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Velo de impunidad cubre a curas denunciados por abusos sexuales en Flipinas

Cadivi, Sanciones, Investigación, Panamá, Venezuela, Miami, Caracas

Talustusan, Filipinas. La voz del cura estadounidense se escuchaba claramente en el teléfono.

“Los buenos tiempos quedaron atrás”, dijo en la llamada del 2018, grabada por un joven cuyas acusaciones estremecieron su isla y revelaron hasta qué punto las denuncias de abusos sexuales de los curas son ignoradas, a veces por décadas, en uno de los países más católicos del mundo. “Es el fin”.

El muchacho declaró a la Associated Press que tenía 12 años cuando el padre Pius Hendricks lo llevó por primera vez a un baño de la rectoría de la iglesia y abusó sexualmente de él.

“Pregunté por qué me estaba haciendo esto”, dijo el joven de 23 años. “Es algo natural, parte de hacerse adulto”, cuenta que le respondió el sacerdote.

Asegura que el abuso continuó por años. Pero no contó nada hasta que alguien que no era del pueblo empezó a hacer preguntas acerca de la generosidad del sacerdote con los chicos y, temeroso de que su hermano fuera la próxima víctima, en noviembre del 2018 acudió a la Policía.

Poco después, las autoridades detuvieron a Hendricks, quien hoy tiene 78 años, y lo acusaron de abuso de menores. Desde entonces, los investigadores dicen que unos 20 niños y adultos, uno de tan solo siete años, han dicho que el cura abusó sexualmente de ellos. Los investigadores dicen que las denuncias son de incidentes ocurridos en la última década, pero que abarcan probablemente otras generaciones.

La detención de Hendricks representó la caída en desgracia de un sacerdote que encabezó su parroquia por casi cuatro décadas, reconstruyendo la capilla, presionando a las autoridades para que pavimentasen la calle principal y pagando las matrículas escolares de niños pobres.

‘Cultura’ del silencio El caso revela hasta qué punto las denuncias de abusos de curas pueden ser ignoradas en las Filipinas, donde los delitos sexuales de los religiosos rara vez son tomados en cuenta por la Iglesia y por el gobierno.

“Hay una cultura de silencio, de tapar todo”, afirmó el reverendo Shay Cullen, un irlandés que lleva décadas en las Filipinas y que trabaja con víctimas de abusos sexuales de menores.

Durante dos décadas, la Iglesia filipina se comprometió a abordar el tema de los ultrajes por parte de curas.

En el 2002, la conferencia nacional de obispos puso fin a años de silencio al admitir que habían ocurrido “graves casos de abusos sexuales” en el clero y prometió cambios.

Pero en un país de más de 80 millones de católicos, esas promesas se diluyen en un mar de tradiciones, devoción e influencia de la Iglesia.

En Biliran, la isla donde Hendricks pasó la mitad de su vida, su cariño por los niños era bien conocido, según un exsacerdote católico y miembros del clero. Si bien mucha gente pensó que era un pederasta, nadie lo decía abiertamente.

Eso sucede en todo el país, donde el silencio sigue amparando a los curas.

Convento que está al lado de la capilla construida por Pius Hendricks, en el pueblo de Talustusan, Filipinas. En la isla de Bohol, el sacerdote Joseph Skelton oficia misa más de 30 años después de que, siendo seminarista, fuese acusado por abusar sexualmente de un muchacho de 15 años.

Informes de prensa locales dicen que hay más casos: el de un cura que reclutaba jóvenes para el sacerdocio a pesar de haber admitido que abusó de menores; el que se instaló en la residencia del obispo después de ser acusado de violar a una muchacha de 17 años y el del compositor de música sacra acusado de ultrajar menores, incluso uno de seis años.

Impunidad El procesamiento de curas acusados de abusos es inusual aquí y no está claro si alguno ha sido condenado por abusos sexuales de menores.

El joven de 23 años de Talustusan declaró que no habría dado la cara de no haber sido por un visitante estadounidense, novio de una familiar.

El temor de que su hermano menor pueda ser también víctima hizo que hablase con su familia y luego con las autoridades acerca de los abusos que había padecido.

Incluso entonces, el caso pudo haber sido hecho a un lado de no mediar la intervención del Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos, el cual lanzó una investigación propia, amparado en un estatuto que permite procesar los abusos sexuales de menores perpetrados por ciudadanos estadounidenses en cualquier parte del mundo.

El sospechoso Hendrick nació en Cincinnati en 1941 en el seno de una familia de clase obrera. Se hizo cura franciscano siendo veinteañero y tomó el nombre de Pius. Sus asignaciones incluyeron la St. Catherine Indian School de Santa Fe, Nuevo México, y la iglesia de un barrio donde ayudó a mantener a flote un club de boxeo para jóvenes.

Su congregación, la Provincia de San Juan el Bautista, no comentó el tema y aseguró en un comunicado que estaba “cooperando plenamente con las autoridades”.

Los residentes dicen que Hendricks era todavía un franciscano cuando llegó a Talustusan, un pueblo tranquilo con calles de tierra y una vieja capilla. Dejó a los franciscanos en 1986 y fue ordenado por un obispo de la diócesis local.

Hendricks expresó que le encantaba el pueblo, pero que nunca aprendió a hablar bisaya, la lengua local, ni sintió que encajaba plenamente. A veces decía algunas cosas fuertes cuando se sentía frustrado, como “¡filipinos locos!”.

Sin embargo, había muchos muchachos, que se quedaban en su casa, viajaban en su auto y caminaban con él por Talustusan, según los lugareños.

Imágenes religiosas y y vestimenta en la parte posterior del altar d ela capilla que construyó el sacerdote Pius Hendricks, en Talustusan, Filipinas. “Todo el mundo sabía de Pius y los chicos”, expresó un exclérigo católico que trabajó por años con Hendricks y que habló a condición de no ser identificado por temor a represalias de la Iglesia.

La Iglesia no hizo mucho por frenar lo que los investigadores describen como años de abusos.

El reverendo Rómulo Espina, máximo funcionario de la diócesis de Naval, en la que servía Hendricks, insistió en que ningún líder de esa diócesis percibió indicio alguno de abusos sexuales.

Y agregó que si es cierto que Hendricks cometió abusos, no son responsabilidad de la Iglesia.

“Si es cierto, ¿se le dijo que lo hiciese? No”, sostuvo Espina. “No puedes atribuir el comportamiento a la institución. El responsablee s el diablo”.

Para un pueblo pobre como Talustusan, tener su propio sacerdote -sobre todo un estadounidense- conllevaba ciertos beneficios económicos, como donaciones para reconstruir la capilla y trabajos como choferes y empleados. Hendricks pasó a ser el centro de una pequeña economía y ofrecía trabajos, préstamos y regalos.

Muchos lo apoyan “No entiendo por qué dicen estas cosas del padre Pius“, manifestó Edrich Sacare, de 37 años, miembro de una familia pobre que vivió casi una década con Hendricsk, trabajando como monaguillo y en la iglesia. Hendricks lo mandó a la escuela y jamás se comportó indebidamente con él, de acuerdo con Sacare.

Las acusaciones han dividido al pueblo, destruyendo amistades, distanciando a familiares y aislando a los denunciantes, quienes dicen que los beneficios que aportó Hendricks – status , dinero, trabajos- impiden a la gente ver sus delitos.

Residentes en camino a la capilla del pueblo de Talustusan para asistir a la misa dominical, el 27 de enero del 2019. Los partidarios de Hendricks dicen que los denunciantes inventaron sus acusaciones, molestos porque el religioso había dejado de mantenerlos. Los abogados del sacerdote niegan culpabilidad alguna.

Numerosos religiosos y obispos retirados que supervisaron a Hendricks se negaron a comentar el caso o no respondieron a reiterados mensajes.

En Cincinnati, la arquidiócesis admitió que Hendricks recibió algún apoyo financiero, pero destacó en su portal que “el padre Hendricks no es, ni nunca fue, cura de la arquidiócesis de Cincinnati“.

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