“Es aquí precisamente, donde los valores no admiten medias tintas y donde la condición humana se levanta y se yergue y se enfrenta a su propia destrucción; o cae aterrada y se espanta y se hunde hasta más abajo de todo estiércol, huyendo de sí misma y negando la propia razón de su existencia. No hay excusa, no hay simulación, no hay escondite posible. Aquí, si callamos somos esencialmente culpables, no importa la variación cuantitativa de las gradaciones. Aquí si somos hombres y damos un sentido trascendente al hecho de serlo, debemos hablar y denunciar, inevitablemente. Lo demás, cualquiera que sea la habilidad del silencio o la retórica de la excusa, es escurrir el bulto y es complicidad y es cobardía”

(Orlando Araujo. Expediente Negro, 1967)

I.- Sobrevivir en Venezuela

En medio de una inclemente pobreza en donde millones de venezolanos, echados a su suerte, hacen esfuerzos sobrehumanos para no morir de hambre, el presidente Nicolás Maduro presenta a su gobierno como una gestión “socialista, humanista, soberana, de participación y protagonismo de los trabajadores”.

Es innegable que después de las últimas administraciones que por cuatro décadas controlaron al país en la época de la llamada democracia representativa (“años de fango”, los denominó en 1993 el periodista Miguel Conde) y se estuvieron en el poder político a la sombra de la burguesía tradicional venezolana y de sus organizaciones partidistas socialdemócratas y socialcristianas, llegamos a pensar que el país iba por fin a superar la forma de gobernar transgresora de la Constitución y leyes, mentirosa, arrogante, populista, desinformada del acontecer de la calle y de la ineficacia de su equipo funcionarial, tolerante con la corrupción y repetidor de un discurso mesiánico que en nada se parecía al fracaso que cosechaba en su práctica política. Lamentablemente, muy pocos esfuerzos se han hecho en estos últimos veinte años, más allá del palabreo, para que eso cambie y, por el contrario, esa deformación de una auténtica democracia popular, participativa y protagónica se ha profundizado y convertido, no en la excepción sino en regla de comportamiento en todos los niveles del Estado y en el de la dirigencia que lo controla convencida, como lo expresa un columnista crítico, “… que la única realidad aceptable es la que ellos vislumbran dentro del espejismo dogmático-ideológico donde residen y que fuera de allí nada es real”.

Pues bien, sean cuales fueren las intenciones que encierra la opinión transcrita, me atrevo a sostener que si miramos la realidad nacional sin obcecación, desprovistos de fanatismos partidistas, orientados por la metódica de una auténtica teoría revolucionaria y guiados por el principio marxista según el cual “la práctica es el criterio de la verdad”, de inmediato saltarán a la vista las verrugas que denuncian el fracaso de las iniciativas y decisiones gubernamentales que se han ideado en este periodo madurista y que mediante una desproporcionada propaganda (que solo ellos saben a cuánto asciende su costo), sus publicistas presentan como logros y éxitos. Cuando pasen los años y los historiadores se encarguen de investigar, estudiar y ofrecer conclusiones acerca de las causas que nos llevaron a la debacle general que estamos llevando sobre nuestros hombros, seguro se develará (si es que se conservan esos archivos) que durante el segundo decenio del siglo XXI y frente a los ojos de todos, Venezuela ha sido víctima del más grande saqueo y aprovechamiento doloso de sus recursos naturales y financieros del que se tenga noticias y de un deterioro asombroso de la calidad de vida de los trabajadores y de sus familias.

II.- “A más años, más desengaños”

Así, pues, hoy en el país parecieran repetirse en grado superlativo otros momentos azarosos de su historia, una analogía histórica, aquella que se cimentó sobre un amasijo de “sangre, dolor y muerte” y que comenzó desde que los europeos asaltaron por primera vez estos lugares hasta el final del pacto liberal de punto fijo con el que gobernaron los partidos de derecha, los grupos económicos de poder y el gobierno norteamericano, una vez derrocada la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez el 23 de Enero de 1958. De tal suerte que en nuestros días vivimos (o sobrevivimos) en innegables condiciones de indigencia, difíciles e inéditas. Ni siquiera aquella aterradora pobreza que en los años setenta y ochenta del siglo XX trastornó la tranquilidad de la clase trabajadora venezolana, es comparable con la que nos afecta en este momento. Se trató de un desplome económico-social, político y moral tan espectacular, que no pudo ser ocultado ni por el informe que en 1976 elaboró para la Oficina Central de Coordinación y Planificación (CORDIPLAN), el investigador Michel Chossudovsky, profesor de la universidad de Ottawa, Quebec, y cuyo contenido, después de haber sido vetado por el gobierno que estaba en funciones, se convirtió en la polémica obra que la editorial Vadell Hermanos (Valencia) publicó sucesivamente en los años 1977,1979 y 1980 con el impactante título “La Miseria en Venezuela” .

En ese juicioso y bien documentado estudio, utilísimo para comprender lo que en ese período aconteció, quedó guardada la premonitoria advertencia según la cual en los tiempos por venir (que son los actuales) nos íbamos a exponer a peores situaciones de ruina total, si no se empezaban a corregir las profundas injusticias socio-económicas que las originaban: “Las predicciones del futuro están invariablemente basadas en extrapolaciones mecánicas del presente (1976). Aún cuando no hay duda de que si las condiciones actuales de articulación social prevalecen (se refería a la estructura de clases y la distribución de derechos y privilegios), las desigualdades sociales del futuro se asemejarán mucho a las del presente, (involucrado el mantenimiento o hasta acentuado las mismas condiciones objetivas de pobreza y desempleo)”. Y en la presentación que hizo a ese mismo libro el economista Agustín Silva Michelena, con la claridad meridiana que caracterizaban sus enfoques elaborados desde su formación científica marxista, se explicaban las razones concretas que habían conducido a la nación por un peligroso despeñadero hasta colocarla en el umbral de la puerta del infierno y aseguraba que la investigación de chossudovsky no tenía “…por objeto directo examinar estas perspectivas del capitalismo de Estado en Venezuela, pero servía para ilustrar muy bien, y con acierto, al gran fracaso de la burguesía venezolana, y de su Estado, no ya sólo en dar satisfacción a las necesidades más elementales del pueblo, sino aún en lograr establecer un capitalismo cuyo proceso de acumulación se articule con la producción destinada a servir de apoyo a los únicos creadores de riquezas: la clase obrera, fuente de la opulencia burguesa”. Y agregaba “El informe que ahora se entrega al público lector tiene, pues, el mérito de mostrar con crudeza una realidad no precisamente rosada, en un país de grandes recursos. Debería quedar claro, para todo el mundo, que el modo (capitalista) de utilización de estos recursos y de distribución de sus frutos, está en la raíz de la pobreza y la marginalidad en un país rico. Un modo de utilización y de reparto tan sui géneris que hace que una riqueza social –el petróleo- se vaya progresivamente convirtiendo en riqueza privada de una minoría que, al enriquecerse, adquiere el poder de convertir sus privilegios en derechos.”

III.- “A grandes males, grandes enfermos”

Obviamente, en la Venezuela de ahora es descomunal la brecha de separación entre ricos y pobres. Un grupo minoritario de individuos (los del poder) nada en una desbordante opulencia, mientras la gran mayoría se hunde en el hambre y la miseria. A este respecto, puede asegurarse sin reservas que el gobierno venezolano en todo su recorrido histórico ha derrochado una suma inestimable de ingresos fiscales petroleros y acumula un estrepitoso expediente de fracasos en las tantas veces anunciadas promesas de reactivación del aparato productivo nacional: los dos Planes de la Patria, las Cooperativas, los 18 Motores, los 5 Ejes, MEGA MERCAL, MERCAL, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), el Plan de Desarrollo, Bienestar y Prosperidad Económica, la Agricultura Urbana, los Huertos Escolares, la Venezuela Bella, el PETRO y la Criptomoneda, las Comunas Productivas, Jornadas de Debate y Consulta al Poder Popular, Plan de Pesca y tantos otros, todos vueltos una colección de chambonadas y pifias sobre las cuales no se vislumbra la más mínima disposición para evaluarles públicamente y sin tapujos sus resultados; el salario mínimo devengado por la clase obrera es paupérrimo (6 dólares mensuales, el más bajo de América Latina y el Caribe), y representa la negación más terminante que se puede hacer al principio socialista de “a cada cual según su capacidad, de cada quien según su trabajo” , además de que contradice el mandato constitucional del artículo 91 que reza: “Todo trabajador o trabajadora tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales. Se garantizará el pago de igual salario por igual trabajo y se fijará la participación que debe corresponder a los trabajadores y trabajadoras en el beneficio de la empresa (…) El Estado garantizará a los trabajadores y trabajadoras del sector público y del privado un salario mínimo vital que será ajustado cada año, tomando como una de las referencias el costo de la canasta básica” (Esta última alcanza la suma de dos millones de bolívares soberanos y sigue en ascenso, en tanto el salario mínimo sólo llega a 40.000, el cesta ticket a 25.000, la inflación se ubica en 210 mil millones % y el producto interno bruto cayó en 50% , según el moderado cálculo hecho por el BCV después de 5 años de mantener escondidas estas mediciones macroeconómicas); la especulación que realiza todo el comercio de bienes (principalmente el extranjero, en su mayoría árabe, y el llamado “bachaquero” de comportamiento delincuencial) es descomunal y engulle todos los días, como una boa constrictor, el cada vez más mermado ingreso salarial del trabajador, mientras el gobierno local, regional o nacional, exhibe una gran indiferencia frente al problema y una pasmosa incapacidad para hacer respetar el precio justo legalmente fijado; el reciente anuncio de la puesta en marcha de la misión “Venezuela Bella”, pareciera ser la crónica de un fiasco que tiene sus días contados y que sólo servirá para llenar de alegría a los cazadores de contratos de obras públicas nacionales, regionales y locales. Y si alguien tiene dudas al respecto, que mire lo que ha pasado en estas dos décadas de gobierno a los inmuebles de valor cultural y espacios tradicionales de nuestras comarcas y localidades, y terminará reconociendo que se requiere de una auténtica conciencia histórica y ciudadana, de un gran apoyo técnico y de una gigantesca inversión de dinero para poder revertir semejante daño cometido contra esa heredad social por los mismos actores políticos que tenían la obligación de evitar su deterioro y destrucción.

La ciudad de Coro, declarada patrimonio universal desde 1993, es una prueba dolorosa de lo dicho. Sus calles y sitios emblemáticos parecieran haber sido destruidos por fuegos de artillería o por algún fuerte sismo, aparte de que una buena extensión de sus ejidos, ubicados en el perímetro de su centro histórico, han pasado a manos extranjeras (árabes) mediante ventas que aprueban los ediles y el Alcalde del municipio, sin que para ello se haya hecho algún tipo de consulta a los vecinos, únicos titulares y legítimos dueños de esos espacios, mediante el referendo popular que pauta el artículo 71 de la Constitución Nacional; la precariedad por las que atraviesan los sistemas de redes telemáticas y de telefonías celular y fija, nos han regresado a las formas de comunicaciones de los años 60-70 y provocado un gran salto atrás tecnológico que no tiene parangón en todo el orbe; la diáspora de más de 4 millones de jóvenes trabajadores y profesionales, que obligados por la debacle económica partieron hacia otras latitudes y dejaron tras de sí a sus esposos, esposas, hijos, madres, padres, hermanos, abuelos y amigos, ha provocado un episodio doloroso que crece conforme se agiganta la incertidumbre de no saber si alguna vez habrá para ellos la posibilidad del regreso y el reencuentro con sus seres queridos. Y pese a que ese éxodo se siente de mil formas en todos los rincones de Venezuela, la cúpula gobernante, indigesta y soberbia de poder político, militar y económico, no muestra ningún interés por analizar responsablemente el impresionante fenómeno y medir su impacto negativo en la vida de la nación; la cacareada reconversión monetaria terminó siendo una medida populista y demagógica que borró de un plumazo todas las conquistas laborales conseguidas por el proletariado venezolano en años de duras luchas contra los gobiernos de la burguesía interna y los grupos explotadores al servicio del gran capital; el sistema educativo que se ha puesto en marcha, ha desmejorado considerablemente el alto nivel cualitativo que tuvo en el decenio pasado, carece de pertinencia social y no garantiza al país alcanzar estadios importantes de desarrollo científico y tecnológico; los conos monetarios lanzados al mercado uno detrás del otro, han desaparecido como por arte de magia y en menor tiempo del que duró su diseño e impresión, amén de que el poco que se consigue pierde valor y vigencia según el criterio que en la calle imponga quien lo recibe como pago; el gobierno no encuentra como salir a flote de sus reiterados reveses en políticas cambiarias relacionadas con el predominio del dólar en nuestra economía, moneda del imperio del norte de la que el presidente Maduro asegura, en sus largas e ineficaces cadenas de radio y televisión, que muy pronto el país se liberará de su uso en las transacciones comerciales internas e internacionales, mientras que en la trama real de nuestra economía ocurre absolutamente lo contrario y más bien la divisa gringa se va consolidando y adquiriendo reconocimiento hasta para la realización de las más simples y cotidianas operaciones que se llevan a cabo en el comercio local, regional y nacional. No obstante, el consenso en torno a esa tesis del jefe de Estado no se ve reflejado en el planteamiento que sobre el mismo asunto hace el economista Jesús Faría, vocero de la cúpula dirigente, cuando anuncia la implementación de un conjunto de medidas financieras (libre convertibilidad) con las que se aspira captar el “odiado billetico verde” en cantidad suficiente para, según sus propias palabras: “…bajarle su costo, obtener divisas para aumentar nuestras reservas, alcanzar el ascenso del aparato productivo y coronar el bienestar en nuestras condiciones de vida”; el discurso en el que tanto se menciona al llamado poder del pueblo, es pura cháchara y la tal defensa de la soberanía nacional no es otra cosa que un mecanismo para sembrar miedo en quienes se atrevan a participar en cualquier protesta ciudadana; el Estado de derecho va desapareciendo progresivamente y en su lugar se impone otro completamente de facto; el publicitado apoyo masivo que se asegura tiene en la sociedad venezolana el presidente Maduro, es un cuento chino y si no fuera por el respaldo incondicional que le brindan un CNE muy cuestionado por sus ejecutorias, una Fiscalía del Ministerio Público que se comporta como tribunal inquisitorial bajo las órdenes del Ejecutivo, un TSJ extremadamente diligente para cumplir órdenes que recibe hasta por TV en las propias alocuciones presidenciales y unas cúpulas militares que forman parte de la francachela, su gestión hubiese terminado hace rato y pasado a ser un capítulo más en la historia de Venezuela; el respeto a la voluntad popular es una quimera ya que cuando los resultados de alguna elección de mandatarios regionales no favorecen a los candidatos del PSUV, el gobierno central procede a designar a su aspirante perdedor con la figura de “protector” del mismo estado que le rechazo en los comicios (algo inexistente en la Constitución y leyes) y de colmo le otorga más prerrogativas y recursos que a quien fue electo por decisión de los votantes y, finalmente, la tesis de la democracia directa y su organización comunal fue desfigurada desde el comienzo y puesta al servicio de intereses políticos de alcaldes y gobernadores del PSUV y no de la organización de un real y genuino sistema socialista en el país.

IV.- Un capitalismo bueno y otro malo

Por otra parte, la mediática elaborada por Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información (MPPCI) invierte mucho tiempo y dinero para convencernos que la élite civil-militarista en el poder es anti-imperialista-norteamericana y con esa orientación acusa a este último sistema de ser el único responsable de los males que nos agobian (incluso de las fracasadas gestiones de sus alcaldes, gobernadores y funcionarios en general), de sojuzgar a toda la comunidad mundial con una ciencia y tecnología de la muerte y de destruir al planeta y a todas sus formas de vida.

Innegablemente que lo dicho en el párrafo previo es históricamente comprobable y por siglos lo ha comprobado tristemente la humanidad. Ya en 1783, el propio Conde de Aranda, asesor del Rey Carlos III, recomendaba al monarca hispano no apoyar la independencia de los EEUU y razonaba su posición manifestando que esa nueva nación se convertiría en un peligro para el predominio de España en los dominios de América en razón del pensamiento fundador expansionista con el que estaba naciendo: “Los Estados Unidos, a quienes acabamos de reconocer, son un peligro para los intereses de España en América. Esta república ha nacido pigmea, por decirlo así, y ha necesitado el apoyo de la fuerza de potencias como España y Francia para lograr su independencia, pero llegará un día en que sea gigante, hasta coloso, temible en estas comarcas y dentro de algunos años veremos con dolor la existencia tiránica de ese coloso. El primer paso que de esa potencia, cuando haya llegado a agrandarse, será el de apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México y después aspirará a la conquista de ese vasto imperio que no nos será posible defender contra una potencia formidable”.

Por supuesto, si por todo ello hemos roto con ese mundo del capital que solo piensa en su ganancia y en robarse nuestros recursos ¿Por qué entonces nos quejamos que los yanquis no nos quieran vender su conocimiento exterminador de la vida en el planeta? ¿Si sabemos que el capitalismo gringo es tan maléfico y dañino, por qué no podemos vivir sin desprendernos de su producción, su ciencia y su tecnología para resolver nuestros propios asuntos?. ¿Qué les impide a los teóricos del gobierno decir la verdad acerca de lo que realmente creen del imperialismo norteamericano? ¿Sirve o no sirve ese modelo de vida al cual nos pasamos achacándole que por no vendernos lo que producen, nosotros morimos de cualquier necesidad? ¿Cómo es eso que existe un mundo del capital bueno (Rusia, China y Turquía) y otro siniestro (EEUU y Europa)? Hoy el pueblo venezolano, verdadero poder originario y legítimo dueño de los recursos naturales de la nación, desconoce cuál es el monto al que asciende el endeudamiento que la República, por decisión del grupo que manda, contrajo con las empresas transnacionales y financieras, asiáticas, euroasiáticas, turcas y de otras nacionalidades para explotar la faja petrolífera del Orinoco y el arco minero en el sur del país. Ni siquiera por ser esa negociación una materia de especial trascendencia nacional, su resultado no respondió al espíritu y propósito que contienen las disposiciones constitucionales de los artículos 71 “Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo…” y 73 “Los tratados, convenios o acuerdos internacionales que pudieran comprometer la soberanía nacional o transferir competencias a órganos supranacionales, podrán ser sometidos a referendo…”, por consiguiente, las interrogantes inevitables que surgen de este delicado asunto son: ¿Qué le impide al alto gobierno dar a conocer los términos de pagos establecidos en esos compromisos? ¿Por qué no dicen cuánto hemos pagado? y ¿Cómo han sido invertidos dichos préstamos? ¿Y entonces de cuál defensa de la soberanía habla el presidente? ¿No son acaso el jefe de Moscú (Vladimir Putin), el de China (Xiao Pim) y el de Washington (Donald Trump) quienes están negociando para llegar a acuerdos políticos acerca de las profundas diferencias que tenemos los venezolanos a lo interno? ¿No son los capitales asiáticos, euroasiáticos y europeo-norteamericanos los que se disputan la apropiación de nuestros recursos energéticos? ¿A dónde pretende llevarnos con esos argumentos interesados, el grupo civil-militarista que todos los días nos hunde en la miseria y en desaliento?

Es indudable que la reproducción o asimilación en la subjetividad colectiva (conciencia social) de todo este modelo económico-social liberal presentado engañosamente como una etapa de transición socialista (existencia social), moldea la conducta de la población, le infiltra contravalores humanistas a través de los propios programas culturales y usos de tecnologías, le exacerba el fetichismo por la mercancía dinero, le gana para entregarse de lleno a las llamadas teorías del éxito competitivo y del poder y le conduce a desatar conflictos y hostilidades en su propio seno, haciendo desaparecer en ellos valores superiores esenciales como la bondad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto a la opinión ajena, a la dignidad de las personas, a la vida, al amor y al compromiso ético con el trabajo. Es decir, estamos en medio de un lamentable cuadro de tormentos en donde millones de compatriotas no encuentran un momento de tranquilidad ni perspectivas de salida al abandono que cada día se torna más insoportable.

V.- Crueldad sin límites

En el contexto de semejantes circunstancias y a propósito del evento eléctrico que se produjo recientemente (cuyas causas siguen siendo un enigma a pesar de lo dicho por los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello y el defenestrado ex ministro del sector Mota Domínguez), el presidente Nicolás Maduro felicitó a la población por el aguante que mostró todos esos instantes en los que inesperadamente se vio acorralada por mil y una incomodidades y padecimientos a los que nunca había estado expuesta. Las palabras de la máxima autoridad nacional parecían revivir aquellos episodios que se hicieron costumbre en el imperio Romano, cuando los esclavos, convertidos en gladiadores, eran llevados al ruedo del coliseo a combatir entre ellos o con feroces leones hasta morir o vencer. Todo esa brutal celebración tenía como propósito primordial divertir al emperador y distraer o desviar la atención del pueblo sobre sus primordiales problemas, razón por la cual, en el acto inicial del evento, se acostumbraba que, frente a un público frenético y espiritualmente deshecho, los seleccionados para el sacrificio debían gritar al unísono ante la tribuna de la potestad imperial: “Salve César, quienes van a morir hoy por ti te saludan”. De seguidas, el monarca llenaba de elogios a las infelices víctimas por el comportamiento resignado que asumían y por la lealtad que le demostraban al ofrendar la vida en su nombre.

Esta misma crueldad sin límites se ha repetido a lo largo de la historia universal. En la primera y segunda guerra mundial los imperios del capital enviaron a los pueblos a una sangrienta carnicería en nombre de una fulana defensa de la patria y la libertad, cuando lo cierto es que esos conflictos sólo persiguieron imponer una rapaz política expansionista hacia los territorios de naciones más débiles, someter a sus poblaciones para disponer de mano de obra barata, apropiarse de sus recursos naturales, controlar los mercados y alcanzar el dominio global. Y ese sigue siendo el mismo designio de los países poderosos que hoy dominan la escena mundial: Rusia, China, EEUU y los europeos. Todos continúan empeñados en que nos entreguemos a sus intereses rapaces de máximas ganancias y de acumulación de capital.

Por consiguiente, la situación desesperada de millones de pobres que apenas subsisten en medio de la más aterradora escasez o carestía de alimentos, medicinas y otros bienes de consumo, es atribuida desde el poder, no a los errores de la gestión gubernamental, sino al intervencionismo conspirativo de enemigos del proceso, abiertos o encubiertos, internos o externos, de izquierda o derecha. En ese mismo saco de adversarios son metidos por igual justos y pecadores: trabajadores, manuales o intelectuales, organizaciones gremiales y sindicales, políticas, religiosas, culturales y sociales y hasta a cualquier otro gobierno que se atreva a formular alguna crítica a determinada actuación del gobierno bolivariano que se considere realizada al margen de las disposiciones contenidas en la Constitución venezolana y del derecho internacional público. Mientras tanto, en la práctica concreta, la supuesta marcha hacia “el país potencia y la suma felicidad” (hasta el infierno está empedrado de buenas intenciones) no logra trascender el festín de corruptelas que corroe la decencia nacional y la condena a que una minoría de ciudadanos, sin ética ni decoro, con intereses de clases y posiciones política-económicas coincidentes, se dediquen, como bien expresa el padre Ugalde, a ” la frecuente apropiación privada de lo público y a su disfrute como botín” .

VI.- “Hombre hablador, poco cumplidor”

Discursos del primer magistrado nacional van y vienen, todos cargados de compromisos futuros y de explicaciones de cómo el país ha puesto proa rumbo a la felicidad, pero nada refieren sobre las reales causas de la crisis económica que todos los días se acentúa y colma a las gentes de incertidumbres y dudas, en una nación que ha sido maltratada por sus peores hijos. Las contradicciones entre lo que dice el inquilino del palacio de Miraflores y lo que vivimos, configura un abismo insalvable. Pareciera que el primer magistrado nacional estuviese fuera de sí, secuestrado en algún lugar del más allá del infinito o embriagado de embeleso en el plano de lo mágico y de la fantasía. Habla, habla y habla de una Venezuela potencia, vigorosa, vencedora, pujante y nos convoca a ser felices en ella, con su plan de recuperación y prosperidad económica que al fin de cuentas no existe en ninguna parte de la realidad de indefensión brutal con la que se topa todos los días el hombre y la mujer humilde en el expendio de víveres, en la farmacia, el ambulatorio, el transporte o en cualquier otro servicio del que no puede prescindir para satisfacer sus impostergables necesidades. Bien decían los clásicos marxistas cuando filosofaban en torno al problema de la verdad: “Los discursos pueden construir mundos y realidades, pero estos últimos igualmente pueden descorrer la falsedad de los primeros”. Ni cábalas, ni oraciones, ni rezos, ni plegarias, ni luchas, ni oráculos, ni vidas ofrendadas, ni juiciosas y bien construidas reflexiones de reconocidos estudiosos militantes del pensamiento de avanzada y socialista, han podido hacer volver a la dirigencia gobernante de su mundo impalpable e incorpóreo. Y para peor daño, no existe una oposición de izquierda o centro izquierda capaz de plantarse y enfrentar a la fracasada jefatura Maduro-Cabello y a la oposición derechista y a su propuesta rastrera de entregarnos a la burguesía internacional norteamericana y europea. No es justo que, en nombre de un supuesto proyecto de socialismo que no se ve por ningún lado, los habitantes de una nación tengan que inmolarse sin derecho a exigir reorientaciones y garantías de participación decisoria en los asuntos político-económicos estratégicos de su país. El esfuerzo por edificar el socialismo, como bien afirma un teórico marxista: “…debe trascender la perversa tesis y práctica de la oferta política que permuta oportunidades materiales a quienes no se las han ganado, a cambio de una subordinación absoluta a la voluntad de grupo que demanda la muerte de la crítica, del sentido común y del cuestionamiento permanente de la realidad concreta”.

Además, el socialismo es una formación social que restablece la armonía rota entre el productor y los medios de producción, es decir, no es al aparato burocrático del Estado a quien corresponde transformarse en propietario, reemplazando al productor privado, sino a la sociedad a través de la apropiación de los medios de producción por parte de la clase trabajadora, músculo de la vida productiva y generadora de la riqueza y de los bienes de reproducción de la vida. Y esto no está ni remotamente presente en las acciones y decisiones que impulsa el presidente bolivariano y su grupo de gestión.

VII.- Los sepultureros de Bolívar

Venezuela nació de un parto doloroso y su partero, Simón Bolívar, hizo lo imposible para que desde su origen creciera sana, digna, próspera y, sobre todo, hermanada entre sus hijos. Tristemente, a pesar de tanta lucha y sacrificios, nada sucedió como la utopía bolivariana la había prefigurado. El ambicioso espíritu de quienes inicialmente debieron guiar y custodiar su sana consolidación y crecimiento, la deformó, la sacó de su camino y la hizo llegar hasta nosotros como un despojo en donde aún se disputan los mentirosos, rencorosos, vengativos, demagogos, ladrones y potencias extranjeras, los recursos que la naturaleza guardó en sus entrañas. El propio padre de la patria en sus últimos años de existencia, a propósito de un pleito judicial que debió enfrentar tratando de defender sus derechos sobre las minas de Aroa que reclamaban también como suyas la familia Zagarzazu, al descubrir la trama de complicidad que mantenían para desfavorecerlo el Juez de la causa y sus oponentes terminó abandonando el litigio y reconociendo, en carta a su amigo José Ángel de Álamo, que la nación desde sus orígenes había sido secuestrada por los hombres ambiciosos, corrompidos y de más bajos e innobles sentimientos : “Siento que usted y otros amigos se maten en agenciarme este negocio (el pleito de las minas de Aroa), y siento más que haya quien tema hacer justicia conmigo (el Juez). Esta es una conjuración cruel contra mi honor. Abandone Ud, pues, mi defensa y que se apodere de mi propiedad el enemigo y el juez. Yo los conozco. Infames godos. No haga Usted más en el asunto. Yo moriré como nací: desnudo. Ud tiene dinero y me dará de que comer cuando no tenga. Pronto llegará el momento pues estoy resuelto a no mandar más. Ya no puedo con el oprobio que me produce esta maldita causa de la Patria “.

Y en ocasión anterior le había expresado al diplomático francés Le Moyne quien, después de haberle visitado en Bogotá en 1829, contó en sus memorias lo que le había dicho El Libertador: “llegamos a la quinta y nos recibió doña Manuela Sáenz. Nos dijo que aún cuando el héroe estaba muy enfermo y, además, se había purgado esa mañana, anunciaría nuestra visita. Pocos momentos después apareció un hombre de cara muy larga y amarilla, de apariencia mezquina, con un gorro de algodón, envuelto en su bata con las piernas nadando en un ancho pantalón de franela. A las primeras palabras que le dirigimos respecto de su salud: Ay -nos respondió señalándonos sus brazos aflaqueados-, no son las leyes de la naturaleza las que me han puesto en este estado, sino las penas que me roen el corazón. Mis conciudadanos, que no pudieron matarme a puñaladas, tratan ahora de asesinarme moralmente con sus ingratitudes y calumnias. Cuando deje de existir, esos demagogos se devorarán como lo hacen los lobos, y el edificio que construí con esfuerzo sobrehumanos se desmoronará entre el fango de las revoluciones”.

Y así ha estado sucediendo desde entonces hasta nuestros días. Por eso nos preguntamos ¿cómo pueden hoy llamarse hijos, herederos o legatarios de Bolívar a quienes sólo saben comportarse como aves carroñeras que bajo el alero de las glorias del Padre Libertador engañan, saquean y se gozan la patria que él creó?