¿Cómo manejar los miedos?  ¿Cómo relacionarlos en el distanciamiento social con el resto de los miembros de la familia?  ¿Cómo procurar que el niño cumpla el distanciamiento social?   ¿A quién consultar sobre estas preguntas? ¿Hay una persona que reúna todas las respuestas?   ¿Quién o quienes atenderán al niño? Todas estas inquietudes ocupan un lugar preponderante en la atención  dentro del hogar. Surge la necesidad de contar con la figura de un orientador, una persona que, conociendo o no al niño, tiene el entrenamiento, el conocimiento y las destrezas necesarias para atender el sinfín de preguntas que vendrán sobre la nueva enfermedad. Esa figura es el pediatra, o el médico de familia, el médico de cabecera o el médico generalista con entrenamiento en la atención pediátrica.

El médico, y no otra figura, tiene la respuesta a todas, o casi todas, las solicitudes que le sean hechas sobre el llanto, la inapetencia, la irritabilidad, los miedos, el vómito, las lesiones de piel, el dolor de oídos, y un largo etcétera. Las respuestas ante estas situaciones deben tenerse en esta nueva realidad que vivimos.

Lo racional de todo esto es atender lo que nuestros expertos nos van indicando a medida que vamos aprendiendo mayores detalles de la enfermedad.

Al momento de redactar este texto, no se tiene claro cuánto dura la contagiosidad, cuándo descartar la enfermedad de acuerdo a los parámetros serológicos, cuál es el o los medicamentos más adecuados. Aunque existen protocolos, tampoco se sabe con certeza cómo atender al enfermo y evitar que el trabajador de la salud se exponga con total seguridad. Por otro lado, está comenzando el desarrollo de la vacuna contra la COVID-19 y todavía se sabe poco sobre ella.

El entorno pediátrico venezolano experimenta una interrupción abrupta de la atención ambulatoria de nuestros niños, sin proveer las vacunas correspondientes a su edad, de acuerdo a los lineamientos que nos establece la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría y el Ministerio para la Salud.

En el confinamiento se están desarrollando alternativas para la continuación de la atención de nuestros niños. La actual circunstancia obliga a la familia y al trabajador de la salud a modificar la dinámica ya conocida, la de recibir al paciente pediátrico en la consulta periódica. Hay una nueva forma de estar en contacto, gracias al violento crecimiento al que estamos asistiendo en las redes sociales, las videoconferencias, teleconferencias, correos, y varias figuras más que permiten la interacción con la frecuencia debida entre el médico y el grupo familiar. 

Sólo se llegará a la consulta con presencia física del paciente en aquellos casos en que la situación clínica así lo requiera.

Está renaciendo, para esto efectos, la telemedicina. De ahora en adelante, se puede crear la figura de la preconsulta por vía electrónica. Pues sí, por vía electrónica, y es la práctica  por medio de la comunicación por redes de impulsar e invitar al paciente a revisar su estado de salud, antes y después de la consulta. La telemedicina representa una oferta de servicio de salud en respuesta a la necesidad del distanciamiento. Con ella se logra hacer un buen interrogatorio, antecedentes, evaluación de la respuesta a medicación, síntomas adicionales presentes, etc.

Tiene una gran ventaja: la reducción del tiempo físico de la consulta. Con las entrevistas sucesivas, el paciente es más colaborador. En este momento, en Estados Unidos, existen más de 45 millones de pacientes usuarios de telemedicina.

En Venezuela, la caída brusca de las consultas periódicas de atención a nuestros niños despertará el monstruo de las enfermedades prevenibles por vacuna: tuberculosis, polio, difteria, sarampión, diarrea, rubéola, parotiditis, influenza, neumonía y meningitis por neumococo.

Nuestro gran reto: ser creativos.

***

Juan Félix García es infectólogo pediatra, Jefe de Servicio y Director del Postgrado de Infectología Pediátrica en el Hospital de Niños J.M. de los Ríos. Expresidente de la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría, y profesor de Pediatría en la Escuela de Medicina “José María Vargas” de la Universidad Central de Venezuela.

Juan Félix García

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