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Tips Femeninos | CUENTOS DE LA PANDEMIA XX: “Suite presidencial”

Adolfo Ledo Nass
California Governor Gavin Newsom Declares State Of Emergency in Los Angeles County As Bobcat Fire Burns; Santa Anas, Triple-Digit Temperatures Loom

Las órdenes las daba Constaine

“No hay alarmas, la única cámara que funciona es la del lobby; las otras son persuasivas, para que los huéspedes se sientan seguros. O vigilados, qué se yo…”. Mariela nos entusiasmó. Al principio, con Tania nos negamos. Pero Mariela dio tantas garantías que la idea empezó a crecer.

Nos habíamos conocido en clase. Una de esas materias aburridas, como Administración o Análisis de Datos, que dictan en la tecnicatura en Turismo. De las pocas cosas que se pueden estudiar acá, un pueblo grande o una ciudad chica, según como se quiera ver. Había llegado apenas tarde y me senté al lado de Tania, la más linda del aula. Cruzada de piernas en una pose de aparente naturalidad, levemente de costado, escuchaba al profesor con la birome apoyada en el mentón. La había visto antes, el lugar vacío me dio la excusa. A la siguiente clase volvimos a sentarnos juntos y se sumó Mariela, algo mayor que nosotros. Un vacío treintañero que busca llenar con libros, pensé entonces. En ese impulso inicial la sentí un estorbo pero pronto la transformé en oportunidad: si Tania se hacía inalcanzable, Mariela era un excelente Plan B.

Tiempo después había entre los tres una relación bastante parecida a la amistad. Y aquella pulsión original cedió paso a otras formas. De alguna manera teníamos bastantes cosas en común. Almas solitarias, no habíamos juntado coraje para irnos a Córdoba, Rosario o Buenos Aires después del secundario, y el turismo era una elección apática para no alejarnos demasiado. Mariela hubiese querido estudiar Letras, y fue ella quien nos recomendó a Bolaño. Cuando llegó el virus discutíamos sobre uno de sus textos. Lo que nos fascinaba, creo, era el contraste con nuestras vidas: esos jóvenes que se largan a Europa y viven en campings, en aldeas hippies, tan entregados al mundo, a la sexualidad, al devenir incierto.

Por eso cuando Mariela nos propuso pasar un fin de semana en el hotel en el que trabajaba, Bolaño nos dio el empujón final. Y la posibilidad comenzó a expandirse más allá de esa válvula que obtura el flujo entre fantasía y realidad. “El hotel estará cerrado quién sabe hasta cuándo. La dueña se va y no vuelve hasta que pase todo esto. Desaparecerá, por lo menos, por un buen tiempo”, nos dijo. Ella tenía las llaves de la puerta trasera, la entrada por el parque que daba a una extensa llanura poblada de chañares. Había forma de usar las instalaciones sin que se viese una sola luz desde afuera. Habitaciones, la cocina (de la que se hablaban maravillas en varios kilómetros a la redonda), el bar y hasta la pileta climatizada. En nuestras casas diríamos otra cosa si es que preguntaban; cuanto menos se supiera, mejor. Las precauciones eran sencillas: evitar el lobby y el pasillo principal, y entrar al hotel a la hora de la siesta, en el bache de cuatro horas cuando quedaba vacía la garita de vigilancia, al frente. “No tiene acceso al hotel, pero si escucha algún ruido podría asomarse a ver. Un riesgo chiquito, pero evitable”, dijo Mariela. “Podemos pasar un fin de semana de lujo”, nos entusiasmó. Y cada cual llenó para sí el sentido del lujo.

PARTE II

El ingreso no tuvo ningún enigma. Ni momentos de tensión. A las tres de la tarde de ese viernes el pueblo estaba desierto. Fuimos en bicicleta hasta la orilla urbana donde se encontraba el hotel y nos sumergimos en la zona del bosque. Tania irradiaba una luz particular, pedaleando con un short celeste chillón, esos colores que pusieron de moda los corredores. Llevaba el pelo sujeto con una vincha elástica, setentosa, y tenía un brillo etéreo por una pátina en la piel que no llegaba aún a ser sudor. Mariela vestía una musculosa de algodón y por debajo fluían las tiras de la bikini. Descubrí formas en ella que no había visto antes, opacadas siempre por la fosforescencia de Tania. O, tal vez, la excursión resignificaba la totalidad, con Mariela incluida. Perdería un único minuto para encender el climatizador antes de zambullirse en la pileta, nos dijo, cruzando una pequeña empalizada que apenas traspasaba el metro de altura.

Nunca había estado en esa parte del hotel. Por el frente, del lado de afuera, muchas veces, ya que daba a una de las plazas donde solíamos juntarnos en las tardes después de colegio. Más de una vez había mirado por la puerta vidriada, o pedido permiso a la recepcionista para ir al baño si los árboles no eran opción viable. Ahora cruzábamos un parque con la pileta descubierta, rodeada de sombrillas de paja con estilo caribeño. De fondo, bajo una galería, las reposeras plásticas estaban una encima de la otra. Era, por un lado, la imagen de quien debe salir de urgencia y acomoda todo a medias. Por otro, esa estética que dominaba el conjunto: una infraestructura algo venida abajo, que se intentaba mantener con el viejo esplendor pero que aún en sus mejores intentos sólo dejaba emerger lo viejo, lo gastado, lo sin remedio. Demasiado grande y pretencioso para gestionarse como la despensa de una viuda. Los rumores decían que la señora de Miranda había rechazado tres intentos de compra, uno de ellos por parte de una cadena con capitales norteamericanos que se estaba expandiendo en todas las provincias. Y que le habrían ofrecido un pago en dólares que le hubiese permitido vivir holgadamente el resto de sus días. Pero en el pueblo se dicen demasiadas cosas. Como lo de Ángel, el hijo de un empleado municipal, diez años antes. Nunca nadie, ni su familia, supo por qué ni donde se fue; quizás a Europa, quizás a alguna aldea hippie para jóvenes valientes . Las hipótesis se mezclan, se contradicen, se rearman, se mezclan, se vuelven a contradecir. Entonces, Ángel pasaba a ser Miguel, un chico desaparecido en un pueblo vecino dos años después.

Cosas de pueblos grandes. O de ciudades chicas.

Llegamos a la puerta trasera, la que conecta un pasillo de habitaciones con el parque. Mariela buscó la llave, una llave común, sin ninguna medida extra de seguridad. La puerta apenas crujió cuando giró el picaporte. Entramos y cerró del lado de adentro. Dejamos las bicicletas en un cuarto de limpieza, ahí nomás.

Mariela se adelantó, como una eficaz encargada que nos guiaba, poseída al pisar su lugar de trabajo. Pero se exorcizó metros después, y comenzó a correr al tiempo en que se quitaba la remera. Tania y yo nos detuvimos, perplejos. La súbita transformación de Mariela iba a destiempo de nuestra rigidez, acaso por haber traspasado no solo una puerta. La vimos doblar en un recodo, la remera y la mochila atrás, en medio del pasillo. Luego, el leve chirrido de otra puerta y un Splash. El inconfundible sonido del chapuzón.

Corrimos tras ella.

PARTE III

Dudé tirarme desnudo y precipitar mi ambición de máxima de ese fin de semana, un sueño de sexo libre y múltiple que había deslizado a tono de broma en la previa y recibido en idéntico tono, ambiguo, que daba esperanzas pero pocas certezas. Las precauciones de Tania, igual de ambiguas, que tras amagar con tirarse en ropa interior se escondió en la oscuridad de una habitación entreabierta para ponerse su bikini, me contuvieron. De reojo podía ver sus movimientos, descifrarla en la sombra. Señales que trataba de traducir. Cuando salió -divina, impecable, reluciente- fui al mismo cuarto y me puse el short también con la puerta entreabierta. Demoré al quedar desnudo, semi erecto, en una posición apta para ser espiado. Luego salí para hacer un clavado con técnica, teatral, a lo James Bond.

El agua empezaba a entibiarse y el ambiente a llenarse de un vapor exfoliante. Mariela, de algún modo anfitriona, apretó un botón y la pileta burbujeó sobre la pared en la que estábamos. Y allí pasamos un buen rato, charlando del virus que había obligado a cerrar hoteles y hasta cuándo durará, vaya uno a saber, el fin del mundo como posibilidad cierta más allá de Hollywood, la carrerita de Turismo del pueblo-ciudad, hay que animarse a 2666 con tantas páginas, prefiero novelas más cortas, depende, claro, siempre depende, depende de qué, calidad o extensión, pero los aspectos formales importan, claro que importan, y el formato también, mil páginas en ebook no es lo mismo que mil páginas en papel, mil páginas son mil páginas, en ebook o en papel, en 2040 ya no se van a imprimir libros, claro que sí, como objetos snob y de culto, como un vinilo.

Charla que me llevó de aquella semi erección inicial a una rotunda flaccidez.

De pronto, Mariela salió de la pileta, desapareció tras una pared a media altura y sacó toallas y batas. Se envolvió y nos dejó en el suelo las nuestras. Dejé a Tania subir la escalera de salida de la piscina, en un gesto quizás caballeresco. Los tres nos cubrimos y en bata parecíamos personas de otra clase, sin dudas superior. El hotel de la viuda de Miranda no era para cualquier pelagatos y las batas nos daban ese poder de elevación.

Dejamos atrás los vahos del spa y nos dirigimos por el pasillo. Mariela conducía, entróal cuarto de limpieza en busca de las llaves plásticas de las habitaciones. “Sola no duermo ni en pedo”, dijo Tania. Me mantuve en silencio, expectante, imaginando el desborde de un win derecho. Mariela dudó unos segundos: “No, yo tampoco”. Me miraron las dos. Pelota en el aire, al corazón del área. Seguí en silencio. “Pensaba proponerles que los tres usáramos la misma habitación, por las dudas. Cuanto menos alboroto, mejor… claro, si a vos no te jode”, me dijo Mariela. El impacto del parietal en el balón, abajo, lejos del arquero. Claro que no me jodía.

Nos dio una tarjeta a cada uno. “¿Es la suite presidencial?”, dijo Tania a modo de chiste. Y se corrigió sin esperar respuesta: “No, claro, la suite presidencia debe tener ventanas al parque”. Era otro rumor, que el hotel tenía su suite presidencial, sin precio, reservada para personas que jamás llegaban a nuestro pueblo-ciudad. Se decía, inchequeable, que el último que la usó fue un jeque árabe, cinco años atrás, quien – se dice -se hospedó un sábado para irse a la mañana siguiente a un torneo de polo que se jugaba en una chacra relativamente cercana. Y que también el gobernador se había alojado, doce años antes. Mariela confirmó el rumor: la suite existía. Pero no iríamos allí. “No porque dé al exterior. De hecho es una habitación interna, pegada a la nuestra, pero es la única de la que no tengo llave, que no es tarjeta, sino llaves comunes. Ni siquiera sé dónde están”, nos explicó mientras abría nuestro cuarto.

“Me baño yo primera”, dijo Tania. Palo y afuera.

PARTE IV

Seguí retrocediendo casilleros cuando Mariela me sugirió que podía bañarme, si es que pensaba bañarme, en el cuarto que estaba a unos quince metros de nuestra habitación, un vestuario para empleados. Con la derrota a cuestas salí a paso lento, la mochila al hombro. Traté de convencerme bajo la ducha tibia de que se trataba acaso de mi único acto de rebeldía, de una experiencia de insurrección como las que no había tenido siquiera en la adolescencia, una ínfima revolución contra la propiedad privada. “Si no cogés, no cogés. Vale igual”, me decía, acaso como un consuelo, de perdedor a perdedor.

Cuando salí del vestuario el pasillo estaba en penumbras. Si yo era la garantía de protección, Mariela y Tania estaban fritas. Iluminé con la linterna del celular, temeroso (también) de tocar una tecla y encender luces delatoras. Golpeé la puerta de nuestra habitación . Ellas ya estaban cambiadas, con el pelo mojado, vestiditos cómodos y cortos, y ese olor a cremas, shampoo y perfume que nos envolvió en un breve lapso de intimidad. “Vamos a ver qué hay en la cocina”, dijo Mariela.

Los secretos culinarios habían sido otro de los empujones decisivos que me habían metido dentro de ese hotel. Tan contundente como el de Bolaño o el de ese trío incierto, que más me excitaba al imaginarlo ahora en la suite presidencial.

El restaurante era, quizás, el mayor orgullo de nuestro pueblo-ciudad. O el único. Aunque también nos dividía: de tan exclusivo, se contaban con los dedos de una mano a los vecinos que habían ocupado sus mesas, y aquella barrera lo llenaba de cuestionamientos. Pese a tener las puertas cerradas a los módicos límites de las tarjetas de crédito del pueblo, siempre funcionaba a pleno, con reservas. El tercer sábado de cada mes ofrecía un menú por pasos que congregaba en el estacionamiento autos alemanes, 4×4 británicas, choferes misteriosos, parejas que entraban sin querer llamar la atención.

“Puse un champán en el freezer”, dijo Mariela, mientras se dirigía a una cava de donde sacó una botella de vino tinto, de una etiqueta desconocida para nosotros. Nadie se va a dar cuenta de nada por una botella de vino, no hay ningún registro demasiado exhaustivo, lo compran directo a bodegas, traen botellas de más, tranquilos, si yo les digo que no pasa nada, no pasa nada. Mariela amiga volvió a mimetizarse con Mariela empleada.

Destapó el tinto, lo sirvió en copas de cristal y nos dio el corcho, de recuerdo. “Los placeres hay que dárselos en vida, miren si nos pescamos el virus y no llegamos al mes que viene”, dijo, y alzó su copa. Cruzamos una mirada que volvía a ponerme en carrera, que dejaba en pie la orgía tácita. Llenarlas de alcohol, eso. Después, nos invitó a la cocina. Abrió un freezer, que seguía conectado: protegía carnes, pescados, lácteos. Todo lo que la viuda de Miranda ordenó guardar para que no se echara a perder. En una alacena, había pastas secas made in Italy que permitieron dejar intactas las provisiones que habíamos llevado nosotros. Mariela tomó un paquete de spaghettis y una botella de pomodoro, también italiano. Sacó langostinos del freezer. Nos pidió ayuda. Cocinamos entre los tres, mezclando sin ningún sentido las especias que estaban en frascos y que el chef, de apellido Constaine, nos dijo Mariela, lograba combinar de un modo único, con ese toque personal que había llevado a que el restaurante de ese hotel de pueblo estuviera a la altura de los mejores, según decían los clientes, gente viajada, cosmopolita. El chef, que sólo iba los sábados a supervisar, nos miraba desde una foto en el estante, con su delantal inmaculado. En la heladera, casi desprovista -metáfora del vacío devastador que potenciaba el virus-, vi una horma de queso en su tramo final. Busqué una tabla en las alacenas para cortarlo. La encontré junto a otros platos, donde también había una llave.

La hice tintinear en mis manos en alto. A Mariela le brillaron los ojos, aunque quizás fuera por el vino que promediaba la segunda botella. Me la arrebató en un solo movimiento y la sostuvo delante de sus ojos, con el índice y el pulgar. “La suite presidencial”, dijo, y se la guardó en el escote.

PARTE V

¿Fue la mejor cena de mi vida? Difícil encontrar la respuesta precisa. Quizás sólo eran unos fideos como tantos, del montón, pero que forcé en mi paladar hasta convertirlos en fideos memorables. O quizás lo fueron. O el alcohol, por cantidad y calidad, había provisto de cierta magia a todo aquello. “Ni Constaine lo hubiese preparado mejor que nosotros”, dijo Mariela. Y abrió la cuarta botella. Yo hurgaba la llave en el escote. Lo había hecho toda la noche, en verdad. Al principio de forma solapada. Luego, cuando Mariela descubrió el juego y se mostró dispuesta a jugarlo, con ojos de estratega. Tania, que intuyó todo, saltó a la cancha para competir de verdad. Mejoró mi posición sin necesidad de una sola indirecta; ni un solo comentario al límite del ridículo precoz. Un tironeo que de ser bien conducido me podría despejar el cielo tripartito en la suite presidencial. Dejamos a Bolaño, al virus y a la carrerita de Turismo afuera de la mesa. Mariela, con la mirada brumosa por el vino, nos contó sobre su último novio: le gustaba todo de él, menos la cama. Quizás, nos dijo, nunca había podido superar su primer amor, medio feúcho, pero semental. Y, riéndose, explicó que lamentaba que aquella primera experiencia le hubiese dejado la vara tan alta.

Ya estaba el auto en pista, era cuestión de salir de la curva más o menos bien posicionado. De ahí a la obvia pregunta sobre si habían probado alguna vez salir de la lógica binaria hubo menos de un paso. Tania rio y negó al mismo tiempo, encendida, y me puso la mano en la pierna, demasiado cerca de la ingle como para interpretarlo como un gesto de amistad. Mariela dijo que no; pero podría comernos esa misma noche, agregó. Y también soltó una carcajada, en un tono desproporcionado. “Vale todo”, siguió. Para mí que no se animan, nosotras sí pero hay que ver si a vos te da el cuero, no me provoquen, queremos ver si te la bancás, probemos, dale, después me dicen si me la banco. De nuevo la sangre, el calor, el cosquilleo. Mariela se levantó tambaleando en busca del champán que un rato antes había pasado del freezer a la heladera. Volvió con tres copas en la misma mano y, en la otra, la botella traspirada. “Vamos”, dijo, y por la cadencia etílica del final de la frase no quedó claro si se trataba de una pregunta o de un imperativo.

Ya de pie, noté el mareo y un bullicio interno; Tania seguía riéndose y trataba de enderezar el paso. La tomé de la cintura. “Yo te guío”, le dije. Desembocamos en el pasillo y Mariela, con las manos ocupadas, me pidió que sacara la llave de su escote. Lo hice, sin desamarrarme de Tania. Mariela hizo un trueque: me dio la botella y tomó la llave de la suite presidencial. Seguí avanzando por el pasillo, a los besos con Tania, con la mano que bajaba de la cintura y hurgaba dentro del vestido. Mariela nos miraba de reojo, unos pasos más adelante, tratando de embocar la llave en la cerradura. Cuando logró hacerlo, oímos un ruido claro que llegaba desde el fondo. Nos apuramos para ingresar a la suite presidencial cuando crujió aquella puerta de entrada, la misma por la que habíamos ingresado al hotel.

Todo signo de calentura desapareció. Nos quedamos los tres en silencio , en la oscuridad, petrificados, sin movernos. Se escuchaban pasos. La viuda de Miranda caminaría más despacio, a otro ritmo sin dudas. Ella no era. En un momento dejaron de avanzar, eran al menos dos o tres personas. Se oyó que entraban a nuestra habitación, donde estaban las mochilas. Los percibía del otro lado de la pared. Nos habían descubierto, alcancé a pensar. Con el mayor sigilo saqué el celular del bolsillo y encendí la linterna. Para mi sorpresa la suite presidencial era un rectángulo despojado, apenas con dos freezers y una larga mesada de metal. Colgaban grandes chuchillas, pinzas y elementos de limpieza. Tania, trémula, me clavaba las uñas debajo de las costillas. Yo también temblaba y sentía un grito subir desde las tripas. Levanté la tapa de uno de los freezers y vi una pierna humana envasada en un envoltorio plástico, transparente, con una descripción en una etiqueta. Y en otro canasto otra pierna, más chica, como de niño. Cerré de golpe la tapa no sin antes alcanzar a distinguir una decena de bolsas con partes de cuerpos descuartizados, ordenados y confusos a la vez.

No llegó a sonar la cerradura, la misma Mariela abrió la puerta.

Bajo una luz tenue que ingresaba desde el pasillo, nos miró compasiva, algo desorbitada, y salió de la habitación al mismo tiempo que ingresaban tres sombras iluminadas por la espalda. Ni Tania, ni yo, atinamos a correr, gritar, realizar un mínimo gesto de supervivencia.

Se encendieron tubos que irradiaban una luz blanca y uniforme. Quedamos a merced.

Las órdenes las daba Constaine.

Cuentos de la Pandemia Suite Presidencial 2.jpg Cuentos de la Pandemia: Suite Presidencial (ilustración de Rosana Goñi, artista plástica y escultora. FBK: Rosana Goñi y Rosana Goñi arte. IG: @rosanitago)

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